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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:

Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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—¡Cogedlo! —gritó a sus hermanos—. ¡Que no se escape!

Erfon Kavol y Gibor Haern se levantaron pesadamente y formaron un tosco muro para impedir la huida del vroon. El menudo ser, atrapado, dominado por el pánico, se detuvo, dio media vuelta y se lanzó hacia las rodillas de Valentine.

—¡Señor! —murmuró el vroon, fuertemente agarrado a Valentine—. ¡Protegedme! ¡Ese skandar está loco y me matará de rabia!

—Que no se mueva, Valentine —dijo Zalzan Kavol. El skandar se acercó. Valentine ocultó detrás de él al acobardado vroon frente a Zalzan Kavol.

—Domina tu malhumor, por favor. Si matas a este vroon jamás saldremos de Pidruid.

—No pretendo matar —retumbó la voz de Zalzan Kavol—. No tengo ningún deseo de pasarme la vida recibiendo envíos repulsivos.

—Él no pretende matar —dijo trémulamente el vroon—, sólo quiere arrojarme contra una pared con toda su fuerza.

—¿Por qué esta riña? —dijo Valentine—. Tal vez yo pueda hacer de mediador.

Zalzan Kavol le miró amenazadoramente.

—Esta disputa no te incumbe. Apártate, Valentine.

—Mejor que no lo haga, hasta que se calme tu furia.

Los ojos de Zalzan Kavol llamearon. Avanzó hasta quedar a menos de un metro de Valentine, y éste percibió el olor, agudizado por la cólera, del revuelto pelo del skandar. Zalzan Kavol seguía ardiendo de ira. Es posible, pensó Valentine, que nos arroje a los dos contra la pared. Erfon Kavol y Gibor Haern observaban sin intervenir: quizás era la primera vez que veían a alguien retando a su hermano. Hubo silencio durante interminables instantes. Las manos de Zalzan Kavol se retorcieron de un modo convulsivo, pero él se quedó donde estaba.

—Este vroon es el mago Autifon Deliamber —dijo por fin—, al que contraté para que me guiara por las rutas del interior y para que me protegiera de las supercherías de los cambiaspectos. Toda esta semana ha gozado de la fiesta en Pidruid a costa de mí. Ahora es el momento de partir y me dice que busque otro guía, que él ha perdido interés en viajar de pueblo en pueblo. ¿Opinas que así se respetan los contratos, mago?

—Soy viejo y estoy cansado —contestó el vroon—, y mi magia decae, y a veces creo que empiezo a olvidar la ruta. Pero si lo deseas, a pesar de todo, te acompañaré como estaba previsto, Zalzan Kavol.

El skandar estaba asombrado.

—¿Qué?

—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente Autifon Deliamber mientras deshacía su temerosa presa de las piernas de Valentine y se ponía a la vista de todos. El vroon enrolló y abrió sus numerosos miembros, elásticos y sin huesos, como si los descargara de una terrible tensión, y miró resueltamente al enorme skandar—. Respetaré mi contrato —prometió.

—Durante hora y media has jurado que te quedarías en Pidruid —dijo Zalzan Kavol, perplejo—. Te has desentendido de mis ruegos e incluso de mis amenazas, me has puesto tan furioso que estaba dispuesto a convertirte en gelatina, con penoso daño tanto para mí como para ti, pues los hechiceros muertos son de poca utilidad y el Rey de los Sueños me habría torturado horriblemente por un acto así. Y tú has seguido con tu testarudez, te has negado a cumplir el contrato y me has dicho que buscara un guía en otro lugar. ¿Y ahora, de repente, te retractas de todo eso?

—Así es.

—¿Tendrías la amabilidad de explicarme por qué?

—Ninguna razón concreta —dijo el vroon—, como no sea que este joven me place, que admiro su valentía, su amabilidad y la cordialidad de su alma, y porque si él va contigo yo seguiré contigo, por él y por nada más. ¿Satisface eso tu curiosidad, Zalzan Kavol?

El skandar refunfuñó, balbuceó en el colmo de la exasperación e hizo feroces gestos con las manos externas, como si intentara soltarlas de una maraña de enredaderas cazapájaros. Por un momento pareció que iba a estallar en otro arrebato de irrefrenable ira, que sólo estaba dominándose gracias a un supremo esfuerzo.

—Fuera de mi vista, mago —dijo por fin—, antes de que te lance contra una pared de todas formas. Y que el Divino guarde tu vida si esta tarde no estás aquí para partir con nosotros.

—La segunda hora después del mediodía —dijo Autifon Deliamber en cortés tono—. Seré puntual, Zalzan Kavol. —Y dirigiéndose a Valentine, añadió—: Le doy las gracias por protegerme. Estoy en deuda con usted, y le pagaré antes de lo que piensa.

El vroon se alejó rápidamente.

—Ponerte entre los dos ha sido una tontería, Valentine —dijo Zalzan Kavol al cabo de unos instantes—. Pude haber sido violento.

—Lo sé.

—¿Y si yo os hubiera herido a los dos?

—Creí que contendrías tu ira. Así ha sido, ¿no?

Zalzan Kavol ofreció a Valentine el sombrío gesto equivalente en un skandar a una sonrisa.

—Contuve mi ira, cierto, pero sólo porque me asombró tu insolencia, sólo porque me detuvo la sorpresa. Un momento más… o si Deliamber hubiera insistido en contrariarme…

—Pero él se avino a respetar el contrato —observó Valentine.

—Sí, es cierto. Y supongo que yo también estoy en deuda contigo. Buscar otro guía habría significado un retraso de varios días. Te lo agradezco, Valentine —dijo Zalzan Kavol con torpe gracia.

—¿Realmente existe una deuda entre ambos? El recelo hizo que el skandar se pusiera repentinamente tenso.

—¿Qué pretendes?

—Necesito que me concedas un favor insignificante. Puesto que te he hecho un servicio, ¿no puedo pedir algo a cambio?

—Sigue. —La voz de Zalzan Kavol reflejó frialdad. Valentine respiró profundamente.

—El chico, Shanamir, es de Falkynkip. Tiene un recado urgente que hacer allí antes de emprender el viaje. Un asunto de honor familiar.

—En ese caso, que vaya a Falkynkip y que nos busque después.

—Teme no poder encontrarnos si se separa de nosotros.

—¿Qué estás pidiéndome, Valentine?

—Que dispongas nuestra ruta de manera que pasemos a pocas horas de camino del hogar del chico.

Zalzan Kavol miró maliciosamente a Valentine.

—Mi guía me dice que el contrato no tiene valor —se lamentó—. Un malabarista novato me impide tomar medidas, y por último se me pide que planee el recorrido en provecho del honor familiar de un mozo de cuadra. Un día cada vez más agotador, Valentine.

—Si no tienes compromisos urgentes en otro lugar —dijo Valentine con optimismo—, Falkynkip sólo está a dos o tres días de camino hacia el nordeste. Y el chico…

—¡Ya basta! —gritó Zalzan Kavol—. Iremos por la ruta de Falkynkip. Y después se acabaron los favores. Y ahora, vete. ¡Erfon! ¡Haern! ¿Está listo el vagón para partir?

11

El vagón de la compañía de Zalzan Kavol era tan espléndido por dentro como por fuera. El suelo estaba formado por oscuros y relucientes tablones de madera de flor nocturna, pulidos hasta lograr un brillante acabado y clavados con gran habilidad. En la parte trasera, la destinada a los pasajeros, graciosas ristras de semillas y espigas secas pendían del arqueado techo, y las paredes estaban cubiertas de pieles con dibujos en forma de remolino, intrincadas tallas incrustadas y banderas de finísimo tejido. Allí había sitio para cinco o seis personas del tamaño de un skandar, si bien no con excesiva holgura. El centro del vagón se reservaba para guardar pertenencias, baúles, fardos y material de malabarismo, todos los accesorios de la compañía, y en la parte delantera, sobre un saliente, sobre una plataforma al aire libre, estaba el asiento del conductor, suficiente para dos skandars o tres humanos.

Pese a su enormidad y majestuosidad, pese a que era un vehículo digno de un duque o incluso de la Corona, el vagón era completamente grácil, tan ligero que flotaba sobre una columna vertical de aire caliente generada por los rotores magnéticos que giraban en la panza. Los rotores seguirían girando mientras Majipur girara sobre su eje, y cuando los rotores funcionaban, el vagón se levantaba aproximadamente medio metro por encima del suelo, de modo que un tronco de monturas adecuadamente enjaezadas no tenían dificultades para arrastrarlo.

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