La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Bueno, la hermana Verna y yo hemos estado hablando sobre lo que ocurrirá después de que cruces el valle. Richard, sé lo que quieres hacer, pero no queda tiempo. La verdad es que nunca lo has tenido. Mañana es ya el solsticio de invierno. No lo conseguirás.
— El hecho de que no sepas cómo hacer algo no significa que no pueda hacerse.
— No entiendo.
Richard les sonrió a ambos.
— Ya lo entenderás dentro de unas horas.
Warren desvió la vista hacia el valle mientras se rascaba la nariz.
— Bueno, si tú lo dices…
La hermana Verna guardó silencio. Richard todavía no se había acostumbrado a que no discutiera con él cada vez que se negaba a dar una explicación meridiana. Tal vez la Hermana se contenía.
— Warren, acerca de la profecía, la que habla de la puerta y el solsticio de invierno. ¿Estás seguro de que se refiere a este solsticio? —Warren asintió—. Y si existiera un agente con una caja del Destino abierta y el hueso de skrin, ¿son los únicos elementos necesarios para abrir la puerta y romper el velo?
Una ráfaga de cálida brisa desordenó el cabello del joven aprendiz de mago.
— Sí… pero tú mismo me dijiste que Rahl el Oscuro está muerto. No hay ningún agente. —Era más una pregunta preocupada que una afirmación.
— ¿Tiene ese agente que estar vivo? —preguntó la hermana Verna.
Warren apoyó el peso del cuerpo en la otra pierna.
— Bueno, en principio no, supongo. Podría serlo si hubiera logrado regresar a este mundo, aunque no me imagino cómo podría ser eso posible. Pero, sí, en ese caso sí.
Richard soltó un suspiro de frustración.
— ¿Y ese espíritu agente podría hacer las mismas cosas que un agente de carne y hueso?
— Bueno, sí y no —repuso Warren, ahora con recelo—. Se necesitaría otro elemento. Un espíritu no puede satisfacer los requisitos físicos necesarios para cumplir todas las cláusulas. Necesitaría un ayudante.
— ¿Quieres decir que el espíritu no podría realizar algunos de los pasos necesarios, por lo que necesitaría la ayuda de alguien de carne y hueso?
— Sí. Si tuviera un ayudante, un espíritu podría ser el agente. Pero ¿cómo podría haber regresado a este mundo? No veo cómo podría eso ser posible.
— Será mejor que se lo cuentes —dijo la hermana Verna, desviando la mirada.
Richard se levantó la camisa y mostró a Warren la cicatriz.
— Rahl el Oscuro me quemó con su mano cuando yo, sin querer, lo hice regresar a este mundo. Me dijo que había venido para romper el velo.
Warren abrió mucho los ojos, lanzó una rápida mirada de inquietud a la Hermana y luego a Richard.
— Si Rahl el Oscuro es un agente, como dices, y tiene a alguien que lo ayude, solamente un elemento nos separa de la destrucción: el hueso de skrin. Tenemos que descubrir si lo tiene o no.
Richard volvió a cubrirse con la capa del mriswith.
— Hermana Verna, ¿puedes ayudarme?
— ¿Qué quieres que haga?
— La primera vez que me dijiste cómo debía tratar de tocar mi han, me concentré en una imagen mental de mi espada. Pero esa vez, la primera, me la imaginé sobre un fondo. Era algo que recordaba del Libro de las Sombras Contadas; un libro de magia del que ya te he hablado.
»Cuando traté de tocar mi han visualizando la Espada de la Verdad sobre ese fondo, ocurrió algo. De pronto me encontré en D’Hara, en el Palacio del Pueblo, donde están las cajas. Vi a Rahl el Oscuro allí. Él también me vio y me habló. Me dijo que me estaba esperando.
La Hermana alzó las cejas.
— ¿Te ha vuelto a ocurrir?
— No. me asusté tanto que nunca más he vuelto a imaginarme ese fondo. Pero creo que, si ahora lo intentara, tal vez podría ver qué ocurre allí.
Verna cruzó las manos al frente.
— Nunca había oído nada igual, pero tal vez está relacionado con la Magia del Destino. No sería la primera vez que haces algo que me asombra. Podría ser real o nada más que un temor, como una pesadilla.
— Tengo que intentarlo. ¿Me ayudarás? Temo no poder regresar.
— Pues claro, Richard. —Verna se sentó en el suelo y levantó una mano—. Ven. No te dejaré solo.
Richard se envolvió con la capa del mriswith mientras se sentaba y cruzaba las piernas.
— Esta capa oculta mi han. Quizá servirá para evitar que Rahl el Oscuro me vea esta vez.
Richard cogió las manos de la hermana Verna y se relajó, imaginándose la Espada de la Verdad sobre el cuadrado negro con el borde blanco, como la primera vez. Al concentrarse, buscando su paz interior, algo empezó a ocurrir.
La espada, el cuadrado negro y el borde blanco empezaron a titilar, como si las viera a través de oleadas de calor. La espada fue perdiendo solidez hasta hacerse transparente, y luego desapareció. El fondo se disolvió. Nuevamente Richard se halló en el Jardín de la Vida, en el Palacio del Pueblo.
El joven escrutó la vaporosa imagen. Donde la vez anterior viera cuerpos quemados, sobre muretes, matorrales y tirados por la hierba, ahora vio huesos blancos. Se encontraban en la misma posición en que los recordaba, con la única excepción que ahora eran en su mayoría esqueletos.
Entonces vio la blanca y reluciente figura de Rahl el Oscuro, pero esta vez no estaba delante del altar de piedra, ante las tres cajas del Destino, sino cerca de un círculo que contenía arena blanca. En la visión anterior esa arena no estaba allí.
Había una mujer arrodillada a los pies de Rahl, inclinada sobre el círculo de arena. Vestía una larga falda marrón y blusa blanca. Con su fuerza de voluntad Richard se aproximó. La mujer dibujaba líneas en la reluciente arena de hechicero. Richard reconoció algunos de los símbolos que dibujaba; eran los mismos que Rahl el Oscuro había trazado antes de abrir la caja.
El joven vio cómo la mujer movía una mano lenta y cuidadosamente, dibujando las líneas de hechizos. Le faltaba el meñique de la mano derecha.
En el corazón del círculo, posado sobre la arena de hechicero, había un objeto. Richard se acercó más. Estaba totalmente tallado con bestias, justo como la Prelada había descrito.
Richard sintió deseos de gritar de rabia.
Justo en ese momento Rahl el Oscuro alzó el rostro y lo miró directamente a los ojos. Lentamente sus labios esbozaron una sonrisa.
Richard ignoraba si Rahl el Oscuro podía verlo, pero no esperó a averiguarlo. Haciendo un esfuerzo desesperado, borró de su mente la imagen de la espada y el fondo blanco y negro, como quien cierra una puerta de golpe.
A continuación se obligó a abrir los ojos. Respiraba agitadamente.
La hermana Verna también abrió los ojos.
— ¿Richard, estás bien? Has tardado una hora en regresar. Notaba que lo estabas intentando y he tratado de ayudarte. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué has visto?
— ¿Una hora? —Richard todavía pugnaba por recuperar el aliento—. Vi a Rahl el Oscuro y el hueso de skrin. Había una mujer con él ayudándolo a dibujar hechizos en la arena de hechicero.
— Tal vez no era más que la visión de tus miedos —sugirió Warren—. Tal vez no era real.
— Es posible que Warren tenga razón —intervino la hermana Verna. A continuación se mordió el labio inferior, pensativa—. ¿Qué aspecto tenía la mujer?
— Pelo castaño ondulado hasta los hombros y más o menos tu estatura. Estaba inclinada hacia adelante, dibujando, por lo que no le pude ver los ojos. —Richard se apretó la frente con los dedos mientras pensaba—. La mano. Le faltaba el dedo meñique de la mano derecha.
Warren gruñó y la hermana Verna cerró los ojos.
— ¿Qué? ¿Qué pasa?
— Era la hermana Odette —respondió Verna.