Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
No parecía, en realidad, una piedra, se dijo. Cuando intentó moverla, la gravilla que la apresaba por debajo cedió fácilmente. Y sólo cuando la giró ligeramente se dio cuenta con horror de lo que era.
Aquella cosa cayó de sus dedos inermes, chocó contra las piedras con estrépito y quedó colocada de tal modo que las cuencas vacías de los ojos la miraban fijamente y los dientecitos blancos parecían sonreírle.
Era el cráneo de un niño.
– ¿Estás seguro? -preguntó Bishop.
– Tanto como puedo estarlo -contestó Quentin-. Sólo me lo contó porque estaba muy asustada y con la guardia baja. Sabe dios si volverá a hablarme de ello. Lo único que sé es como me sonó.
– ¿Y te estaba tocando la mano? ¿Cuándo dijo que estaba sola en la terraza, contigo y con Missy?
– Sí. Dijo que había destellos de luz, como los de una sirena, y que era entonces cuando nos veía. Dijo también algo acerca de que yo sólo aparecía porque ella me estaba tocando, porque en parte me retenía allí. En el… ¿cómo lo llamó?… en el tiempo gris, creo que dijo, estaba completamente sola. No veía ha nadie, ni siquiera a mí. Ni a Missy.
– ¿Percibiste algo paranormal?
– No vi nada, ni sentí nada. -Quentin se recostó contra el cabecero de su cama, con el teléfono móvil pegado al oído-. Pero noté que algo le pasaba. Estaba pálida, con la mirada fija y los ojos dilatados, y tenía la mano helada. Pero la tormenta estaba a punto de estallar, y tú y yo sabemos que las tormentas suelen alterar mis sentidos. O me bloqueo, o me distraigo.
– Está claro que a Diana las tormentas no la bloquean.
– No. En todo caso, yo diría que la afectan mucho, pero en sentido contrario. ¿No le pasa lo mismo a Hollis? -preguntó Quentin, refiriéndose a la única médium de la unidad.
– Sí. Es mucho más propensa a captar la energía espiritual, y su sentido de arácnido también se intensifica. Dice que es como si todas sus terminaciones nerviosas estuvieran en carne viva y al descubierto.
– Eso no debe de ser divertido -comentó Quentin.
– Todavía está aprendiendo a controlar todas sus capacidades, así que no, no es divertido. Y para Diana debe de ser aterrador.
– Ni que lo digas. Está claro que es una médium, y muy poderosa. Seguramente fue así como pudo dibujar ese retrato de Missy. No tiene ni idea de cómo ordenar sus impresiones psíquicas, así que para ella es todo un auténtico lío. Lo que siente, lo que piensa, lo que percibe. Demonios, seguramente hasta lo que sueña. Un estado de confusión permanente. Y todos esos años de médicos, fármacos y terapias sólo han servido para empeorar las cosas.
Bishop se quedó callado un momento. Luego dijo lentamente:
– Quentin, ¿eres consciente de que prácticamente todas las personas con facultades extrasensoriales con unos antecedentes y un estado similares a los de Diana nunca aprenden a incorporar sus facultades a su vida corriente y a desenvolverse con normalidad?
– Los que hemos conocido hasta ahora, sí. Pero ella es fuerte, Bishop. Realmente fuerte. Si consigo ganarme su confianza, sé que podré ayudarla.
– Es sólo que no quiero que… te lleves una desilusión… si no lo consigues. Por mucho talento que tengan, algunas personas están más allá del alcance de nuestros medios para ayudarlas.
– Diana no.
Bishop aceptó la determinación de Quentin y dijo:
– Está bien. Entonces, a juzgar por lo que nos has dicho, seguramente lo más importante es que la mantengas anclada en el suelo. Literalmente.
– ¿A qué te refieres?
– Te dijo que os vio a Missy y a ti al mismo tiempo en la terraza porque te estaba tocando, porque te retenía en parte allí. ¿No?
– Sí. Pero ella no puede entender cómo funcionan sus facultades, después de que todos esos médicos se hayan pasado la vida convenciéndola de que está simplemente chiflada.
– Estoy seguro de que es cierto… a nivel consciente. Pero nosotros sabemos que nuestras facultades van acompañadas de instintos, y es probable que una parte de ella, por profundamente enterrada que esté, comprenda cómo funciona su don. Si de veras había bajado la guardia cuando te contó eso, entonces es muy posible que te dijera toda la verdad. Pudo verte cuando esa puerta extrasensorial estaba abierta porque te estaba tocando. Tú la anclabas, en un sentido literal, a nuestro lado de la puerta. Eso podría explicar también los destellos intermitentes; porque tú la anclabas, no pudo penetrar completamente en el otro lado.
Quentin digirió aquello. Después preguntó lentamente:
– Entonces, ¿necesita un anclaje? ¿Un salvavidas?
Miranda, que estaba en el despacho de Bishop, escuchando la conversación por el altavoz del teléfono, intervino para decir:
– La mayoría de los médiums que hemos encontrado no lo necesitan. Son capaces de ejercer control suficiente para… retirarse, en cierto sentido, cuando abren esa puerta. De mirar a través de ella sin cruzarla. De mantenerse a salvo en su lado. Pero una médium como Diana, sin adiestrar y a merced de su propio don, muy bien podría ser incapaz de hacerlo. Sin una amarra.
– Entonces, ¿qué puede ocurrir? En el peor de los casos, si cruzara psíquicamente, si traspasara la puerta que ella misma abre sin una amarra de su lado, ¿qué ocurriría?
– Lo que hacen los médiums -contestó Bishop-, los expone por completo a la energía espiritual, y sabemos que gran parte de esa energía es negativa. Ira, dolor, pérdida, arrepentimiento, odio… Incluso una médium poderosa con buen control sobre sus facultades es vulnerable ante esas energías destructivas. Una médium con facultades potentes pero sin control alguno sobre ellas podría fácilmente verse arrastrada por esa otra dimensión sobre la que teorizamos pero cuya existencia no podemos demostrar.
– Es un milagro que a Diana no le haya pasado ya -dijo Quentin.
– ¿Cómo sabes que no le ha pasado?
Aquello sorprendió a Quentin.
– ¿Podría ser?
– Desde luego. Sobre todo, si tiene antecedentes de pérdida de conciencia. A juzgar por lo que te dijo, conocía ese tiempo gris entre los destellos de luz hasta el punto de ser capaz de darle un nombre. Lo que significa que le ha ocurrido otras veces, seguramente muchas a lo largo de los años.
Quentin se reprendió para sus adentros por no haberse dado cuenta antes.
– ¿Sin un anclaje?
– Puede que su instinto baste para traerla de nuevo a nuestro lado de la puerta. Averigua si ha tenido pérdidas de conciencia. Si es así, y si han aumentado en intensidad o en duración con los años, entonces Diana podría estar alcanzando un punto en su desarrollo extrasensorial en que se haga necesario un amarre para su propia segundad. Al menos, hasta que aprenda a controlar mejor sus facultades.
Quentin cruzó con la mirada su bonita habitación, sin verla.
– Y sin un amarre, ¿una de esas visitas a ese tiempo gris podría ser… permanente? ¿Diana podría no volver?
– Es posible, Quentin. No lo sabemos a ciencia cierta. Hemos conocido a personas tan destrozadas que estaban en estado catatónico, fuera del alcance de cualquiera. A los que pudimos leerles el pensamiento eran como… como una pizarra en blanco. Vacía. ¿Eran cascarones físicos de médiums que quedaron atrapados psíquicamente en el otro lado? No lo sabemos. ¿Podría sufrir Diana ese destino? No lo sabemos.
Quentin respiró hondo y exhaló despacio.
– Hoy estás siendo un gran consuelo.
– Lo siento.
Él suspiró.
– Vosotros sabíais que Diana estaría aquí. Pero ¿no lo preparasteis todo para que estuviera?
– No -contestó Bishop-. Su médico ya la había apuntado al taller de pintura que iba a celebrarse esta primavera. Lo único que hicimos fue poner a Beau como instructor.