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Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]

Электронная книга - «Un guijarro en el cielo [Pebble in the Sky - es]». Краткое содержание книги:

Joseph Schwartz paseaba ensimismado por las calles de Chicago. Levantó un pie en el siglo XX y se encontró con que lo había plantado en el año 827 de la Era Galáctica. Todavía estaba en la Tierra, pero en una época en que la Humanidad había colonizado la Galaxia y en la que los terrestres eran considerados parias condenados a la superficie de un mundo radiactivo. Joseph descubre los planes de los extremistas que amenazan la supervivencia de todo el Imperio Galáctico, y sólo él puede prevenir el desastre.
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—Pero Pola… La causa de la ciencia…

—¡Oh, paparruchas! ¿Qué me importa a mí la causa de la ciencia? ¿Qué crees que opinará la Hermandad cuando se entere de que has estado haciendo experimentos sin su autorización? ;Crees que a ellos les interesa lo más mínimo la causa de la ciencia? Si no quieres pensar en Schwartz, piensa al menos en ti mismo. Cuanto más tiempo esté retenido aquí, más aumentan las probabilidades de que te descubran. Envía a Schwartz a su casa mañana por la noche tal y como pensabas hacer en un principio. ¿Me has oído, papá? Ahora bajaré para ver si Schwartz necesita algo antes de almorzar.

Pero Pola regresó antes de que hubieran transcurrido cinco minutos. Tenía el semblante cubierto de sudor y tan blanco como la tiza.

—¡Papá, se ha ido!

—¿Quién se ha ido? —preguntó Shekt dando un respingo.

—¡Schwartz! —gritó Pola al borde de las lágrimas—. Oh papá… Se te debió de olvidar cerrar la puerta con llave cuando saliste de su habitación.

—¿Cuánto hace que se ha ido? —preguntó Shekt.

Se puso en pie y tuvo que apoyar una mano sobre la mesa para no tambalearse.

—No lo sé, pero no puede haber pasado mucho tiempo… ¿Cuándo estuviste allí por última vez?

—No hace ni un cuarto de hora… Cuando entraste llevaba como mucho un par de minutos aquí.

—Bien —exclamó Pola con súbita decisión—. Quizá esté vagando por los alrededores, así que iré a echar un vistazo. Tú te quedarás aquí. Si alguien le detiene no deben relacionarle contigo. ¿Me has entendido?

Shekt estaba tan aturdido que sólo consiguió asentir en silencio.

Cambiar el encierro de su habitación en el hospital por los grandes espacios de la ciudad no había hecho que Joseph Schwartz se sintiera más animado. No se había engañado a sí mismo diciéndose que contaba con un plan de acción, pues Schwartz sabía muy bien que se estaba limitando a improvisar a cada momento.

Si había algún impulso irracional que guiara sus pasos (y que se diferenciase del simple deseo ciego de cambiar la inactividad por una actividad de cualquier tipo), éste era la esperanza de que el tropiezo casual con alguna faceta de la existencia pudiera devolverle la memoria perdida. Schwartz había llegado a estar totalmente convencido de que padecía amnesia.

Pero el primer vistazo a la ciudad resultó bastante descorazonador. La tarde ya estaba avanzada, y Chica tenía un aspecto blanco lechoso bajo la luz del sol. Los edificios parecían construidos de porcelana, como aquella casita en el campo que había encontrado antes.

Un instinto profundamente arraigado en su interior le decía que las ciudades debían ser marrones y rojas, y que debían estar mucho más sucias. Schwartz estaba seguro de ello.

Empezó a caminar sin apresurarse. Algo le hacía sospechar que no sería objeto de una búsqueda organizada. Lo sabía sin comprender cómo había llegado a saberlo, y lo cierto era que durante los últimos días Schwartz se había ido volviendo cada vez más sensible a la «atmósfera», a la «sensación» de las cosas que le rodeaban. Eso formaba parte del enigma en que se había convertido su mente desde que…, desde que…

El pensamiento se disipó antes de que hubiera podido llegar a formarse.

Y estaba claro que en el hospital reinaba una atmósfera de clandestinidad que le había parecido estaba impregnada de temor, así que no armarían ningún escándalo para perseguirle. Schwartz lo sabía, sí, ¿pero por qué tenía que saberlo? ¿Sería posible que aquella extraña y nueva actividad de su mente tuviera alguna relación con lo que ocurría en los casos de amnesia?

Cruzó otra calle. Los vehículos con ruedas eran relativamente escasos. Los peatones eran…, bueno, eran peatones. Sus prendas resultaban un poco cómicas: no tenían costuras ni botones y tendían a lo multicolor. Pero a las suyas les ocurría lo mismo, claro. Schwartz se preguntó dónde estaría la ropa que llevaba puesta antes, y enseguida se preguntó si alguna vez habría llegado a tener ropas como las que recordaba. Cuando empiezas a dudar de tu memoria resulta muy difícil sentirse seguro de algo.

Pero Schwartz se acordaba con gran claridad de su esposa y de sus hijos. No podían ser creaciones de su imaginación. Se quedó inmóvil al borde de la acera e intentó recuperar la calma que había perdido tan de repente. Quizá su esposa y sus hijos no eran más que versiones deformadas de personas reales a las que debía encontrar en aquella vida de apariencia tan absurda.

La gente tropezaba con él al ir y venir por la calle, y algunas personas murmuraban frases hostiles. Schwartz reanudó la marcha, y de repente se le ocurrió que tenía apetito o que lo tendría muy pronto, y que carecía de dinero.

Miró a su alrededor. No había nada parecido a un restaurante a la vista. Bueno, ¿y cómo lo sabía? No era capaz de leer los carteles, ¿verdad?

Empezó a estudiar el interior de todos los establecimientos ante los que pasaba, y acabó encontrando uno que consistía en un salón con mesitas aisladas. En una de ellas había sentados dos hombres, y en otra había un hombre solo; y los tres estaban comiendo.

Por lo menos aquello no había cambiado. Cuando comían los seres humanos aún masticaban y tragaban.

Entró y se quedó inmóvil unos momentos contemplando el local con expresión sorprendida. No había barra, nadie cocinaba y no se veían rastros de que hubiese una cocina. Schwartz había pensado en ofrecerse a lavar los platos sucios a cambio de que le dieran de comer, ¿pero a quién podía dirigirse para ofrecer sus servicios como lavaplatos?

Se acercó recelosamente a los dos comensales.

—¡Comida! —articuló con dificultad mientras señalaba con el dedo—. ¿Dónde? Por favor…

Los dos hombres le miraron con cierta perplejidad. Uno de ellos habló muy deprisa diciendo algo incomprensible, y golpeó con la .palma de la mano una estructura de pequeñas dimensiones instalada en el extremo de la mesa que se unía a la pared. El otro le imitó con más impaciencia.

Schwartz bajó la mirada. Se dio la vuelta disponiéndose a marcharse, y de repente sintió una mano sobre su manga…

Granz se había fijado en Schwartz cuándo éste sólo era un rostro regordete y preocupado pegado al escaparate que espiaba el interior.

—¿Qué querrá ese tipo? —había preguntado.

Messter, que estaba sentado al otro lado de la mesita dando la espalda a la calle, giró la cabeza, le miró, se encogió de hombros y no dijo nada.

—Está entrando —comentó Granz.

—¿Y qué? —replicó Messter.

—Nada. Era hablar por hablar…

Pero un momento después el recién llegado se acercó a ellos después de haber contemplado con expresión aturdida cuanto les rodeaba, y señaló el guiso de carne.

—¡Comida! ¿Dónde? Por favor… —dijo con acento extraño.

—La comida está aquí, compañero —replicó Granz levantando la vista—. Acerque una silla a la mesa que prefiera y utilice el afimentómata…, ¡el alimentómata! ¿No sabe lo que es? Fíjate en ese pobre idiota, Messter. Me mira como si no entendiera ni una sola palabra de lo que le estoy diciendo… Eh, compañero… Sí, esta cosa de aquí. Mire, eche una moneda dentro y déjeme comer en paz, ¿de acuerdo?

—No le hagas caso —gruñó Messter—. No es más que un mendigo que pide limosna.

—¡Eh, espere! —exclamó Granz, y cogió a Schwartz por la manga cuando éste se volvía para irse—. Dejemos que coma —le dijo a Messter en voz baja—. Probablemente no le falta mucho para llegar a los sesenta, así que lo menos que puedo hacer es echarle una mano—. Eh, amigo, ¿tiene dinero? Gran Galaxia, parece que sigue sin entenderme… ¡Dinero, amigo, dinero! Esto… —Sacó de su bolsillo una reluciente moneda de medio crédito y la hizo girar entre sus dedos para que reflejase la luz—. ¿Tiene algo? —insistió.

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