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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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El gerente deseó saber si había algo en contra de Elsie, en caso de que regresara a registrarse, le contesté que no, que se trataba de un asunto de rutina.

Le di las gracias y me retiré, recogí mi coche del sitio de estacionamiento, mediante setenta y cinco centavos, y me dirigí al Sur, a la dirección que Elsie daba en su solicitud. Me dio gusto por el tío Am, que fuera un vecindario mezclado. Es muy duro para un operador blanco tener que vigilar en un vecindario en donde todos son negros, durante algún tiempo, porque atrae tanta atención que hace más daño que provecho.

La dirección resultó ser un pequeño bungalow bastante limpio, aunque con una mano de pintura hubiese estado mejor. Tenía un medio pórtico con cuatro peldaños, y en él estaba un negro de edad mediana, en mangas de camisa, sentado en una mecedora leyendo un periódico. Subí dos de los cuatro escalones y él bajó el periódico y me miró. Le pregunté si la señorita Elsie Aykers vivía allí.

Me contestó que sí y que no; que era la casa de su familia; que habitaba en el sitio en que trabajaba, y sólo iba a su casa una vez a la semana, en su día libre. Me informó que era el papá de Elsie y preguntó sí podía saber para qué la quería.

Le pude haber soltado algún cuento que me hubiera permitido hacerle más preguntas, pero decidí que no valía la pena, pues si había algo malo acerca de Elsie, no lo iba a saber por su papá, y era mejor efectuar una retirada sin despertar sospechas que pudieran dificultar la tarea del tío Am. De modo que le dije que representaba a una escuela de secretarias, que una de las antiguas profesoras de Elsie me había dado su nombre, entre otros, como el de una joven que era bastante inteligente para trabajar en una oficina; que la maestra había oído que Elsie estaba trabajando como sirvienta y pensé que podía conseguir algo mejor que eso. Me cohibió un poco cuando se mostró interesado, pidiéndome detalles sobre tiempo y costo. Esquivé respuestas categóricas respondiendo que dependía de cuántos cursos deseara ella seguir, y cuántas horas fuera a estudiar, y que si me informaba cuál era el día libre de Elsie, regresaría para poderle explicar directamente todos los detalles. Me dijo que su siguiente salida era el lunes y le aseguré que volvería entonces, por la tarde; y me escabullí.

Comenzaba a parecerme que Elsie era precisamente lo que aparentaba, a menos que el tío Am descubriera algo siguiéndola a una cueva de malhechores o a un tugurio de opio, no obstante, todavía tenía sus tres referencia para ser comprobadas por teléfono.

Eran como las tres y media cuando volví a la oficina. El tío Am quería saber lo que hubiese, pero convino en esperar hasta que yo pudiera llamar y ratificar las referencias. Tuve la suerte de hallar a la señora de la casa, al primer intento, en los tres telefonazos.

El expediente de empleo de Elsie se ajustaba a su solicitud. Hasta en las fechas, hasta donde sus patronas lo podían recordar, y ésa es la cosa más importante que se debe examinar al comprobar unas referencias. Si en la solicitud se dice que la solicitante trabajó la mitad de tal año para una persona y la segunda mitad para otra, y uno descubre que solamente trabajó cuatro meses para cada una, entonces quedan otros cuatro sin comprobar, y durante ese tiempo pudo haber tenido uno o dos otros trabajos de donde la corrieran por robar o por haber sido sorprendida en la cama con el hijo del ama, de diez años de edad, o lo que gusten ustedes. Elsie no había estado desocupada más de una semana o dos en cada ocasión.

Por tanto, eso era todo lo que yo podía hacer acerca de Elsie; con lo que contaba para trabajar. Así que informe al tío Am cómo estaban las cosas, y él me explicó lo que había hecho. Había pagado la multa, puesto en el correo el informe de la Phoenix y terminado las negociaciones para que desde el lunes comenzara el servicio de respuestas. Llamó también a Starlock y arregló que uno de los operadores de Ben siguiera a Robert Sideco desde las nueve de la mañana hasta que regresara a la casa. También había localizado a Harry Main en su casa, conviniendo en que Harry lo recogiera frente del restaurante irlandés, en la calle Clark, a las seis cuarenta y cinco. Desde que lo dejé en el palacio municipal, el tío Am había estado tan ocupado como yo mismo.

– Me he emparejado con todo lo que tengo qué hacer hasta ahora, Ed; me voy a quedar aquí otro par de horas, hasta después de las cinco y media, y luego iré al «Irlandés» a comer una langosta Thermidor. Quedas libre para hacer lo que gustes el resto del día, o te puedes quedar aquí para una partidita de gin y después ir a comer conmigo.

Le contesté que me quedaría para comer con él; que había pensado en una llamada que me agradaría hacer. Probablemente no conduciría a nada, pero no perjudicaba intentarla.

Llamé al capitán Brandt a la inspección general de policía. Le dije quién era, y le rogué que se consultaran dos nombres en los archivos para ver si tenía algún expediente cualquiera de ellos. Le manifesté que era en relación con el caso Dolan, razón por la cual no deseaba solicitar informes en la forma acostumbrada.

– ¡Seguro! – me contestó -. ¿Trabajan para Dolan?

– Sí, como sirvientes. Los estamos investigando. Elsie Aykers y Robert Sideco. Doncella de servicio y mocito.

Le di el número de nuestro teléfono y me dijo que llamaría en cuanto tuviera algún informe.

El tío Am tenía ya las cartas en la mano y la parte superior del escritorio desocupada cuando entré en su despacho. Siempre lo usábamos para nuestras partidas, de modo que, si un cliente entraba, no nos sorprendiera jugando.

Terminamos apenas una mano, cuando el teléfono repicó. Era Brandt y había hecho que se consultaran los nombres. No había ningún expediente acerca de Elsie Aykers, lo cual no me sorprendió, pero sí una acusación en contra de Sideco.

Hacía diez años, época en que había dado su edad como diecinueve, lo había aprehendido por portar armas ocultas, después de una zacapela en el South Side. El escándalo había sido entre una pandilla de jóvenes negros y otra de muchachos puertorriqueños, mexicanos y filipinos, la mayor parte quinceañeros. El pleito había terminado cuando llegó la policía, pero se llevaron a unos lastimados y a otros que vagaban por el contorno. Sideco se encontró en la redada y llevaba una navaja dos pulgadas más larga de lo que la ley permite. Por ser primera ofensa, se le dio una sentencia, suspendida, de tres meses. Después de eso, no lo habían arrestado nunca.

– Dolan va a venir a verme a las cuatro – concluyó – y le pasaré datos a él, por lo que le valgan, aunque no parezcan mucho. ¿Quiere que lo llame a usted?

– No, a menos que él lo desee por alguna razón – repuse -. Le puede decir que Am y yo estamos en la oficina, por si acaso nos necesitare.

Dolan no nos llamó, lo cual significaba que no había nuevos acontecimientos. En el gin conservé mi ventaja, y por un momento pareció como si fuéramos a disfrutar de una noche de paseo por cuenta del tío Am; una vez llegué hasta novecientos veintitantos dólares, y otro juego me habría hecho pasar la línea. Pero perdí los otros dos siguientes antes de ganar otro, y cuando dejamos de jugar a las cinco y media, para irnos al «Irlandés», le llevaba ganados setecientos dólares. Se trata de un restaurante viejo y de un vecindario pésimo, o sea el nuestro, aunque uno de los mejores en el Medio Oeste para toda clase de mariscos.

Resultaba más fácil dejar el Buick en el garaje y caminar unas cuantas cuadras hasta el restaurante, que buscar sitio en donde estacionarlo en la calle Clark, así que eso hicimos. Tomamos una buena cena, y unos cuantos minutos antes de las seis y cuarenta y cinco, pagamos la cuenta y salimos a esperar a Harry Main. Llegó al minuto, el tío Am subió en el auto y yo me dirigí a la casa deteniéndome en una droguería para comprar alguna novelilla.

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