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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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Capítulo VII

Thirteen fourteen, maids are courting[7]

1

—Mister Reilly, ¿es usted?

El joven irlandés sobresaltóse al oír que le llamaban. Volvióse. A su lado, ante el mostrador de la Compañía Naviera, hallábase un hombrecillo de grandes bigotes y cabeza ovoidal.

—Tal vez no me recuerde.

—No se hace justicia, mister Poirot. Usted no es un hombre que se olvide fácilmente.

Y se volvió para dirigirse al encargado que aguardaba tras el mostrador.

—¿Se va de vacaciones al extranjero? —volvió a preguntar el detective.

—No voy de vacaciones. Y usted, mister Poirot, ¿vuelve a su país?

—Algunas veces paso cortas temporadas en mi patria..., Bélgica.

—Yo voy más lejos —dijo Reilly—. A América. Y no creo que regrese.

—Lo siento, mister Reilly. ¿Así que abandona su clínica de la calle Reina Carlota?

—Si dice que es ella quien me está abandonando a mí, estará más acertado.

—¿De veras? Es muy lamentable.

—No me preocupa. Cuando pienso en las deudas que dejaré sin pagar, me siento feliz. No seré yo quien se preocupe por cuestiones monetarias. Yo digo: «Abandona tus deudas y empieza de nuevo.»

—El otro día vi a miss Morley—prosiguió Poirot.

—¿Y fue un placer para usted? Yo diría que no. Nunca vi una mujer con un rostro más amargado. A menudo pensé que debía gustarle la bebida..., pero eso es lo que nunca se sabrá.

Poirot quiso saber:

—¿Está de acuerdo con el veredicto del juez sobre la muerte de su socio?

—No —repuso Reilly con énfasis.

—¿Cree usted que cometió un error al poner la inyección?

—Si Morley inyectó a ese griego la cantidad que dicen, o estaba bebido o quiso matarle. Y yo nunca vi que Morley bebiese.

—¿Así que cree que lo hizo a propósito?

—No quiero decir eso. Es una acusación muy grave. Hablando con sinceridad, no lo creo.

—Debe de haber alguna explicación.

—Sí, debe de haberla, pero todavía no he pensado cuál puede ser.

—¿Cuándo vio usted por última vez a mister Morley? —inquirió el detective.

—Veamos. Hace tiempo que me hago esa pregunta. Debió de ser la noche antes..., sobre las siete menos cuarto.

—¿No le vio el día del asesinato?

Reilly negó con la cabeza.

—¿Está usted seguro? —insistió Poirot.

—¡Oh!, no me atrevo a asegurarlo, pero no recuerdo...

—¿No recuerda, por ejemplo, si subió a su clínica hacia las once y treinta y cinco, cuando estaba atendiendo a un paciente?

—Sí. Tiene razón. Fui a hacerle una pregunta profesional acerca de un instrumental que había encargado. Estuve sólo unos instantes, por eso no me acordaba. Él estaba con un paciente.

Poirot asintió y dijo:

—Quisiera hacerle otra pregunta. Su paciente, mister Raikes, se marchó sin pasar consulta. ¿Qué hizo durante esa media hora de descanso?

—Lo que hago siempre que tengo un respiro. Me preparo algo de beber. Como ya le he di-cho, hablé por el teléfono interior y subí a ver a Morley.

—También creo que no tuvo ningún paciente de doce y media a una, o sea, después de mister Barnes. Por cierto, ¿a qué hora se marchó?

—¡Ah!, después de las doce y media.

—¿Y qué hizo usted entonces?

—Lo mismo que antes. Fui a beber algo.

—¿Y volvió a subir a ver a Morley?

—¿Quiere insinuar que subí para matarle? —Reilly sonrió—. Hace tiempo le dije que no fui yo. Pero, claro, solo tiene mi palabra de honor.

—¿Qué opina de Agnes, la doncella? —le preguntó Poirot.

—Es una pregunta muy curiosa.

—Pero me agradaría que contestase.

—Contestaré. No opino nada. Georgina vigila estrechamente a sus doncellas... y hace muy bien. La muchacha no me miró ni una vez..., con lo cual demostraba bastante mal gusto.

—Tengo el presentimiento —dijo el detective— de que esa chica sabe algo.

Ante la mirada inquisitiva de Poirot, Reilly sonrió, moviendo la cabeza.

—No me pregunte... No sé nada. No puedo ayudarle.

Y tras recoger los billetes que estaban sobre el mostrador, saludó sonriente y se fue.

Poirot explicó al desilusionado empleado que aún no estaba decidido a emprender el crucero por el Norte.

2

Poirot volvió de nuevo a Hampstead. Mistress Adams sorprendióse un tanto al verle. Aunque estaba respaldado, por decirlo así, por el primer inspector de Scotland Yard, siempre le consideró un «curioso hombrecillo extranjero», sin tomar muy en serio sus pretensiones. Sin embargo, se dispuso gustosa a contestar sus preguntas.

Después del sensacional anuncio de la identidad de la víctima, los detalles del proceso ape-nas tuvieron publicidad. Había sido un caso de equivocada personalidad. El cuerpo de mistress Chapman fue tomado por el de miss Sainsbury Seale. Esto era todo lo que había trascendido al público. Habíase silenciado el hecho de que probablemente la última persona que viera con vida a la infortunada miss Chapman fuese miss Sainsbury Seale y que la Policía pudiera reclamarla por asesinato.

Miss Adams mostróse muy aliviada al saber que el cadáver descubierto no era el de su amiga. Y no pareció darse cuenta de que podían caer las sospechas sobre Mabelle Sainsbury Seale.

—¡Es tan extraordinario que haya desaparecido así! Estoy segura, mister Poirot, de que ha debido de perder la memoria.

Poirot dijo que no sería el primer caso.

—Sí. Recuerdo a una amiga de mis primos. Tenía muchas preocupaciones y le pasó eso mismo. Creo que le llaman amnesia.

Hércules Poirot le preguntó si había oído hablar a la pobre miss Seale de mistress Chapman.

No, mistress Adams no recordaba que su amiga la mencionara. Aunque, claro, no tenía por qué hablarle de todas sus amistades. ¿Quién era esa señora? ¿Es que la Policía tenía alguna idea de quién pudo haberla matado?

—Todavía es un misterio, madame.

Poirot movió la cabeza y luego le preguntó si fue ella quien recomendó a miss Sainsbury Seale al dentista Morley

Mistress Adams dijo que no. A ella la atendía mister Frenen, de la calle Harley; y si Mabelle le hubiera pedido que le recomendase alguno, le habría indicado este.

—¿Quizá mistress Chapton? Mistress Adams dijo que bien pudo ser. ¿No lo sabían en casa del dentista?

Mas Poirot ya había interrogado a miss Nevill sobre esta cuestión, y miss Gladys no lo sabía o lo había olvidado. Recordaba a mistress Chapman, pero no que hubiera nombrado a miss Sainsbury Seale; el nombre era poco corriente y lo recordaría de habérselo oído.

Poirot siguió su interrogatorio.

Mistress Adams había conocido a miss Sainsbury Seale en la India.

—¿Sabe si miss Sainsbury Seale conoció allí a mister o mistress Blunt?

—¡Oh!, creo que no, mister Poirot. ¿El gran banquero? Estuvieron varios años en casa del virrey, pero estoy segura de que si Mabelle los hubiese conocido me lo habría dicho. Me temo —agregó con ligera sonrisa— que uno siempre alardea de conocer a los grandes personajes. En el fondo somos así.

—¿Ni los mencionó siquiera?

—Nunca.

—Si hubiese sido amiga íntima de mistress Blunt, ¿usted lo habría sabido?

—¡Oh, sí! No creo que conociese a nadie así. Las amistades de Mabelle son todas gente sencilla..., como nosotros.

—¡Por Dios, no diga eso! —dijo Poirot, galante.

Mistress Adams siguió hablando de Mabelle Sainsbury Seale como de una amiga que acabara de fallecer, recordando todas sus buenas obras, su amabilidad, su incansable labor en pro de las misiones, su celo, su buena fe.

Hércules Poirot escuchaba. Como bien dijo Japp, Mabelle Sainsbury Seale era un ser real. Había vivido en Calcuta, dando clases de declamación y trabajando entre los nativos. Fue respetable, bienintencionada, aunque un poco tonta y bulliciosa, pero solo lo corriente en una mujer con un corazón de oro.

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