La muerte visita al dentista
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #20
- Год: 1941
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 842720079X
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:
—¿Conoce a mistress Olivera, mister Poirot?
—Ya he tenido el placer de conocerla —y se inclinó.
—¡Oh! ¿Cómo está usted? —repuso mistress Olivera—. Mister Selby, ya sé que Alistair Blunt es un hombre demasiado ocupado y que no da importancia a éstos detalles domésticos.
—No se preocupe —le dijo el eficiente mister Selby—. Me habló de ello y telefoneé a mister Deevers.
—Bien, eso me quita un peso de encima. Ahora, mister Selby, si usted quisiera decirme...
Mistress Olivera siguió charlando. Según Poirot, se parecía bastante a una gallina. ¡Una gallina grande y gorda! Parloteando se acercaba a la puerta.
—... ¿y está usted seguro de que estaremos solos este fin de semana?
—¡Hum!—mister Selby carraspeó—. mister Poirot viene también.
Mistress Olivera se detuvo y miró a Poirot con manifiesto desagrado.
—¿Es verdad eso?
—Mister Blunt ha tenido la amabilidad de invitarme—dijo Poirot.
—¡Qué extraño! Usted me perdonará, mister Poirot; pero mister Blunt me dijo que deseaba pasar este fin de semana tranquilo y en familia.
—Mister Blunt tiene grandes deseos de que venga mister Poirot—dijo Selby con firmeza.
—¡Oh! ¿De veras? No me dijo nada.
Se abrió la puerta y Jane preguntó, impaciente:
—¿Vienes, mamá? ¡Nuestra cita es a la una y cuarto!
—Ya voy, Jane. No seas impaciente.
—Bueno, apresúrate, por lo que más quieras... ¡Hola, mister Poirot!
De pronto se puso seria y angustiada.
—Mister Poirot viene a Exsham con nosotros a pasar el fin de semana —dijo la madre con frialdad.
—¡Ah, ya!
Jane Olivera dejó paso a su madre, pero antes de seguirla se volvió.
—¡Mister Poirot!
Era un mandato. Poirot se aproximó a ella, que le habló en voz baja.
—¿Viene usted a Exsham? ¿Por qué?
El detective encogióse de hombros.
—Ha sido idea de su tío.
Jane dijo:
—Pero él no puede... No puede... ¿Cuándo le invitó? ¡Oh, no hay necesidad de...!
—¡Jane!
Su madre la llamaba desde el vestíbulo, y Jane se apresuró a susurrar:
—¡Quédese! No vaya, por favor.
Y se fue. Poirot las oyó discutir.
«No voy a tolerar esos modales, Jane. Tomaré mis medidas para que no te mezcles en es-to...»
—Entonces, un poco antes de las seis —le decía el secretario—, mister Poirot.
Poirot hizo un gesto mecánico de asentimiento. Estaba inmóvil como quien acaba de ver un fantasma. Pero fue su oído y no su vista lo que le impresionó. Las dos frases que llegaron hasta él eran bastante parecidas a las que oyera por teléfono, y ahora ya sabía por qué la voz le era familiar.
Al salir a la luz del sol se preguntó: «¿Mistress Olivera?» Pero eso era imposible. No pudo ser ella quien le hablara por teléfono.
«Una mujer insustancial, egoísta, avara. ¿Cómo acababa de calificarla interiormente? ¿Gallina gorda? C'est ridicule!—dijose el detective—. Mis oídos debieron de engañarme, y, sin embargo...»
6
El Rolls llegó puntualmente, poco antes de las seis, para recoger a Poirot. Los únicos ocupantes eran Alistair Blunt y su secretario. Por lo visto, mistress Olivera y Jane se fueron más temprano en otro coche.
El viaje transcurrió sin incidentes, Blunt habló casi exclusivamente de su jardín y de la próxima exposición de horticultura.
Poirot le dijo que celebraba hubiese escapado de la muerte, a lo que Blunt repuso:
—¡Oh, eso...! No creo que el muchacho disparase contra mí. De todas formas, no tiene la más remota idea de cómo se hace. Es uno de esos estudiantes medio locos. No tienen picardía. Creen que un disparo contra el primer ministro puede cambiar el curso de la Historia. Es una verdadera lástima.
—Debe de haber sufrido otros atentados, ¿verdad?
—Parece melodrama —repuso Blunt con un ligero respingo—. No hace mucho me enviaron una bomba por correo. No estalló. Si esos jóvenes no son capaces de inventar un explosivo más eficaz, ¿qué clase de negocios esperan realizar? Siempre son los mismos tipos..., cabellos largos, idealistas de mentalidad corta sin un ápice de cultura. Yo no soy inteligente..., ni nunca lo fui..., pero sé leer y escribir y conozco la aritmética. ¿Comprende lo que quiero significar?
—Creo que sí, pero expliqúese mejor.
—Pues bien: si leo algo escrito, entiendo lo que dice..., no le hablo de cosas complicadas, fórmulas o filosofía..., sino del inglés comercial..., que muchos desconocen. Si quiero escribir, escribo lo que deseo (he descubierto que no todas las personas pueden). Y, como ya le he dicho, sé aritmética. Si Juan tiene ocho plátanos y Pedro le quita diez, ¿cuántos plátanos le quedan a Juan? Esta es la clase de resta que la gente cree de solución sencilla. No admiten, primero, que Pedro no puede quitarle diez plátanos, y segundo, que no puede sobrar ninguno.
—Y convierten la solución en un juego de ilusión.
—Exacto. Los políticos son así. Pero yo siempre he procurado conservar el sentido común. Bueno, no debo hablar de mi profesión. Es una mala costumbre. Además, me gusta no pensar en los negocios cuando salgo de Londres. Me gustaría conocer alguna de sus aventuras. Leo muchas historias emocionantes detectivescas, ¿cree usted que ocurren en la vida real?
La conversación versó durante el resto del viaje sobre los casos más espectaculares de Hércules Poirot. Alistair Blunt le escuchó como un colegial ávido de detalles.
Este ambiente de cordialidad se heló al llegara Exsham, donde mistress Olivera les dispensó un frío recibimiento. Hizo caso omiso de Poirot, dirigiéndose exclusivamente a su anfitrión y a mister Selby.
Este último acompañó al detective a su habitación.
La casa era muy bonita, no demasiado grande, pero amueblada según el estilo que Poirot observó en Londres. Todo era bueno, aunque sencillo. El servicio, admirable. La cocina, inglesa, no europea..., los manjares y los vinos encantaron al detective. Un consomé perfecto, lenguado a la parrilla, costillas de cordero con guisantes y fresas con nata.
Poirot estaba tan a gusto entre tantas atenciones, que apenas reparó en la frialdad de mistress Olivera ni en los bruscos modales de su hija, Jane. Por lo visto, le demostraba su hostilidad. Al final de la comida Poirot preguntóse el porqué.
—¿Helen no cena con nosotros esta noche? —preguntó Blunt, tras observar a los comensales con curiosidad.
Los labios de mistress Olivera se unieron hasta formar una delgada línea.
—La pobre Helen se ha cansado demasiado en el jardín. Le he dicho que sería mejor que no se vistiera para la cena y se acostara. En seguida me obedeció.
—¡Ah, ya! —Blunt pareció extrañado—. Creí que los fines de semana serían una distracción para ella.
—¡Helen es tan sencilla! Le gusta acostarse temprano —dijo mistress Olivera.
Cuando Poirot se reunió con las señoras en la sala, Blunt se había retirado a conversar con su secretario y Jane Olivera decía:
—A tío Alistair no le gusta que te portes tan fríamente con Helen Montresor, mamá.
—¡Qué tontería! —dijo mistress Olivera con energía—. Alistair es demasiado bueno con los parientes pobres... Es muy amable al dejarla disfrutar de balde de la casita, pero de eso a pensar que ha de participar en todas las reuniones... ¡Es absurdo! Solo es prima segunda. ¡No creo que Alistair tenga obligaciones con ella!
—Es orgullosa a su manera —dijo Jane—, y trabaja mucho en el jardín.
—Eso demuestra todo un carácter —dijo mistress Olivera—. Los escoceses son muy inde-pendientes y se los respeta por ello.
Se arrellanó cómodamente en el sofá, y sin advertir la presencia de Poirot añadió:
—Tráeme la revista Lov Dawn. Trae un artículo de Lois van Schuyler.