El Caso De La Señora Murphy
- Автор: Браун Фредерик
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
– ¿No hay manera en que me pueda comunicar con él?
– Mucho me temo que no. Está trabajando.
– Oh – lamentóse la voz -. Bueno, acaso usted me pueda ayudar. ¿Usted es el sobrino de quien me habló, el otro de Hunter & Hunter?
Le respondí que sí.
– Mi nombre es Silver, Arnold Silver. Algo se ha presentado necesito en que me ayuden; pensé en su tío porque es el único detective privado que conozco. Si está trabajando, quizá usted me pudiera atender.
– ¿Es algo de urgencia? – indagué -. Por lo menos uno se nosotros, tal vez los dos, estemos en nuestra oficina mañana.
– Mucho me temo que será preciso empezar esta noche. Mire, vivo un poco lejos fuera de la ciudad, al oeste de Winnetka, como a una hora de camino de donde usted se encuentra. ¿Qué probabilidades hay de que pueda venir desde luego?
– Tendré que rentar un coche o tomar uno de alquiler. ¿Me pudiera dar alguna idea de la clase de trabajo que es? Hay algunas clases que no manejamos. Una de ellas, los asuntos maritales.
– Lo sé; Am me lo dijo. No deseo hablar del asunto en el teléfono, no obstante, puedo asegurarle que se trata de algo legal. Mire, rente un automóvil y venga. Si por alguna razón rehúsa el trabajo, le pagaré sus gastos y su tiempo.
– Me parece justo – murmuré -, pero para el viaje de una hora, ¿está seguro de que un auto de alquiler no sería más barato? – Se me ocurrió algo mejor -. Pudiera tomar el North Shore a Winnetka y un coche desde la estación de allí.
– No, rente un automóvil. Lo necesitará más tarde si acepta el trabajo que le ofreceré.
Me explicó en dónde virar en Winnetka para la Carretera 42, que es precisamente al norte de Evanston y cómo seguir desde allí. No era muy complicado.
Cuando colgué, llamé un auto de sitio y luego me preparé; escribí un recado rápido al tío Am para decirle lo que sucedía y bajé a esperar el coche.
Llegó en un par de minutos y lo tomé para que me llevara a la avenida Michigan, a la agencia que siempre utilizábamos cuando era preciso tener dos coches al mismo tiempo. Conseguí un Pontiac y rodé hacia el Norte, a lo largo del lago, al través de Evanston y a Winnetka en la 42, di vuelta hacia el Oeste y empecé a seguir las instrucciones recibidas.
Nadie pensaría que así de cerca de una ciudad del tamaño de Chicago, y entre dos carreteras principales Chicago – Milwaukee, se pudiera encontrar una zona sin construir y caminos laterales casi sin usar; sin embargo, allí estaban.
Era región montuosa, con barrancos y caídas a un lado de la carretera y a veces al otro. La claridad de la luna era suficiente para permitir a uno manejar sin los faros delanteros, y podía distinguir las pendientes empinadas. Un poco después de la última vuelta de la ruta que se me había dado, se presentó el camino más estrecho; llegaría a la casa descrita tras kilómetro y medio.
Una ojeada a la izquierda, montaña arriba, fue lo que me salvó la vida. Eché un vistazo, nada más un vistazo, a un coche que pasaba un sitio descubierto de árboles. Un coche sin luces, como veinte metros adelante de mí, que venía de un caminito lateral en dirección que produciría un choque seguro.
Reaccioné automáticamente; no había tiempo de reflexionar. Deje de oprimir el acelerador apenas lo bastante como para no descubrirme, y me fui deslizando y perdiendo velocidad de ahí para adelante. Y estudiando el sitio en donde el camino lateral se juntaba con el mío, lo conservé en la memoria, y como a cuatro metros de él, apliqué los frenos con tanta fuerza que el Pontiac casi se paró de cabeza deteniéndose todo estremecido. El otro coche, al que no traía las luces encendidas, rechinó los frenos al cruzar enfrente de mí, casi rozándome los faros, pero no se pudo detener a tiempo, pasó hasta el otro lado del camino y se precipitó por la empinada pendiente.
Como a quince metros abajo chocó contra un árbol, con un terrible golpazo y estrujamiento de meta, y después todo quedó en silencio, un silencio profundo durante el cual permanecí sentado, tembloroso, por más de medio minuto, antes de salir de mi coche y empezar a descender la pendiente de cuarenta y cinco grados. No veía cómo alguien podía haber vivido después de aquel choque, pero tenía que asegurarme. Llevaba la pistola lista por si alguien vivía.
George Steck no había sobrevivido. No tuve ni que tocarlo para estar seguro de que había muerto. Llevaba puesto un cinturón de asiento, que no lo había servido de nada. No después de quince metros de caída en una pendiente de cuarenta y cinco grados. El cinturón lo había cortado casi por la mitad, y parte del motor estaba sobre sus piernas. Prefiero no entrar en mayores detalles.
Subí al Pontiac y lo arranqué. Temblaba de los pies a la cabeza y procedí con lentitud; lo eché a caminar hacia delante, porque no había lugar en donde dar vuelta.
A cien metros de distancia encontré un espacio bastante amplio, y en él un Cadillac estacionado, el mismo de color crema de Steck, en el que había llegado a la casa de Dolan unas noches antes.
No había ni siquiera advertido la marca del coche del asesinato, aunque para matarme con él había escogido uno con cinturones en los asientos. El plan había sido sencillo. Había estado aguardando allí, en ese callejón lateral, sin luces. Mi coche sí tenía luces; con facilidad me hubiera podido ver desde lejos y precisar el momento en que su propio coche golpeara al mío en el centro de la carrocería, echarme fuera del camino y precipitarme pendiente abajo, para después irse a su propio coche y largarse al diablo.
Continué rodando hasta hallar un lugar en donde pudiera dar vuelta y regresar. Probablemente estaba más cerca de la Carretera 41, mas no conocía la región y podía perderme; pero sí sabía que podía volverme por donde llegué.
Claro que pude haber ido a la estación de policía más cercana, en Winnetka, a informar lo que había sucedido; ¿para qué? No iba a perjudicar a Steck que lo encontraran hasta el día siguiente. Informar el caso me amarraría con un gran número de preguntas y lanzaría al aire el asunto Dolan… y, además, me estaba invadiendo un terrible «pálpito» respecto a por qué George Steck me había tratado de matar. Aquel pálpito abría casi tantas nuevas preguntas como contestaba otras antiguas. Todavía no percibía todo el cuadro. Todavía no sabía por qué Mike había tratado de robarme una pistola, que era lo que había iniciado todo el negocio, a lo menos desde el punto de vista de los Hunter.
Ya había cruzado Evanston cuando se me pasaron los temblores y comencé a pensar con mayor o menor calma respecto a lo que debía hacer. Tendría que decirlo a Dolan, por supuesto. Y sería conveniente ir a recoger al tío Am de su tarea. No tenía la respuesta completa, pero fuera la que fuese, parecía muy seguro que Elsie, la sirvienta, no tenía ninguna parte en ello. Así que no devolvería el Pontiac aún, y decidí enderezar rumbo a la oficina en lugar de a casa. Me he dado cuenta de que logro mis mejores reflexiones en la oficina, en la noche, cuando nadie anda por ahí y no hay cosa que distraiga.
Entré en la oficina, encendí la luz y me senté en el sillón frente a mi escritorio. Como si estuviera previsto, repicó el teléfono, y aunque no lo sabría sino hasta dentro de media hora, el caso Dolan estaba concluido.
Era una voz suave, voz del Sur, voz agradable, con un ligero indicio de burla bien merecida. La respuesta a mi frase de «Esta hablando Ed Hunter», fue:
– ¿Es el señor Hunter que representa a una escuela de secretarias para señoritas?
No acierta uno con una réplica porque no se está cara a cara; se aguarda unos cuantos segundos antes de decir algo, si le lanzan una curva como ésa cuando ni siquiera se sabe que se está bateando. La voz solamente podía ser la del padre de Elsie Aykers, porque era la única persona a quien le había dicho que representaba una escuela de secretarias, y no le había dado ningún nombre.
– Señor Aykers – le dije -, supongo que usted y su hija han comparado notas y descripciones. Lo lamento; la estaba investigando. Si le ha contado lo que ocurrió en la casa Dolan, comprenderá por qué el señor Dolan deseaba…