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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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A últimas horas de mañana terminaron de cargar el vagón y fueron a comer a la posada. Valentine se sorprendió al ver que el yort de las patillas pintarrajeadas de color naranja, Vinorkis, llegaba y tomaba asiento junto a Zalzan Kavol. El skandar golpeó la mesa para pedir atención.

—¡Os presento a nuestro nuevo representante! —bramó Zalzan Kavol—. ¡Se llama Vinorkis y me ayudará a obtener contratos, velar por nuestras propiedades y resolver todos los quehaceres que ahora me agobian!

—¡Oh, no! —murmuró Carabella en voz baja—. ¿Ha contratado a un yort? ¿A ese tan extraño que ha estado mirándonos desde hace una semana?

Vinorkis les ofreció una desagradable sonrisa yort, que dejó al descubierto las triples fajas de elástico cartílago que le servían para masticar, y observó a todos con ojos saltones.

—¡Así que iba en serio lo de unirse a nosotros! —dijo Valentine—. Pensé que era una broma, por lo que dijo de hacer malabares con cifras.

—Todo el mundo sabe que los yorts jamás bromean —dijo gravemente Vinorkis, y prorrumpió en sonoras carcajadas.

—¿Y qué pasará con su negocio de pieles de haigus?

—Vendí todas las existencias en el mercado —replicó el yort—. Y pensé en ustedes, gente que no sabe dónde estará mañana, y que no se preocupan por ello. Eso me causó admiración. Me causó envidia. Me pregunté, ¿vas a seguir vendiendo pieles de haigus toda tu vida, Vinorkis, o prefieres intentar otra cosa? ¿Una vida viajera, quizá? Por eso ofrecí mis servicios a Zalzan Kavol cuando me enteré por casualidad de que necesitaba un ayudante. ¡Y aquí estoy!

—Y aquí está —dijo agriamente Carabella—. ¡Bienvenido!

Después de una abundante comida, se prepararon para partir. Shanamir sacó del establo el cuarteto de monturas de Zalzan Kavol, condujo los animales hasta el vagón y les habló en tonos suaves y tranquilizadores mientras los skandars los enganchaban. Zalzan Kavol cogió las riendas. Su hermano Heitrag se sentó a su lado, con Autifon Deliamber apretado junto a los anteriores. Shanamir, montado en una cabalgadura, se quedó fuera. Valentine trepó al confortable y elegante cuarto de pasajeros en compañía de Carabella, Vinorkis, Sleet y los otros cuatro skandars. Tuvieron que cambiar la posición de brazos y piernas para que todos cupieran cómodamente.

—¡Arre! —gritó bruscamente Zalzan Kavol, y empezó la marcha.

Salieron por la Puerta de Falkynkip y se dirigieron hacia el este por la gran carretera utilizada por Valentine para entrar en Pidruid el Día Lunar de hacía tan sólo una semana.

El calor veraniego resultaba agobiante en la llanura costera, y el ambiente era brumoso y húmedo. Las espectaculares flores de las palmeras flamígeras habían empezado a marchitarse y decaer, y la carretera estaba llena de pétalos caídos, como una nevada escarlata. El vagón disponía de varias ventanas, delgadas y duras hojas de piel de la mejor calidad, cuidadosamente encajadas, perfectamente transparentes. En medio de un extraño, solemne silencio, Valentine vio que menguaba y desaparecía la gran ciudad de once millones de almas, Pidruid, en la que él había actuado ante la Corona, en la que había saboreado raros vinos y picantes comidas, en la que había gozado una noche de fiesta en los brazos de la morena Carabella.

La carretera se extendía ante él y ¿quién sabía los viajes que le aguardaban, las aventuras que correría?

Valentine no tenía plan alguno, estaba abierto a todos los planes. Experimentaba el ardiente deseo de volver a hacer juegos malabares, de aprender nuevos ejercicios, de completar el aprendizaje y participar en complicados números junto a Sleet y Carabella, e incluso actuar con los mismos skandars. Sleet le había hecho una advertencia: sólo un maestro del malabarismo podía arriesgarse a actuar con skandars, puesto que el doble par de brazos de éstos les proporcionaba una ventaja que ningún humano podía esperar igualar. Pero Valentine había visto a Sleet y a Carabella en un ejercicio conjunto con los skandars, y quizá con el tiempo lograría hacer lo mismo. ¡Elevada ambición!, pensó Valentine. ¡Llegar a ser un maestro digno de hacer malabares junto con Zalzan Kavol y sus hermanos era el colmo!

—De repente tienes un aspecto muy feliz, Valentine —dijo Carabella.

—¿Es cierto?

—Igual que el sol. Radiante. Brota luz de tu cara.

—El pelo rubio —dijo afablemente Valentine—. El pelo rubio crea esa impresión.

—No, no. Una sonrisa repentina que… Valentine apretó la mano de Carabella.

—Estaba pensando en lo que nos espera. Una vida libre y saludable. Errar en zigzag por Zimroel, hacer un alto para actuar, aprender nuevos ejercicios. ¡Quiero ser el mejor malabarista humano de Majipur!

—Tienes buenas posibilidades —dijo Sleet—. Tu destreza natural es enorme. Sólo necesitas aprender.

—Para eso cuento contigo y con Carabella.

—Y mientras tú pensabas en malabarismo, Valentine —dijo en voz baja Carabella—, yo estaba pensando en ti.

—Y yo en ti —susurró Valentine, azorado—. Pero tenía vergüenza de decirlo en voz alta.

El vagón ya había llegado al tortuoso camino del crestón que ascendía hacia la gran meseta interior. El vehículo avanzó con lentitud. En algunos puntos las curvas de la ruta eran tan cerradas que el vagón apenas lograba efectuar los virajes, pero Zalzan Kavol era tan hábil conduciendo como haciendo juegos malabares, y el vehículo pasó sin problemas las arduas sinuosidades. No tardaron en alcanzar el punto superior de la cresta. La distante Pidruid parecía un mapa de sí misma, una vista sin relieve, escorzada, abrazada a la costa. El ambiente que encontró allí arriba el vagón no era más seco pero apenas más fresco, y a últimas horas de la tarde se inflamó de un modo atroz, produciendo un desecante calor del que nadie se liberó antes del ocaso.

Esa noche se detuvieron en un polvoriento pueblo de la meseta atravesado por el camino de Falkynkip. Valentine tuvo un nuevo sueño perturbador mientras reposaba en un irritante colchón relleno de paja: una vez más se encontró entre los Poderes de Majipur. En una vasta sala cuyo suelo de piedra producía constantes ecos, el Pontífice ocupaba su trono en un extremo y la Corona se hallaba en otro, y en el techo había un terrorífico ojo luminoso, un sol de pequeño tamaño, que despedía una cruel luz blanca. Valentine llevaba cierto mensaje de la Dama de la Isla, pero no sabía si debía darlo al Pontífice o a la Corona, y ambos poderes retrocedían hasta el infinito en cuanto Valentine intentaba acercarse a uno de ellos. Durante toda la noche recorrió de un lado a otro el frío y resbaladizo suelo, con las manos extendidas en señal de súplica bien hacia un Poder, bien hacia el otro, y ni una sola vez logró aproximarse un poco.

Valentine soñó de nuevo con el Pontífice y la Corona durante la noche siguiente, en un pueblo de las afueras de Falkynkip. Fue un sueño borroso, y Valentine sólo conservó el recuerdo, en forma de impresiones, de temibles personajes reales, enormes y pomposas asambleas y frustradas comunicaciones. Despertó con una sensación de profunda y penosa tristeza. Era indudable que estaba recibiendo sueños de gran importancia, pero él estaba incapacitado para interpretarlos.

—Los Poderes te obsesionan y no te dejarán descansar —le dijo Carabella por la mañana—. Pareces atado a ellos por irrompibles cuerdas. No es natural que sueñes con tanta frecuencia en seres tan poderosos. Creo que no hay duda, son envíos.

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