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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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Alec dio unos pasos, caminando alrededor de ella.

– ¿Qué quieres de mí? -le preguntó, atravesándola con la mirada.

– Tú has sido quien me ha traído aquí.

– ¿Quieres mi dinero?

– Nunca he querido tu dinero. Por si no lo recuerdas, hice todo lo posible para que no lo gastaras.

– Yo pensaba que era parte del plan -dijo, volviendo sobre sus pasos.

– ¿El plan?

– El plan que habías urdido para convencerme de que eras diferente, para que bajara la guardia contigo -añadió él, sin dejar de andar de un lado a otro.

– ¿Y alguna vez se te ha ocurrido pensar que a lo mejor sí que era diferente?

– Cada segundo de los que pasamos juntos.

– ¿Y bien? -le preguntó Charlotte, que no entendía nada.

El se detuvo de repente.

– No puedes quererme, Charlotte.

Un escalofrío recorrió la espalda de ella.

– No es posible. No tiene sentido -añadió con una expresión sincera en el rostro.

– ¿Y por qué no?

– Porque soy egoísta, desconfiado… Tengo un carácter difícil y llevo toda la vida viviendo del legado de mi familia.

Charlotte no podía creer lo que estaba oyendo.

– Te acusé de sabotear los preservativos… Y, al mismo tiempo, lo decía de verdad -dijo, en un tono de desesperación-. Si no es por mi dinero… Sin mi dinero… ¿Qué hay que sea digno de querer? -le preguntó como si aquella pregunta se le hubiera desgarrado del alma.

Charlotte se quedó perpleja.

– Te quiero a ti. Alec. A ti.

El sacudió la cabeza.

– Y no quiero tu dinero -añadió.

– Lo sé -admitió él.

– Entonces no hay otra explicación posible, ¿no te parece?

– Podría haber una -dijo él.

Ella dio unos pasos adelante.

– Explícamela.

A menos de un metro de distancia de él, Charlotte se detuvo al ver la tensa expresión de su rostro, congelada por la mortecina luz de la bodega.

– Dame una razón lógica, o si no dime que me quieres -dijo Charlotte.

El la miró fijamente y una chispa brilló en las profundidades de sus oscuros ojos.

– ¿Sólo tengo esas opciones?

– Sí.

– ¿No puedo pedirte que te cases conmigo?

Charlotte sintió cómo le quitaban un peso enorme del pecho.

– Sólo si me dices que me quieres primero -le dijo ella, intentando contener las lágrimas.

– Te quiero primero -Alec fue hacia ella-. Te he querido desde que te vi sobre esa pista de baile en Roma.

– Pero yo no te quería entonces -admitió ella, haciéndolo reír.

– Pero ahora sí.

– Y antes también, desde que llegue aquí-Charlotte le dio un golpecito en el hombro-. ¿Por qué no me prestabas atención?

– ¡Ay! -Alec se frotó el brazo, fingiendo que le había hecho daño-. Eres tan mala como tu hermano.

Ella le miró a los ojos.

– ¿Dónde te golpeó?

Alec le señaló la mandíbula.

Ella se puso de puntillas, le dio un beso en la barbilla y otro en el hombro, donde acababa de golpearle.

– Sí que te prestaba atención -dijo Alec-. Pero lo único que tenía claro era que quería estar contigo, que te quería más que a ninguna otra mujer de mi vida. Sin embargo, tenía miedo de que no fuera real -hizo una pausa-. Y me llevó algo de tiempo admitir la verdad.

– Es real -susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos.

Alec puso la mano sobre su vientre.

– Nuestro bebé… -le dijo-. Va a tener unos padres que lo quieren y que lo cuidarán y lo protegerán.

Llena de esperanza y felicidad, Charlotte sonrió. Su hijo tendría los mejores padres, pero también tendría a Jack, a Cece, a Theo, a Raine… ¡Raine!

– Raine fue buscar la limusina. Se preguntará por qué…

– No te preocupes por ella -dijo Alec, poniendo los brazos alrededor de su cintura-. Kiefer va a invitarla a cenar esta noche.

– Qué bien -dijo Charlotte.

– Tiene una cajita con un solitario impresionante.

– ¿En serio? -preguntó Charlotte, alegrándose por su amiga.

– Es un buen hombre.

Charlotte asintió con la cabeza.

– ¿Y qué pasa contigo? -añadió Alec.

– ¿Qué pasa conmigo? -repitió ella.

– ¿Qué tienes pensado hacer esta noche?

Ella fingió considerarlo un momento.

– Bueno, resulta que tengo una reserva de avión.

– Eso está cancelado -le dijo él, agarrándola con más fuerza aún.

– Entonces, supongo que estoy libre.

– ¿Te gustaría cenar conmigo?

Ella sonrió y le dio un beso rápido.

– Me encantaría.

– Tengo una caja fuerte en el dormitorio.

– Bueno, creí haberle dejado claro que el soborno no era necesario conmigo -dijo ella, bromeando.

– Creo que podemos buscar un anillo de compromiso. La caja está llena de joyas y reliquias de la familia. Si no recuerdo mal, mi abuela… ¿Charlotte?

Esa vez ella no pudo contener las lágrimas.

– ¿Lo decías en serio?

– ¿Lo de casarnos? Por supuesto que sí. Enseguida. Ahora mismo. Siempre y cuando obtengamos la licencia. Tú llevas un hijo mío, Charlotte. Mi heredero. Y no voy a dejarte cambiar de opinión.

– No voy a cambiar de opinión -afirmó con sinceridad.

Estar en sus brazos era justo lo que quería hacer durante el resto de su vida.

***

En un rincón del jardín Montcalm, a la sombra de los cipreses, Charlotte y Alec, acompañados de Kiefer y Raine, hicieron sus votos matrimoniales.

Charlotte llevaba un inmaculado vestido blanco con escote palabra de honor hecho del más fino satén, con adornos de encaje por todo el corpiño y un bonito lazo a un lado de la cadera.

Jack y Cece hicieron de testigos y, aparte de Theo, que se entretenía jugando en la hierba, ellos fueron los únicos invitados a la boda doble.

Alec le puso una milenaria alianza de oro macizo encima del solitario talla princesa que una vez había llevado su abuela y, mientras los proclamaban marido y mujer, la estrechó entre sus brazos y le dio un beso intenso y auténtico.

Y entonces Kiefer besó a Raine y Jack descorchó una botella de champán.

– Espero que a partir de ahora tengamos un descuento en el alquiler de Chateau Montcalm -dijo, bromeando.

– ¿Descuento? -preguntó Alec, levantando las cejas.

– No vas a cobrarles lo mismo a tu familia -dijo Jack, levantando su copa para proponer un brindis.

– Claro -dijo Kiefer.

– Por las novias -propuso Jack, mirando a su hermana con toda la ternura con que la había mirado veinte años antes-. Por las novias más hermosas.

– Por las novias -coreó el resto del grupo.

– No te vamos a cobrar por usar la casa -dijo Alec.

Jack estuvo a punto de atragantarse con el champán.

– Era una broma -le dijo, tosiendo, mientras Cece le daba golpecitos en la espalda. Charlotte miró a Alec con asombro.

– Pero los daños…

El se encogió de hombros.

– Nosotros…

De repente se oyó un gran estruendo y los invitados se protegieron instintivamente. Algo emitió un ruido indefinido y entonces se oyeron gritos lejanos.

La comitiva nupcial echó a correr hacia el camino y en ese momento aparecieron Isabella, Ridley y otros tres miembros del equipo de rodaje. Acababan de salir de la casita de la piscina.

Con gran esfuerzo, un cámara bajó de un viejo roble centenario y entonces el árbol crujió una segunda vez, cayendo paulatinamente y precipitándose sobre la casita de la piscina hasta aplastarla por completo.

Agitando los brazos, David gritó algo ininteligible y echó a correr hacia el cámara, pero en ese momento tropezó con un cable y cayó de cabeza en la piscina.

– ¡Vaya! -dijo Alec, bebiendo un pequeño sorbo de champán y agarrando a su esposa de la cintura.

– Eso no se ve todos los días -dijo Kiefer.

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