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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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– Así que el robo y el plagio resultan improbables – comentó el tío Am -. ¿Sabe usted lo que eso nos deja?

– Seguro. Quedo yo. Probablemente un par de truhanes contratados, juzgando por lo pésimos que fueron.

– Considérese afortunado con que hayan sido pésimos. ¿Pero no conoce a nadie que desee verlo a usted eliminado?

– ¡Verdad de Dios, Am, no! Meditaré algo más sobre ello; sin embargo hagámoslo a un lado hasta que tenga tiempo. Procuremos olvidar posibles motivos y apeguémonos a los hechos.

– ¿Algún hecho en particular? – inquirió el tío Am.

– El hecho de que esos hombres hayan entrado aquí anoche. No entraron con violencia ni forzaron una cerradura. Estas cerraduras son buenas, no de la clase que se pueden abrir con una tirita de celuloide o con una ganzúa. Por otra parte, no había señales en ninguna de ellas; las examiné. Así, pues, tenían una llave. O alguien, ya dentro, les franqueó la entrada. Cualquiera de las dos equivale a la misma cosa. No estoy diciendo que fue trabajo de adentro, pero podría tener un ángulo interior, como que se cohechó a alguno de los sirvientes para que prestara una llave y sacar un duplicado. Tampoco estoy diciendo que imagino que eso es lo que aconteció, aunque deseo se compruebe la posibilidad. Ésa es su primer tarea, Am, de usted y de Ed. Otra cosa en mis apuntes es sostener una conversación con la señora Anderson y averiguar cómo contrató a la sirvienta, si por medio de una agencia o cómo. Y qué sabe de ella, pues yo ni siquiera conozco su apellido. Eso les proporcionará algo sobre qué trabajar. Y… ¿habrá visto a alguno de los dos?

El tío Am negó con la cabeza. Yo contesté:

– A mí me abrió la puerta cuando vine a la cita con su esposa en la tarde, y la vi anoche.

– Eso lo elimina a usted para la vigilancia, Ed. Pero usted, Am, puede ver qué hace en su siguiente día libre. Ni siquiera sé qué día sea.

»Y Robert Sideco. Ha estado conmigo cuatro años. Yo lo contraté personalmente y sé que no lo pusieron aquí como espía. Ha sido mocito para un amigo mío que ya murió, ese amigo no estaba metido en las trapacerías, y Robert había trabajado con él por lo menos cinco años. No obstante, eso no significa que no pudieran haberlo comprado recientemente. Su día libre es el viernes, pasado mañana, o mañana si ya llamamos a hoy jueves. Los ha visto a los dos, así que ninguno de ustedes puede dedicarse a la tarea de seguirlo: si desean pasarla a Starlock, por mí está bien. Desearía saber a dónde va, con quién se ve y cuánto dinero gasta. Ignoro lo que se pueda hacer para llevar a cabo otras investigaciones.

– Algo en su cuarto – sugerí – pudiera darnos algún indicio: libretas de banco, cartas, lo que encontremos. Lo pudiera usted enviar fuera con un encargo y darnos a cualquiera de nosotros la oportunidad de registrar.

– Buena idea, Ed. Será usted, sin embargo, y no su tío. Am, usted se me va de aquí después de esta noche. Mientras ninguna lo conozca de vista, excepto Ángela y Robert, todo irá bien y así seguiremos, por sí o por no. Especialmente, no quiero que Elsie llegue a conocerlo.

– Y a la señora Anderson, ¿la investigamos?

– Yo… ¡diantre! no lo creo – respondió Dolan tras un ligero titubeo -. No, por ahora. Ha estado con nosotros tanto tiempo y tan cerca de ser un miembro de la familia, que casi sería como sospechar de Mike o de Ángela. O de Sylvia. Se me resiste realmente figurarme a alguien tratando de comprarla, ya no digo lográndolo.

»De todos modos, nos ocuparemos primero de los otros dos. Confío en que antes de que nos pongamos bastante desesperados para pensar en probabilidades lejanísimas como la señora Anderson, se habrán presentado otras posibilidades de investigación. – Y, después de consultar el reloj, interrogó – bueno, ¿damos por concluida la noche y pescamos unas cuantas horas de sueño?

– Perfectamente bien – repuso el tío Am -. ¿Alguna hora especial en que nos necesite mañana?

– Ya que pensamos en ello, el mediodía será suficientemente temprano para ustedes dos. Yo tengo algunas cosas qué hacer antes, pero no son en las que me pudieran ayudar. No estaré listo para hablar con ninguno antes del mediodía.

– Estoy de acuerdo – asintió el tío Am -. Estaremos en la oficina para el mediodía y aguardaremos una llamada de usted.

– ¿Por qué la oficina? Quédense en su cuarto hasta que reciban noticias mías. Será más práctico. Hablaré entre las doce y la una. Durante los días siguientes, por lo menos, digamos el resto de esta semana, desearía que se consideraran trabajando para mí aun cuando sólo estén esperando una llamada. De esa manera no estaremos en peligro de que acepten otro trabajo y no estén disponibles en caso de que los necesite con urgencia y con pronto aviso.

Al levantarnos, Dolan bajó la vista a las tres pistolas que estaban en su escritorio, las dos automáticas treinta y dos que nos había prestado al tío Am y a mí, y la cuarenta y cinco que Steck había traído y no se llevó consigo.

– ¿Quieren que les preste dos de éstas? – preguntó.

El tío Am me vio de soslayo para que no contestara.

– Preferimos tener las nuestras. Mañana, antes del mediodía, iré por ellas al despacho.

– Como les parezca – asintió -. Voy a franquearles la salida.

Caminó con nosotros hasta la puerta y oímos el cerrojo que se corría cuando íbamos bajando los tres peldaños hasta la acera. La fortaleza Dolan estaba cerrada por esa noche.

Enderezamos rumbo al Este por la calle desierta.

– ¿Y bien? – inquirió el tío Am.

– Ningún comentario – respondí -. Me siento demasiado cansado para pensar más esta noche.

A la mitad del camino cambié de opinión.

– Tío Am – le dije -, me parece que mejor voy a la oficina esta noche y me traigo las pistolas sin esperar a mañana. Aunque no crea que las necesitemos pronto, prefiero terminar con esto y dormir media hora más una vez que me acueste.

– Bien, chico – y bostezó. Iré contigo si quieres.

– No tiene objeto que vayamos los dos. Vete a dormir.

Asintió con la cabeza sin contestarme, y cuando llegamos a casa no dijimos buenas noches al entrar él y seguir yo a sacar el Buick del garaje. A esa hora de la noche, sin tránsito y con todas las luces en ámbar, apenas me tomó cinco minutos estacionarme enfrente del edificio en donde está nuestra oficina. Subí por las escaleras puesto que el elevador no funcionaba.

A nosotros dos nos gustan los revólveres y odiamos las automáticas, siendo ésa una de las razones por las que no aceptamos las pistolas de Dolan. Con una automática es preciso recordar si tiene o no cartucho en la recámara, comprobar si está puesto el seguro, y nunca se puede asegurar si se va a embalar después del primer disparo. Existen tres probabilidades en las automáticas, y por eso no las aceptamos. Los nuestros son revólveres de cañón corto, treinta y ocho, el mío un Colt Especial y el de él un S &W. Nuestra única diferencia seria de opinión son las fundas: yo la prefiero de axila y él usa una en su cinturón.

Cuando llegué a casa, pensando que el tío Am pudiera estar dormido ya, entré sin hacer el menor ruido. Los resortes de la cama crujieron, al volverse él, y me soltó.

– Hola, muchacho. Me he estado preguntando algo.

– ¿Qué?

– ¿Quién puso l’anguila lectrica, en el desvencijada cestica de la señora Murphy?

– No lo sé – respondí -, pero, ¿quién puso la vaselina en el bote de gasolina de la señora Murphy.

– Vaya que me gusta más tu frase. Especialmente porque tuve que pronunciar a la diabla eléctrica, para lograrla. ¿Todavía te sientes como para no hacer comentarios sobre el tema de Dolan?

– Caray, me parece sería mejor que durmiéramos ahora, no obstante, si tienes algún pensamiento brillante, me gustaría oírlo.

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