El Caso De La Señora Murphy
- Автор: Браун Фредерик
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
Al llegar decidí llamar a Dolan para que supiera que estaría en mi cuarto toda la noche, por si se le ocurría algo; luego me percaté de que eran las siete, y, de acuerdo con el programa, estaría despidiendo a Elsie Aykers en ese preciso instante. Esperé, por tanto, hasta las siete y media para llamarlo, pero no recibí ninguna respuesta. Llamé entonces por el número de la lista. Robert me contestó y me comunicó con Dolan.
Le dije que deseaba decirle una o dos cosas, nada de importancia, aunque hablaríamos con mayor libertad si se iba a su estudio y me llamaba de ahí.
– Si está en su casa, Ed, ¿por qué no viene para acá?
Dolan me estaba esperando en la puerta y me franqueó la entrada; advertí que tuvo que quitarle el cerrojo, y después de que entré lo volvió a echar.
– Nueva regla de la casa – me informó -, hasta que cambie las cerraduras, lo que no he tenido tiempo de hacer todavía. Hasta tras de mí se corre el cerrojo cuando salgo. Nadie sale sin que alguien lo acompañe para cerrar bien la puerta.
Fuimos a su estudio y me preguntó si deseaba una copa; no la acepté. Le pregunté si se había ido Elsie y asintió.
– Hablé con ella y se fue a las siete. Era la primera vez que hablaba realmente con ella y pareció ser una buena muchacha; tomó todo con ecuanimidad y me dijo que comprendía; me dio las gracias por las dos semanas de aviso. Me apenó un poco hacerlo, pero haber «perdido» sus llaves en ese tiempo precisamente, no justificaba correr el riesgo de que siguiera con nosotros.
– Mi creencia – le contesté -, por lo que valga, es a favor de su honradez; o perdió esas llaves o se las robaron de la bolsa sin que lo supiera, ¿Podrían habérselas quitado fuera de la casa?
– De acuerdo con su versión, sí. Parece que la última vez que está segura de que las tenía fue el sábado último. La señora Anderson la envió a un mandado entonces, y usó su llave para entrar cuando volvió. La única vez que salió después fue el lunes, todo el día. Cuando regresaba esa noche, Mike venía delante de ella, de ver una película en el barrio, y utilizó su llave, con lo que no tuvo que buscar la suya. Entonces, si está diciendo la verdad, sus llaves se le pudieron perder o le fueron robadas cualquier día después del sábado, y fuera de la casa, el lunes.
– ¿Pidió por teléfono un coche cuando se fue?
– No. Imagino que caminó hasta la calle Clark y tomó allí el autobús.
Eso es lo que el tío Am se debe haber figurado, sabía yo, y habría conservado su auto usándolo para seguir al autobús que tomara. Lo cual es mucho mejor técnica que despedir a Harry y subir al mismo autobús.
Le conté lo que había hecho esa tarde, mi visita a la agencia de empleos, mi breve conversación con el padre de Elsie y cuán exactamente se comprobaban sus referencia. Le pregunté entonces si Brandt le había informado de mi llamada y del expediente de Robert.
– Lo cual no me preocupa – me contestó asintiendo -. Cuerno, también yo andaba con una navajota en mis quince. En el barrio en que crecí había que hacerlo porque todos los demás andaban armados.
– Yo diría que ese expediente es un factor positivo para limpiarlo de culpa.
– ¿Cómo, Ed?
– Si le dieron una sentencia, suspendida, quiere decir que le tomaron las huellas dactilares. Lo cual a su vez denota que no puede tener ningún expediente bajo ningún otro nombre, o sus huellas se hubieran comparado.
– Buen razonamiento; a mí no se me hubiese ocurrido. Bueno… ¿todavía alguna pregunta mientras estamos hablando? No hay prisa, pero tengo que salir durante unas horas.
– Hay algo que nunca hemos tomado en cuenta. El punto del cui bono, es decir, ¿quién se beneficiaría directamente con su muerte? Supongo que tiene hecho testamento. Fuera de su familia, ¿no hay a quien se mencione con alguna suma importante?
– Importante, no. La señora Anderson se beneficia con cinco mil, no más de lo que le correspondería por diez años de servicios. A Robert lo tengo apuntado con mil. Ninguno de ellos lo sabe. Fuera de eso… será mejor que se lo diga. Firmé un nuevo testamento hace apenas seis meses, Ed, y es muy complicado. Tenía que serlo porque deseaba proteger a Mike en contra de la posibilidad de que Sylvia se hundiera en el alcoholismo, en cuyo caso no desearía que ella continuara con su custodia.
»Mi abogado y yo, y él es el ejecutor testamentario, redactamos el documento en esta forma. Se estableció un fondo que dará a Sylvia doscientos a la semana durante toda su vida, pase lo que pase. El resto se divide por partes iguales entre Ángela y Mike. Ángela recibiría la suya en una suma total. La porción de Mike está constituida por un fondo que le pagará una renta hasta que cumpla veintiún años, y entonces se le entregará. Mientras Sylvia conserve la custodia de él, tendrá el control de la renta; si se hunde en la bebida o por alguna otra razón resulta inadecuada como madre, el abogado entablará juicio en nombre de Ángela para que se quite la custodia a Sylvia y se le entregue a Ángela.
»Confío en que eso no suceda nunca; eso perjudicaría a Mike muchísimo; aunque más lo perjudicaría que lo eduque una madre alcohólica.
»Incidentalmente, tanto Sylvia como Ángela saben de esto y están conformes con ello. Tuve que ponerlo en su conocimiento para estar seguro de que Ángela consentiría en entablar un juicio por la custodia de Mike, si fuera necesario, y deseaba que Sylvia comprendiera lo que acontecería si se hacía necesario.
»Bueno, Ed, tengo que marcharme. Pediré un auto por teléfono: estoy siguiendo su consejo de no utilizar mi coche hasta que alguien del equipo de bombas lo examine. El capitán Brandt me enviará a uno de los muchachos mañana.
»Lo acompañaré a la puerta antes de telefonear.
Así lo hizo y me franqueó la salida. Oí que corrió el cerrojo. Hasta para el corto intervalo entre mi ida y la llegada del automóvil, en respuesta a su llamada, estaba echando cerrojo, sin correr riesgo alguno. Y andaba armado hasta dentro de su propia casa. Una vez que se sentó ante su escritorio, la americana descubrió bastante como para permitirme ver que llevaba una funda de axila.
Capítulo 15
Al llegar a casa, leí un rato, luego me acordé de algo y telefonee al número de Dolan. De nuevo contestó Robert, y en esta ocasión pregunté por Ángela. Llegó al teléfono a los dos minutos.
– Habla Ed Hunter, Ángela – le dije -. Estuve allí y hablé con tu papá hará una hora aproximadamente; se me olvidó completamente preguntarle cómo te sentías. Así que te lo preguntaré a ti.
– Me siento muy bien, Ed. Me quedé en casa hoy y probablemente me quedaré mañana; nada más por el aspecto. Tengo la mandíbula inflamada todavía, si bien empieza a bajárseme, y ya no se verá pasado mañana. Para entonces el moretón deberá disminuir hasta el punto que con unos anteojos oscuros quede cubierto.
– ¡Qué bueno! – contesté.
– Probablemente sea para mi bien. Ya están cerca los exámenes en la universidad y eso me da una oportunidad de estudiar. Es muy probable que pase con banderas desplegadas en lugar de con calificaciones ordinarias. Gracias por haberme llamado.
Nos despedimos y regresé a la lectura.
Me entró el sueño y me acosté. No apagué la luz de la lamparilla; deseaba encontrarme despierto cuando el tío Am llegara a casa. Llegó antes de que me durmiera; apenas diez minutos más tarde. Me senté y encendí la otra lámpara.
Me soltó una frase sobre la trementina y el vino de Jerez de la señora Murphy, y le contesté con otra acerca del bote de goma y del guisado irlandés; como ninguna de las dos era muy brillante, las declaramos empatadas.
– ¿Aconteció algo? – indagué.
– Una gran nada. Se fue a su casa y se quedó en su casa. Nadie llegó y nadie salió. Las luces se apagaron como a las diez y quince. Aguardé otros quince minutos y me vine. Y acá, ¿hay alguna novedad?