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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– En vista de que el Inspector Jefe continuaba asombrado, concluyó-: Conozco el paño, mi querido amigo. Cuando quemamos iglesias, las quemamos. Pero cuando toca salvar el alma, entonces lo demás puede irse al carajo.

Sin perder la compostura, Agustín Lago hizo patente su disconformidad. Personalmente consideraba que podía hallarse el justo medio, que los alumnos podían ser adiestrados simultáneamente en el estudio y en la fe. "Con permiso, vamos a emplear el tópico: lo cortés no quita lo valiente".

El Gobernador hizo un mohín escéptico, que se acentuó todavía más al oír de labios de su interlocutor que al pronto el Ministerio había retirado de la circulación todos los libros de texto utilizados en Cataluña, incluso los vigentes antes de la guerra, a excepción de un tratado de Ortografía.

– ¡Vaya, menos mal! -exclamó el Gobernador al oír esta salvedad. Luego añadió-: ¿Ni siquiera los libros de ciencia pueden ser aprovechados?

Agustín Lago se mordió el labio.

– Por lo visto hay quien opina que la ciencia puede interpretarse de muchas maneras… -Luego añadió-: Y además, su aprobación depende también de Madrid.

El camarada Dávila, pensando que hasta octubre habría tiempo sobrado para fiscalizar todo aquello de cerca, dio un viraje al diálogo, intentando llevarlo de nuevo al terreno personal. Agustín Lago lo había intrigado. Por un lado, daba la impresión de sentirse muy seguro, de haber filtrado con tiempo sus convicciones; por otro, de pronto se ruborizaba, sin motivo aparente. Su voz chocaba también un poco. No correspondía a su condición de caballero mutilado. Era una voz aflautada, de escasos registros. ¡Y aquellos modales, tan correctos! Llevaba un traje gris, impecable, camisa blanca, con cuello almidonado, y muy pequeño el nudo de la corbata.

¿Qué habría detrás de aquellas gafas bifocales y de aquellos rubores? ¿No resultaría el camarada Lago un beato de tamaño natural?

– Permíteme una pregunta. ¿Eres soltero?

– Sí.

El escarceo que siguió fue intrascendente y llegó la hora de despedirse.

– Cuenta conmigo. Te ayudaré cuanto pueda.

– Muchas gracias.

Camino del Gobierno Civil, el camarada Dávila le dijo a Miguel Rosselló:

– ¡Lástima que no hayas subido! Me hubiera gustado conocer tu opinión sobre nuestro hombre.

Miguel Rosselló alzó los hombros. El gordinflón monigote del coche, que representaba un gendarme francés, pareció sonreír.

Aquel mismo día el camarada Dávila abrió una investigación Que lo condujo a obtener, en un plazo de tiempo mínimo, una serie de datos sobre la personalidad de Agustín Lago. Poca cosa de momento; pero lo bastante para obtener una orientación.

"Primogénito de una familia acomodada de la Mancha. Conducta intachable. Oposiciones brillantes. Miembro de una institución minoritaria llamada Opus Dei, de reglamento ignorado. En la modesta habitación de la fonda ha colgado una inscripción que dice: "Amaos los unos a los otros, que en esto reconocerán que sois mis discípulos".

El Gobernador se quitó las gafas negras y procedió a limpiar con lentitud los cristales. ¿Qué clase de colaborador le había tocado en suerte? ¿Bastarían una frente noble y una manga flotante para formar intelectualmente a las nuevas generaciones?

Por la noche le dijo a su mujer:

– ¿Sabes que he conocido al Director del Hospital y al Inspector Jefe de Enseñanza Primaria? Dos tipos interesantes…

María del Mar comprendió. Se encontraba en el lavabo, cubriéndose la tez con una pomada blancuzca que le daba aire de espectro.

– Invítalos a cenar. Para el sábado, por ejemplo…

– Gracias, nena. Eres un tesoro.

Naturalmente, las actividades desarrolladas por el Gobernador en aquellas fechas abarcaban también otros campos. Uno de ellos, sumamente engorroso, era la campaña de moralización iniciada por el señor obispo.

El camarada Dávila tenía muy presente su promesa de permanecer al margen de los asuntos religiosos. Sin embargo, dicha campaña le parecía tan exagerada que estudiaba la forma de meter baza en ella. Mateo, cuya ventaja estribaba en que no se dejaba influir por sentimientos localistas, compartía totalmente, en este punto, la preocupación del Gobernador.

Y es que ya no se trataba de las publicaciones del obispado, anacrónicas a todas luces, ni del tono empleado en los pulpitos, tono que "ponía literalmente los pelos de punta". Se trataba de que el doctor Gregorio Lascasas se mostraba dispuesto a mantener las conciencias en un constante estado de alerta, a cerrar la diócesis a cal y canto.

Las disposiciones emanadas del Palacio Episcopal eran, ciertamente, conclusivas. Las mujeres no podrían entrar en la iglesia sin llevar medias. Las mangas cortas, la falda corta y, por supuesto, los escotes, serían considerados "provocación grave". Prácticamente quedaban prohibidos los bailes, sobre todo en los pueblos, y en la piscina de la Dehesa debería implantarse la separación de sexos. Llegado el verano, en las playas la gente, al salir del agua, debería cubrirse con el albornoz, a cuyo efecto parejas de la Guardia Civil prestarían la debida vigilancia. Los empresarios de los cines serían responsables de los escándalos que pudieran producirse en el oscuro patio de butacas. Los sacerdotes quedaban facultados para llamar la atención por la calle a quienquiera que "atentara contra la honestidad". Etcétera. El camarada Dávila, que en cuestión de mujeres siempre decía "que a nadie le amarga un dulce", consideró aquel juego extremadamente aventurado.

– ¡Sí, ya lo sé! Concluí un pacto con el obispo. Me encuentro atado de pies y manos. No obstante, he de hacer algo… He de demostrar de algún modo mi disconformidad.

La ocasión se le presentó con motivo del más drástico de los proyectos del doctor Gregorio Lascasas: cerrar las casas de prostitución. El Gobernador Civil entendía que la medida era contraproducente y que la posguerra exigía determinados desahogos que no se podían bloquear de un plumazo. Así, pues, se opuso a ello. Se negó en redondo mediante un oficio en el que estampó todos los sellos de que disponía en el Gobierno Civil. Y al tiempo que lamía el sobre para enviarlo inmediatamente a Palacio, le dijo a Mateo:

– Lo que son las cosas. A mí la prostitución me parece una obra tan oxigenante que si de mí dependiera le concedería a la Andaluza la Medalla de Beneficencia.

Otro capítulo que lo preocupaba, pero en el que tampoco podía intervenir como hubiera deseado, era el de la Justicia. Estaba enterado de la forma en que actuaba Auditoría de Guerra y de los "trabajillos" que llevaba a cabo la brigadilla Diéguez, aquella que tenía aterrorizado a la Torre de Babel. Ahí echó mano de sus muy cordiales relaciones con el Jefe de Policía, don Eusebio Ferrándiz, persona ponderada, que lo apoyó desde el primer momento en nombre de la ortodoxia profesional. No puede decirse que obtuviera grandes éxitos; sin embargo, tampoco luchó en vano. Por ejemplo, consiguió que varias personas cuyo único delito consistía en haber hecho durante la guerra pinitos literarios en El Demócrata y en alguna revista, fueran puestas en libertad. Si bien la gestión moderadora que mejor le salió fue la relacionada con los hermanos Costa, los célebres ex diputados de Izquierda Republicana. El Gobernador se interesó por ellos, haciendo hincapié en que eran hermanos de Laura y habían colaborado en Marsella con el notario Noguer, y obtuvo la promesa formal de que en cuanto regresasen de Francia, como por lo visto tenían proyectado, "serían juzgados con buena disposición de ánimo".

En cambio, nada pudo hacer en favor del doctor Rosselló, el padre del camarada Rosselló, lo cual provocó una situación dramática. En efecto, el día en que el muchacho se decidió a confesarle que tenía a su padre escondido en casa y que era preciso salvarlo, el camarada Dávila, después de tragarse sin mascar uno de sus caramelos, le dijo: "¿Qué puedo hacer, amigo mío? Tu padre era masón y la Ley de Responsabilidades Políticas es tajante al respecto. Lo es tanto, que preferiría que tu padre hubiera robado un par de caballos de la guardia mora de Franco. ¿Comprendes lo que quiero decir?". El camarada Rosselló asintió con la cabeza. "Sí, claro…" Y el muchacho casi se echó a llorar.

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