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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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Alistair Blunt apareció bajo el dintel de la puerta.

—Mister Poirot, tenga la bondad de venir a mi habitación.

El santuario de Alistair Blunt era un cuarto rectangular situado en la parte posterior de la casa, cuyas ventanas daban al jardín; muy cómodo, con amplios butacones y canapés, y con cierto desorden que lo hacía muy acogedor.

No es necesario decir que Hércules Poirot hubiera preferido más simetría y orden.

Después de ofrecer un cigarro a su huésped y prender fuego a su pipa, Alistair Blunt pasó directamente a hablar de lo que le interesaba.

—Hay muchas cosas que no me satisfacen. Me estoy refiriendo a esa mujer, Sainsbury Seale. Por razones de su incumbencia, sin duda perfectamente justificadas, las autoridades han dejado de investigar. Yo no sé con exactitud quién es Albert Chapman ni lo que hace...; pero sea lo que sea es algo de vital importancia y es de esa clase de negocios que pueden conducirle a una situación embarazosa. No conozco los pros y los contras, pero el primer ministro dijo que no podía consentirse más publicidad y que cuanto antes lo olvidase el público, mejor. Eso está bien. Es la opinión oficial y saben lo que es necesario. Así es que la Policía tiene las manos atadas —se inclinó hacia adelante—. Pero yo quiero saber la verdad, mister Poirot, y usted es el hombre que puede ayudarme. A usted no se lo impide el Gobierno.

—¿Qué quiere que yo haga, mister Blunt?

—Quiero que encuentre a esa mujer.

—¿Viva o muerta?

—¿Cree usted posible que haya muerto? —Alistair Blunt enarcó las cejas.

Hércules Poirot permaneció en silencio unos instantes, y luego dijo, despacio y con energía:

—Si desea saber mi opinión..., solo es una simple opinión..., creo que sí, que está muerta.

—¿Por qué lo cree?

Hércules Poirot sonrió.

—Si no le pareciese una falta de sentido común, le diría que a causa de un par de medias que encontré en un cajón.

Blunt le miró con curiosidad.

—Es usted un hombre extraño, mister Poirot.

—Sí, lo soy. Es decir, soy metódico, ordenado y lógico..., aunque no descarto los factores desconcertantes para formar mis teorías..., eso, por lo visto, es excepcional.

—He estado dándole vueltas al asunto en mi cabeza..., me cuesta bastante comprender las cosas... ¡Y todo es tan extraño! Me refiero al suicidio del dentista y luego a esa mistress Chapman enterrada en su propio arcón con la cara destrozada. ¡Qué horror! No puedo dejar de pensar que algo se esconde tras todo esto.

Poirot asintió. El millonario seguía diciendo:

—¿Y sabe usted?... Cuanto más lo pienso..., estoy seguro de que esa mujer no conoció nunca a mi esposa. Que fue solo un pretexto para hablar conmigo; pero ¿por qué? ¿Qué bien podía hacerle? Una limosna que ni siquiera era para ella, sino para una sociedad. Y, sin embargo, sigo pensando que fue un ardid para detenerme en la escalera de mi casa. ¡Fue tan oportuno! ¡Tan bien calculado! Pero ¿por qué? Eso es lo que no dejo de preguntarme. ¿Por qué?

—¿Por qué? También yo quisiera saberlo... y no puedo dar con ello.

—¿No tiene ninguna idea?

—Mis ideas son extremadamente infantiles. Quizá fue un ardid para que alguien pudiera verle con tranquilidad. Pero eso también es absurdo. Usted es un hombre conocido y es mucho más fácil decir: «Mira, es aquel que sale ahora de su casa.»

—De todas formas, ¿para qué querían fijarse en mí?

—Mister Blunt, trate de recordar la mañana en que fue al dentista. ¿Notó algo raro en mister Morley? ¿No recuerda nada que pudiera darnos una pista?

Alistair Blunt hizo un esfuerzo por recordar. Al cabo movió la cabeza.

—Lo siento. No recuerdo.

—¿Está usted seguro de que no mencionó a esa mujer..., miss Sainsbury Seale?

—Seguro.

—¿Ni a la otra..., esa mistress Chapman?

—Tampoco, no me habló de nadie. Charlamos de flores, jardines, vacaciones..., nada más.

—¿No entró nadie en la habitación mientras estuvo usted allí?

—A ver..., no. Creo que no. En otras ocasiones recuerdo haber visto a una joven rubia. Pero aquel día no estaba. ¡Ah, sí! Entró otro dentista, ahora me acuerdo... un joven con acento irlandés.

—¿Y qué es lo que dijo o hizo?

—Solo le hizo un par de preguntas y salió. Morley fue muy conciso, porque solo le entretuvo un par de minutos.

—¿Y no recuerda más? ¿Nada en absoluto?

—No. Lo encontré muy natural.

—Yo también le encontré completamente normal.

Se hizo un silencio, y al fin Poirot habló:

—¿Y no recuerda a un joven que estaba en la sala de espera?

—Deje que piense —Alistair Blunt frunció el entrecejo—. Sí. Había un joven... bastante nervioso. Pero no le vi nada de particular. ¿Por qué?

—¿Le conocería si volviera a verle?

—Apenas me fijé en él.

—¿No intentó entablar conversación?

—No, no.

Blunt le miró con franca curiosidad.

—¿Quién es ese hombre?

—Su nombre es Howard Raikes.

Poirot esperó su reacción, pero no la hubo.

—¿Tengo que conocerle? ¿Le he visto en alguna parte?

—No. No lo creo. Es amigó de su sobrina, miss Olivera.

—¡Ah, uno de los amigos de Jane!

—Me parece que su madre no aprueba esa amistad.

—No creo que eso haga mella en ella —dijo Alistair Blunt con indiferencia.

—Su madre reprueba esa amistad hasta el punto de que ha traído a su hija de los Estados Unidos con intención de apartarla de ese hombre.

—¡Ah! —el rostro de Blunt expresó inteligencia—. ¿Es ese muchacho?

—¡Ajá! Ahora parece más interesado.

—Creo que es un indeseable en todos aspectos, y está mezclado en muchas actividades subversivas.

—He sabido por su sobrina que fue a la calle Reina Carlota solo para verle.

—¿Para tratar de convencerme?

—Pues... no. Más bien creo que fue a ver si usted le agradaba.

—¡Qué cinismo!—dijo indignado el banquero.

Poirot se dignó sonreír.

—Parece ser que usted representa todo lo que él desaprueba.

—Él sí que pertenece a la clase de hombres que aborrezco. Se pasa el tiempo predicando en vez de dedicarse a un trabajo honrado.

Poirot guardó silencio durante unos instantes. Luego, añadió:

—¿Me perdona si le hago una pregunta muy personal e impertinente?

—Pregunte.

—En el caso de fallecer usted, ¿cuáles son las condiciones testamentarias?

—¿Para qué quiere saberlo?

—Porque es posible que tenga mucha importancia en este caso.

—¡Qué tontería!

—Puede ser que sí y puede ser que no.

—Creo que se está poniendo trágico, Poirot. No están tratando de asesinarme... ni nada parecido.

—Una bomba a la hora del desayuno..., un disparo en medio de la calle...

—¡Oh! Cualquier hombre que se desenvuelve en el mundo de los negocios está expuesto a estos atentados de algunos locos fanáticos.

—Pudiera ser alguien que no fuese ni loco ni fanático.

—¿Adonde quiere ir a parar?

—Sin más rodeos, quiero saber quién se beneficiaría de su muerte.

—Principalmente el hospital de San Eduardo. El de cancerosos y el Instituto Real de Ciegos.

—¡Ah!

—Además dejo una cantidad a mi sobrina Julia Olivera, otra equivalente, aunque en custodia, a su hija Jane, y otra similar a mi prima segunda, única parienta, Helen Montresor, que ha venido a menos y ocupa una casita de mi propiedad en esta localidad.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Esto, mister Poirot, es estrictamente confidencial.

—Desde luego, monsieur, desde luego.

Alistair Blunt prosiguió con sarcasmo:

—Supongo que no sugerirá que Julia o Jane Olivera o mi prima Helen Montresor están planeando mi muerte por cobrar mi dinero.

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