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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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—Estoy reflexionando, mister Raikes.

—Sí, creo que debe de tener mucho que pensar. ¡Me parece que con ésto pierde su empleo! No ha sido gracias a usted por lo que esté vivo en estos momentos Alistair Blunt.

—Esta es su segunda buena acción, ¿verdad, mister Raikes?

—¿Qué diablos quiere decir?

—¿No fue ayer precisamente cuando cogió al hombre que, según usted, acababa de disparar contra mister Blunt y el primer ministro?

—Pues sí —repuso Howard Raikes—. Parece que se está convirtiendo en una costumbre.

—Pero existe una diferencia. El hombre que capturó ayer no era el que había hecho el disparo. Se equivocó.

—Y ahora también —dijo Francis Carter con prontitud.

—Tú cállate —ordenó Raikes.

Hércules Poirot murmuró para sí: «Quisiera saber...»

4

Vistiéndose para la cena, Hércules Poirot ajustó el nudo de su corbata hasta lograr una simetría perfecta y contempló en el espejo su entrecejo fruncido.

No estaba satisfecho..., mas se hubiese visto en un aprieto, de tener que explicar el porqué. Tenía que confesar que el caso era bien claro. Francis Carter había sido sorprendido con las manos en la masa. No es que le fuese simpático. Juzgado desapasionadamente, era lo que se llama un equivocado, un individuo matón y desagradable, aunque con cierto atractivo para aquellas mujeres que se resisten a creer lo peor sin reparar en la evidencia. Y su historia era tan poco convincente... Les habló de estar relacionado con el Servicio Secreto..., y aquel empleo misterioso de jardinero para informar de las conversaciones y actos de los otros jardineros. Era una historia sin fundamento. Una invención pobre..., como lo que, según Poirot, era capaz de inventar Francis Carter.

Y este no daba otra explicación, excepto que alguien debió de arrojar el revólver. Lo repetía una y otra vez.

No. No había nada que decir en defensa de Carter, a no ser la extraña coincidencia de que Howard Raikes hubiera estado presente dos días consecutivos en el momento en que una bala pasaba rozando a Alistair Blunt.

Tal vez no tuviera nada de particular. Raikes pudo no haber disparado en la calle Downing y su presencia en Exsham ser debida a su deseo de estar cerca de su novia. Sí. No era del todo improbable.

Los acontecimientos habían mejorado la situación de Howard Raikes. A un hombre que acaba de salvarle la vida no le niegues la entrada en tu casa. Lo menos que puedes hacer es brindarle tu amistad y hospitalidad. A mistress Olivera le disgustaba, pero no pudo menos que reconocer que nada podía hacerse.

¡El indeseable amigo de Jane había puesto los pies en la casa y pensaba conservarlos allí!

Aquella noche Poirot le observó detenidamente.

Estaba actuando con astucia sin mantener sus subversivos puntos de vista ni hablar de política. Contó divertidas anécdotas de sus cacerías en lugares salvajes.

«Ya no es el lobo —pensó Poirot—, lleva puesta la piel de cordero. Pero ¿y debajo? Quisiera saber...»

Cuando Poirot se preparaba para acostarse llamaron a su puerta. El detective gritó: «Adelante»..., y entró Howard Raikes.

Al ver la expresión de Poirot echóse a reír.

—¿Le sorprende verme? Le he estado observando, toda la noche y no me gusta su aspecto. Parece algo inquieto.

—¿Por qué le preocupa eso, amigo?

—No lo sé. Pienso que tal vez trate de descifrar algunas cosas que le parecen difíciles de tragar.

Eh bien! ¿Y si fuese así?

—Pues voy a decirle la verdad de lo sucedido ayer. ¡Todo fue una comedia!, ¿sabe?; estaba esperando a que su señoría saliera del número diez de la calle Downing y vi cómo Ram, Lal, le disparaba. Yo conozco a Ram Lal. Es un muchacho simpático. Un poco excitable, pero que siente los errores de la India. Nadie sufrió daño alguno. Ese precioso par de camisas almidonadas resultaron ilesas; así que decidí representar una farsa para que el indio pudiese escapar. Agarré a un hombrecillo que se hallaba a mi lado y grité que era el culpable con la esperanza de que Ram Lal huyera. Pero los de la secreta fueron más listos. Le cogieron en seguida. Eso fue lo que pasó, ¿comprende?

—¿Y hoy? —preguntó Hércules Poirot.

—Eso es distinto. Hoy no había ningún Ram Lal. Carter es el único culpable. ¡Disparó el revólver! Aún lo tenía en la mano cuando le sorprendí. Me figuro que se disponía a repetir el disparo.

—¿Desde cuándo desea conservar la integridad personal de mister Blunt?

—Lo encuentra un poco raro después de todo lo que dije, ¿verdad? Sí, es raro. Yo creo que Blunt es un individuo que debiera desaparecer... por el bien de la Humanidad y del progreso, no por su persona. Es un hombre muy agradable, al estilo inglés. Eso es lo que opino, y al ver que iban a disparar contra él, intervine. Esto le demuestra lo ilógica que es la raza humana.

—Del dicho al hecho hay mucho trecho.

—¡Eso digo yo!

Y Howard Raikes, tras levantarse de la cama en que se sentara, sonrió con aire confidencial.

—Creí que debía venir a decírselo.

Y salió, cerrando la puerta con cuidado.

5

«Líbrame, Señor, del demonio y presérvame del hombre malo»

Cantó mistress Olivera con voz firme. La entonación de su voz hizo pensar a Poirot que el hombre malo que veía en su mente era Howard Raikes.

El detective había acompañado a su anfitrión y su familia a la iglesia del pueblo para asistir al oficio de la mañana.

—¿Va usted siempre a la iglesia, mister Blunt? —había dicho con ligera ironía Howard Raikes.

Y el millonario había murmurado vagamente que eso es lo que se espera de uno, con un sentimiento tan inglés que arrancó una sonrisa a Poirot.

Mistress Olivera acompañó a su pariente y ordenó a Jane que hiciera otro tanto.

«Han afilado sus lenguas como las serpientes —cantaron los monaguillos—, y el veneno de la víbora se alberga tras sus labios.»

Los tenores y bajos contestaron:

«Guárdame, ¡oh Señor!, de la iniquidad. Presérvame de los hombres malvados que quieran desbaratar mis actos.»

Hércules Poirot se animó a cantar con su voz de barítono.

«El orgullo me ha tendido una trampa y ha tejido una red de cuerdas; sí, siembra de obstáculos mi caminoooooo.»

Y se quedó con la boca abierta.

Lo veía..., veía con claridad la trampa en que casi se cae.

Una trampa astuta, una red de cuerdas, un abismo abierto ante sus pies..., disimulado para que cayera en él.

Como un autómata quedó con la boca abierta mirando al vacío mientras los demás se sentaban, hasta que Jane Olivera le cogió del brazo y le dijo:

—¡Siéntese!

Un anciano sacerdote entonaba:

Aquí comienza el decimoquinto capítulo del primer libro de Samuel—y siguió leyendo.

Mas Poirot no oía nada. Estaba en otro mundo, un mundo delicioso donde los factores giraban antes de ocupar sus lugares respectivos. Era como un calidoscopio..., zapatos con hebilla..., medias de la talla diez..., un rostro destrozado..., los gustos literarios del botones..., las actividades de Amberiotis... y el papel representado por mister Morley..., todo giraba antes de situarse en su lugar y formar un diseño correcto.

Por primera vez, Hércules Poirot enfocaba el caso por la verdadera pista.

Porque la rebelión es el signo que conduce a la obstinación y a la idolatría. Aquellos que rechazaron la palabra de Dios le rechazaron también como rey. Aquí termina la primera lección —concluyó el clérigo de un tirón.

Como un somnámbulo, el detective se puso a rezar el Tedeum.

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