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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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– Lo contrario de un pensamiento brillante, Ed. Todo lo que tengo es la sensación, muy poco brillante, de que hay algo acerca de eso que no me gusta; mas no puedo precisarlo.

– Sé lo que me quieres decir. Consultémoslo con la almohada.

Estaba ya en calzoncillos y me disponía a meterme a la cama y apagar la lamparilla que el tío Am había dejado encendida, cuando me habló una vez más:

– Todavía un momento, Ed.

– ¿Si?

– Tal vez estoy muy cansado para dormir. ¿Cómo te sientes para la última? Si me acuerdo bien, hay algo de whisky en la botella.

– Hay bastante – repuse -. Y, ¡bueno!, también yo la tomaré. – Encendí la luz de arriba y comencé a preparar dos copas -. ¿Y qué me dices de una partidita de gin rummy mientras las bebemos?

Se sentó en la cama como movido por un resorte.

– Si no estás bromeando, ¡magnífico! ¿Qué hora es?

– No estoy bromeando. Saca las cartas y arréglalas mientras yo termino de preparar las copas. La hora será las cuatro y treinta cuando oigas el ruidito del whisky que voy a servir.

– Bueno. Podemos jugar hasta las cinco, poner el despertador a las once y disfrutar de seis horas de sueño. Además de la hora de que dispongamos antes de la excitación. – Salió de la cama y terminó de arreglar la mesita de juego cuando dejó de hablar.

Llevé las copas y cortamos para saber quién daba. Gané, y mientras barajaba, el tío Am continuó:

– Una cosa más acerca del caso Dolan.

– ¿No puede esperar?

– Puede, pero es una idea feliz y no quiero que aguarde. Se trata de dinero. Mencioné a Dolan nuestra tarifa máxima de cien dólares por cabeza. Hasta el sábado, y nos ha contratado hasta entonces, tendremos cuatro días cada uno y eso nos significan ochocientos dolarillos.

– Además de una parte en el operador de Starlock si utilizamos alguno. Con el descuento profesional, Ben Starlock nos dará un buen sabueso por cincuenta, y no lo podemos cobrar por menos de la tarifa de nosotros.

– Hasta sin eso será una estupenda semana de trabajo.

Terminé de repartir las cartas, pero no las recogí.

– Hay una cosa más de la que debemos ocuparnos.

– ¿Cuál?

– Tenemos que firmar con un servicio de respuestas telefónicas. Fíjate en todas las llamadas que pudiéramos perder en estos tres días, puesto que estaremos operando desde aquí y no desde allá.

– Aceptado – murmuró el tío Am -. Haremos los arreglos necesarios el primer día libre. Leo Kahn, en la oficina contigua a la nuestra, tiene servicio de respuestas. Le pediremos que nos informe sobre el asunto. Y, ahora, ¡reparte!

Repartí. Estaba pensando en que esperaba que Molly Czerwinski, o cualquier otro nombre que tuviese de casada, nos llamaría y siguiera llamándonos hasta que lo dejara por la paz. No que el trabajo que nos ofreciera, buscando a un ex marido que le debía un par de miles de dólares, fuese como para causar ninguna excitación; sin embargo, sería muy agradable volverla a ver de nuevo.

Terminamos dos juegos a las cinco, y los gané los dos por un poco más de cuatrocientos dólares. Decidimos dar la noche por terminada; puse el despertador a las once y me metí en la cama. Me dormí en el mismo momento en que apoyé la cabeza en la almohada.

Capítulo 14

Estaba soñando una especie de sueño loco en el que Mike Dolan no era Mike Dolan en absoluto, sino un enano disfrazado como hijo de Dolan, que tenía a Robert Sideco en su nómina de sueldos y conspiraba para robarse la provisión de licores de Sylvia Dolan. Yo los había descubierto, y Robert, vestido con una llamativa bata de seda sobre pijamas todavía más llamativos, me perseguía con un machete; yo corría como un demonio, porque estaba desarmado, por una desierta calle Hurón, pero la costilla rota me dolía y él ganaba terreno y yo podía percibir el ruidito del machete cuando me pasaba como a una pulgada de la espalda y del cuello… Antes de que me tirara otro machetazo, me salvó el repique del despertador.

La costilla me dolía cuanto me senté para impedir que siguiera sonando; quién sabe cómo había estado durmiendo de lado, con la mano bajo las costillas, exacto en el sitio lastimado.

Pregunté al tío Am si estaba despierto, bostezó y me dijo que sí. Con el sueño fresco en la memoria le dije que tenía la solución del caso Dolan y cuál era. Echóse a reír, ya con los pies fuera de la cama, diciéndome:

Ed, vamos a vestirnos aprisa, sin afeitarnos, y a conseguir un par de grandes desayunos. Cuando sepamos algo de Dolan pudiéramos tener que salir de inmediato, sin oportunidad de comer hasta la noche.

Le contesté que me parecía buena idea, y la pusimos en práctica. Regresamos antes de las doce y nos turnamos para que uno se quedara al teléfono y el otro fuera al cuarto de baño, en el corredor, a lavarse y afeitarse. La llamada telefónica no llegó sino hasta las doce y media y ambos estábamos listos para ella.

El tío Am contestó; no teníamos ninguna extensión en el cuarto, por supuesto, así que yo no podía escuchar. El tío Am no dijo más que sí unas cuantas veces y colgó.

– Quiere hablar con los dos y no desea que yo vaya para allá, porque si la sirvienta me ve, quedo imposibilitado para vigilarla. Así que él viene y estará aquí en unos diez minutos.

– ¡Por Dios, vamos a apresurarnos a medio arreglar esto! Yo tiendo las camas y tú haz lo demás.

Fue asunto de diez minutos dejar el cuarto presentable, y entonces recordé que, si bien Dolan tenía nuestra dirección, no sabía cuál cuarto era el nuestro, así que me dispuse a esperarlo abajo.

No tuve que andar todo el camino; entró al ir yo llegando al pie de las escaleras, en el sitio desde donde me eché el clavado la noche del lunes. Lo conduje a nuestro cuarto y lo pusimos en el sillón más cómodo, el del tío Am. Se le veía y se le oía cansado; probablemente no había dormido mucho.

– Tomaré las cosas una por una – comenzó -. Mike. Llamé al sicólogo temprano para deshacer la cita que teníamos con él. Luego llamé al campamento de muchachos en Wisconsin y me aseguré de que estaría bien que llegara un poco antes. Ya va en camino para allá, con dos de mis muchachos en quienes confío completamente. No he hablado a su escuela todavía; lo haré mañana. Luego…

– ¿En su coche? – lo interrumpí.

– No, hice que uno de los muchachos rentar uno. ¿Por qué?

– Un pensamiento que me vino. Si alguien está tratando de eliminarlo a usted y no puede llegarle de otro modo, una bomba en el coche resulta siempre una posibilidad.

– Buena idea, y no había pensado en ello. Muy bien, entonces no utilizaré mi automóvil durante unos cuarenta días, por lo menos, y lo examinaré antes de pisar el arranque la primera vez. Todavía mejor, pediré al capitán Brandt que alguien del equipo de bombas lo revise. Él sabrá todos los sitios en dónde buscar y cómo hacerlo para que no estalle. Gracias, Ed.

»Mientras, estamos con Brandt. Le hablé por teléfono y le di una idea aproximada de cómo están las cosas; tengo una cita con él esta misma tarde, para entrar en detalles. Incidentalmente, los mencioné a ustedes dos; no sólo se acuerda, sino que habló elogiosamente de ustedes. Y ahí quedó.

»Ahora a la sirvienta. Elsie Aykers. Hablé con la señora Anderson de ella, y le hice también algunas preguntas acerca de Robert. Decidí que sospechar de la señora Anderson era llevar las cosas demasiado lejos, así que en parte la tomé por confidente mía, lo bastante par que pudiera hacerle preguntas libremente.

Sacó del bolsillo una libreta de apuntes, rasgó una página y me la entregó.

– La primera línea es la dirección que le dio, pero no sé si signifique algo ahora. Quiero decir que pudiera haber sido un cuarto que dejó cuando consiguió este trabajo. O puede ser una dirección permanente, de su familia, si es que tiene.

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