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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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—En el reino de los sueños sólo se habla un idioma, el de la verdad —musitó Tisana—. No tengas miedo, embarcamos juntos.

Valentine cerró los ojos.

Altas cumbres, sí, justo por debajo del límite de las nieves perpetuas. En los despeñaderos soplaba un viento fresco, pero Valentine no tenía frío, aunque sus pies descalzos pisaban un suelo reseco y pedregoso. Ante él había un sendero, un camino que descendía de un modo escarpado, cubierto por amplias losas grises que conducían a un valle cubierto de niebla. Valentine inició el descenso sin vacilación. Sabía que esas imágenes todavía no eran las de su sueño, que sólo se trataba del preludio, que sólo había iniciado el viaje nocturno y que aún se encontraba en el umbral del sueño. Pero al bajar encontró otras figuras que efectuaban el ascenso, otras figuras que le eran familiares por haberlas visto en noches recientes. Allí estaba el Pontífice Tyeveras, de apergaminada piel y arrugado rostro, subiendo penosamente, con débiles y temblorosos movimientos; lord Valentine, la Corona, que trepaba con resueltas y confiadas zancadas; el difunto lord Voriax, que flotaba serenamente justo sobre los escalones; el gran príncipe guerrero, lord Stiamot, surgido de una época de ocho mil años de antigüedad, que blandía un poderoso bastón en cuya punta remolineaban furiosas tormentas, y… ¿no era aquél el Pontífice Arioc, que seis mil años antes había abandonado el Laberinto para proclamarse mujer y convertirse en la Dama de la Isla del Sueño? ¿Y no eran aquéllos el gran gobernante lord Confalume y el igualmente grande lord Prestimion que le había sucedido, protagonistas de los dos gobiernos que permitieron a Majipur llegar a la cima del poderío y de la riqueza? Y a continuación subían Zalzan Kavol con el mago Deliamber en su espalda; Carabella, desnuda y morena, corriendo con inagotable vigor; Vinorkis, jadeante y saliéndosele los ojos; Sleet, haciendo malabares con bolas de fuego mientras ascendía; Shanamir y un lii que vendía humeantes salchichas; la gentil Dama de la Isla con sus dulces ojos; otra vez el anciano Pontífice; la Corona; un grupo de músicos y veinte yorts que llevaban al Rey de los Sueños, el terrible Simonan Barjazid, en una litera dorada… La niebla se había hecho más espesa, el ambiente más húmedo, y Valentine notó que respiraba a ráfagas, cortas y penosas, como si en vez de bajar de las alturas hubiera estado ascendiendo constantemente, avanzando con feroz esfuerzo sobre la línea de árboles aguja, hacia el escudo de granito de las elevadas montañas, descalzo sobre abrasadoras sogas de nieve, envuelto en grisáceos mantos de nubes que le impedían ver Majipur.

En el cielo se escuchó una música noble, austera: pavorosos coros de instrumentos de viento metálicos interpretaban solemnes y tétricas melodías dignas de la ceremonia de toma de posesión de la Corona. Y en realidad, alguien estaba vistiendo a Valentine: varios sumisos siervos le pusieron la capa ceremonial y la corona del estallido estelar, pero él hizo un gesto con la cabeza y la entregó a su hermano, el amenazador hombre del sable, y cogió la elegante vestidura, la desgarró y distribuyó los trozos entre los pobres. Estos usaron las tiras para vendarse los pies, y por todas las provincias de Majipur corrió la voz de que él había abdicado, renunciando al poder, y de nuevo se encontró en los escalones, bajando por la senda de la montaña en busca del nebuloso valle que se hallaba en el inalcanzable más allá.

«¿Pero por qué desciendes?», le preguntó Carabella, cerrándole el paso. Y Valentine no tenía respuesta a esa pregunta, de forma que cuando el menudo Deliamber señaló hacia arriba, él se encogió de hombros e inició pacientemente un nuevo ascenso. Vio campos de brillante color rojo con flores azuladas, y un lugar cubierto de hierba dorada con soberbios cedros de color verde. Valentine se dio cuenta de que no estaba en la vulgar montaña que había subido, bajado y subido de nuevo, sino en el mismo Monte del Castillo, que se proyectaba cincuenta kilómetros hacia el cielo. Comprendió que su meta era la turbadora estructura siempre en crecimiento que ocupaba la cima, el lugar donde moraba la Corona, la fortaleza denominada Castillo de Lord Valentine pero que no hacía mucho fue el Castillo de Lord Voriax, y años antes de Lord Malibor, y que en definitiva había ostentado los nombres de todos los poderosos príncipes que habían gobernado desde el Monte del Castillo. Todos los predecesores de lord Valentine dejaron su huella en el constante crecimiento del castillo y le dieron su nombre mientras vivieron en él, y la tradición se remontaba a lord Stiamot, el conquistador de los metamorfos, que fue el primero en habitar en el Monte del Castillo y el hombre que colocó el modesto letrero de «prohibida la entrada» del que había brotado el resto de la construcción. Reconquistaré el castillo, se dijo Valentine, y fijaré mi residencia en él.

Pero… ¿qué ocurría? ¡Miles de trabajadores estaban desmantelando el enorme edificio! La obra de demolición se hallaba muy avanzada, había alcanzado las alas externas. Los botareles y arcos construidos por lord Voriax, la soberbia sala de trofeos de lord Malibor, la gran biblioteca inaugurada por Tyeveras en sus tiempos de Corona y muchos otros salones eran ahora simples ladrillos pulcramente apilados en las laderas del monte. Y los obreros seguían progresando, hacia partes más antiguas, hacia la casa jardín de lord Confalume, la armería de lord Dekkeret y el archivo subterráneo de lord Prestimion, deshaciendo estos lugares ladrillo a ladrillo como langostas que arrasan los campos en el tiempo de la siega. «¡Esperad!», gritó Valentine. «¡Esto es innecesario! ¡He vuelto, llevaré de nuevo la capa y la corona!» Pero la obra destructora prosiguió, y el castillo parecía arena sometida al oleaje. Una tenue voz dijo: «Es tarde, es tarde, es demasiado tarde.» La atalaya de lord Arioc desapareció, igual que el observatorio de lord Kinniken con todos los aparatos para observar estrellas, igual que los parapetos de lord Thimin. El mismo Monte del Castillo empezó a temblar y oscilar, puesto que la destrucción de la fortaleza había roto su equilibrio. Los obreros corrían frenéticamente con ladrillos en las manos, en busca de lugares planos donde amontonarlos. Se había hecho la noche, una noche terrible y eterna, y ominosas estrellas que contenían el frío del espacio en lo alto del Monte del Castillo empezaron a fallar, el aire caliente fluyó hacia la luna y hubo sollozos en las profundidades del planeta. Valentine se encontró entre las escenas de destrucción y creciente caos, con los dedos estirados hacia las tinieblas.

Lo siguiente que vio Valentine fue que la luz matutina caía sobre sus ojos, y parpadeó y se incorporó, confuso, sin saber en qué posada estaba o qué había hecho la noche anterior, ya que se encontraba desnudo en una densa alfombra de lana, en una cálida y extraña habitación, y una anciana hacía algo, preparar té, tal vez…

Sí. Era Tisana, la intérprete de sueños, y Valentine estaba en Falkynkip, en la Calle de los Aguadores…

Su desnudez le inquietó. Se levantó y se vistió rápidamente.

—Bebe esto —dijo Tisana—. Prepararé el desayuno, puesto que por fin has despertado.

Valentine observó dubitativamente la taza que Tisana le dio.

—Té —dijo ella—. Simplemente té. El momento de soñar pasó hace mucho rato.

Valentine sorbió la bebida mientras Tisana se afanaba en la reducida cocina. Tenía el ánimo entumecido, como si estuviera embriagado de insensibilidad y hubiera llegado el momento de pagar la cuenta. Y sabía que había tenido extraños sueños, toda la noche repleta de sueños, pero no obstante su alma no experimentaba el malestar que le había sobrecogido al despertar en recientes mañanas. Sólo había ese entumecimiento, una calma curiosa, concentrada, casi un vacío. ¿Por qué motivo había visitado a una intérprete de sueños? Valentine comprendía tan pocas cosas… Era como un niño perdido en el vasto y complejo mundo.

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