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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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Mistress Adams seguía diciendo:

—Ponía tan buena fe en todo, señor, y encontraba a la gente tan apática, tan difícil de convencer. Cada año es más difícil conseguir suscripciones... a causa de la subida de los impuestos y la carestía de la vida. Una vez me dijo: «Cuando uno sabe el bien que puede hacerse con el dinero, Alice, pienso que sería capaz de cometer un crimen por obtenerlo.» Esto demuestra cómo sentía, ¿no es cierto, mister Poirot?

—¿Sí? ¿Eso dijo?

Quedó pensativo y preguntó cuándo había hecho aquellas declaraciones miss Seale, y su interlocutora repuso que unos tres meses antes.

Abandonó la casa abismado en sus pensamientos, considerando el carácter de Mabelle Sainsbury Seale. Una mujer agradable, muy diligente, el prototipo de mujer respetable. Pertenecía al grupo de personas en el que, según mister Barnes, podía hallarse un criminal en potencia.

Vino desde la India en el mismo barco que Amberiotis. Y existían razones para suponer que comió con él en el Savoy.

Acosó a Alistair Blunt aludiendo a su amistad con su esposa.

Había ido un par de veces a las residencias del rey Leopoldo, donde poco después se encontró un cadáver vestido con sus ropas y su bolso, lo que hizo creer evidentemente que era ella.

Demasiada evidencia.

Desapareció del hotel Glengowrie Court después de su entrevista con la Policía.

¿Podría explicar todo esto la teoría de Hércules Poirot?

Él creía que sí.

3

Estas cavilaciones entretuvieron al detective durante el camino de regreso hasta llegar a Regent's Park. Decidió atravesar el parque a pie antes de tomar un taxi. Sabía por experiencia que al cabo de un rato empezarían a molestarle sus elegantes zapatos de ante.

Era un delicioso día de verano, y Poirot contempló con indulgencia a las niñeras y los soldados riendo y bromeando, mientras los niños se aprovechaban de su distracción.

Los perros ladraban y brincaban.

Los chiquillos hacían navegar sus botes en el estanque. Y bajo cada árbol veíase una parejita...

—¡Ah! Jeunesse, jeunesse! —murmuró Hércules Poirot, gratamente impresionado por el espectáculo.

Las muchachas londinenses tenían chic, sabían llevar la ropa con elegancia. Sin embargo, consideraba sus figuras muy deficientes. ¿Dónde estaban las curvas, las suaves líneas que deleitaron antaño a sus admiradores?

Hércules Poirot recordaba haber visto mujeres..., una en particular... ¡Qué criatura más maravillosa!... Un pájaro del paraíso..., una Venus...

¿Cuál de las hermosas muchachitas de hoy en día podía compararse a la condesa Vera Rossakoff? Una auténtica aristócrata rusa, aristócrata hasta la punta de los dedos. Y también recordaba a una ladrona internacional..., una de esas bellezas naturales...

Con un suspiro apartó de su pensamiento aquellas criaturas de sus sueños.

No eran solo niñeras y soldados los que se arrullaban bajo los árboles del Regent's Park. Allí cerca estaba una jovencita vistiendo un modelo de Schiaparelli. Su pareja tenía la cara junto a la suya.

«¡No hay que ser tan condescendiente! Hay que alargar lo más posible el placer de la con-quista», díjose el detective.

De pronto los reconoció.

¿Así que Jane Olivera había acudido a Regent's Park para entrevistarse con el americano revolucionario?

Tras una ligera vacilación atravesó el césped para llegar hasta ellos. Saludándolos con un floreo de su sombrero, dijo:

Bonjour, mademoiselle.

Y Jane Olivera no pareció contrariada al verle.

En cambio, Howard Raikes demostraba su disgusto por la interrupción.

—¡Oh! ¡Otra vez usted...!

—Buenas tardes, mister Poirot —dijo Jane—. Aparece siempre de improviso ¿verdad?

—Es una especie de muñeco con resorte —dijo Raikes mirándole con frialdad.

—¿Molesto? —preguntó Poirot.

—En absoluto —repuso Jane Olivera con gentileza.

Howard Raikes no dijo nada.

—Han encontrado ustedes un sitio precioso —comentó Poirot.

—Lo era —dijo Raikes.

Jane le reconvino:

—¡Cállate, Howard! ¡Es preciso que aprendas mejores modales!

—¡Para lo que sirven! —repuso Howard Raikes.

—Llega un día en que se recoge el fruto —dijo Jane—. Yo tampoco los tuve, pero no importa. Soy rica, no mal parecida, y tengo muchos amigos influyentes. Puedo arreglármelas muy bien sin ellos.

—No estoy de humor para charlar, Jane —dijo Raikes—. Sé que me saldría de mis casillas.

Se puso en pie, y tras saludar a Poirot, se alejó.

Jane mirábale marchar, apoyando la barbilla sobre su mano.

Poirot suspiró antes de decir:

—Cielos, es cierto lo que dice el refrán: «Cuando dos se hacen el amor, sobran terceros.»

—¿Hacerse el amor? —exclamó Jane—. ¡Vaya una expresión!

—La adecuada para designar a un joven que corteja a una muchacha antes de pedir su mano. ¿No le llaman a eso hacerse el amor?

—Por lo visto, sus amigos dicen cosas muy graciosas.

El detective cantó:

Thirteen, fourteen, maids are courting[8]. Mire a nuestro alrededor. Todos lo hacen.

—Sí... Yo debo de ser la excepción..., me figuro.

Y de pronto volvióse hacia el detective.

—Quiero pedirle perdón. El otro día me equivoqué. Creía que iba a Exsham para espiar a Howard, pero más tarde me dijo tío Alistair que le invitó porque quería pedirle que aclarase el misterio de esa mujer desaparecida..., Sainsbury Seale. Es cierto, ¿verdad?

—Sí.

—Así que siento lo que le dije la otra noche. Parecía..., quiero decir, que daba la impresión de que estaba siguiendo a Howard y espiándonos.

—Aunque hubiese sido cierto, mademoiselle, yo constituyo un testigo excelente que vio cómo mister Raikes salvaba la vida de su tío, al sorprender al asaltante e impedir que volviera a disparar.

—Tiene usted una forma muy curiosa de decir las cosas. Nunca sé cuándo habla en serio.

—En este momento hablo en serio, miss Olivera.

—¿Por qué me mira de este modo? —preguntó Jane con voz quebrada—. Como si..., como si me compadeciera.

—Tal vez porque no me agradan las cosas que tendré que hacer en breve.

Bien... Entonces... ¡No las haga!

—Cielos, mademoiselle, pero yo debo...

—¿Es que —ella le miró con fijeza unos instantes— ha encontrado a esa mujer?

—Digamos... que sé dónde está.

—¿Muerta?

—No he dicho eso.

—Entonces está viva.

—Tampoco dije eso.

Jane le miró, irritada, exclamando:

—Pues tendrá que ser o lo uno o lo otro.

—Es que no es tan fácil.

—¡Me parece que le gusta complicar las cosas!

—Eso dicen —admitió el detective.

Jane estremecióse y luego observó:

—¡Qué extraño! Hace un día delicioso, y de repente he sentido frío...

—Será mejor que paseemos un poco, mademoiselle.

Jane se puso en pie. Y tras un instante de vacilación dijo impulsivamente:

—Howard quiere que me case con él en seguida. Sin que nadie lo sepa. Dice... que es la única forma de hacerlo..., que soy muy débil —se interrumpió para asirse del brazo del detective con extraordinaria fuerza—: ¿Qué debo hacer, mister Poirot?

—¿Por qué me pide consejo a mí? Tiene quien pueda dárselo mejor.

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