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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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Finalmente cayeron exhaustos sobre la cama, pero él continuó abrazándola con fervor, en el umbral del sueño al despuntar el alba, anhelando cosas que sabía que nunca podrían hacerse realidad.

Charlotte se despertó sola. Era tarde y el set de rodaje era un maremágnum de actividad. Las máquinas estaban en plena ebullición, la gente gritaba de un lado a otro y el grasiento olor a fritura proveniente del camión del catering inundaba su habitación.

De repente sintió náuseas.

Salió corriendo hacia el cuarto de baño y vomitó algo. Una fría capa de sudor le cubría la frente y las extremidades le pesaban demasiado. Definitivamente, tenía que empezar a dormir más.

Descansó un momento con la frente apoyada sobre los gélidos azulejos, se echó agua en la cara y se cepilló los dientes.

Tenía hambre, mucha hambre.

Agarró el albornoz que estaba detrás de la puerta y entonces se detuvo bruscamente.

Tenía demasiada hambre y llevaba cuatro mañanas sintiendo náuseas nada más levantarse. Hizo unos rápidos cálculos mentales y se sentó en el borde de la bañera.

No.

No podía ser.

Habían usado protección y las probabilidades eran más que escasas. Sin embargo…

Charlotte hizo un gesto de dolor y escondió el rostro bajo las palmas de las manos. Llevaba cinco días de retraso, y acababa de vomitar al oler el beicon.

Tenía que conseguir un test de embarazo.

Positivo.

Charlotte miró las líneas rojas paralelas que acababan de aparecer sobre la banda de plástico.

Estaba embarazada. Iba a tener un hijo de Alec Montcalm; un hijo que él rechazaría y que la desgraciaría para siempre a los ojos de su abuelo, el embajador. Seguro que Alec se enfadaba muchísimo.

¿Y qué pensarían los Hudson? Se darían cuenta de que había mantenido un romance bajo sus mismísimas narices y entonces perdería toda esperanza de ganarse el respeto de su hermano. Y de Lillian. Su abuela pertenecía a otro tiempo, a otra época. Ella apenas la conocía y, sin embargo, ésa sería casi la primera cosa que sabría sobre su nieta. Un escándalo más después de la inesperada y recién estrenada paternidad de Jack.

Charlotte se enjugó las lágrimas.

Estaba embarazada.

Tenía que ser fuerte.

Había…

Se miró el vientre y deslizó la mano con suavidad sobre la superficie, todavía plana. Había un bebé en su interior, un bebé que necesitaría todo el amor, el cariño y la protección del mundo, sin importar las circunstancias de su nacimiento.

Una niña pequeña, como la que ella había sido en una ocasión. O quizá un niño, como Jack, que contaba con ella, que la necesitaba.

Poco a poco Charlotte irguió los hombros y entonces supo lo que tenía que hacer.

Mantendría en secreto el embarazo, por lo menos hasta que terminara el rodaje. Los Hudson no tenían por qué saber lo que había ocurrido allí.

Y después dejaría el trabajo en la embajada y se marcharía muy lejos, a un lugar aislado, donde nadie la conociera, donde nada ni nadie pudiera hacerle daño a su hijo.

Al final tendría que decírselo a Alec.

Alec.

Una bola de miedo le agarrotó el estómago.

¿Cómo iba a ser capaz de volver a dormir con él? No podía hacerlo teniendo que ocultar una verdad tan grande.

Tendría que mirarle a los ojos y…

Charlotte dejó escapar un gemido de angustia.

– ¿Charlotte?

Era Raine.

Charlotte agarró la banda de plástico a toda prisa.

– Estoy… Un momento -se puso en pie.

– ¿Te encuentras bien?

– Dame…

Era demasiado tarde. La puerta del baño estaba abierta y Raine había cruzado el dormitorio hasta llegar a ella.

– Cece y yo estábamos… -Raine se detuvo en seco.

La esposa de Jack iba detrás de ella.

Charlotte sintió cómo la sangre abandonaba sus mejillas.

El paquete de cartón estaba sobre la mesa del lavabo y la banda de plástico seguía en sus manos.

Raine se la quitó de las manos y, confirmando lo que ya había visto, la estrechó entre sus brazos.

Charlotte se echó a llorar.

– No pasa nada.

– Es un desastre -murmuró Charlotte, sollozando.

Raine la agarró con firmeza de los hombros y le habló con claridad.

– No. No lo es. Los niños nunca son un desastre.

– Pero Alec no quiere complicaciones -dijo Charlotte con la voz entrecortada por el hipo-. Ni siquiera quiere tener una relación. Todo lo que quiere…

– Tú no lo conoces bien -la interrumpió Raine.

Pero ella no lo entendía. Alec era su hermano y ella lo tenía en un pedestal. El siempre la defendía y ella estaba orgullosa de ser su hermana.

Esos pensamientos hicieron brotar nuevas lágrimas y la vista se le nubló.

– Sé cómo te sientes -dijo Cece, poniéndole una mano en el hombro-. Yo me he sentido exactamente como tú te sientes ahora. Tienes miedo. Te sientes sola y tratas de recomponer tu vida.

Charlotte asintió.

– Bueno, esto es lo que vas a hacer -la acompañó a la cama, la hizo sentar en el borde y la tomó de la mano-. Se lo vas a decir a Alec inmediatamente.

Charlotte se encogió de miedo al pensar en esa conversación.

Raine dio unos pasos hacia ellas.

– Yo no me…

– No tienes elección -continuó Cece-. Tú lo sabes, y él también se merece saberlo.

Charlotte sacudió la cabeza. Era demasiado pronto.

– El no necesita…

– Cuanto más esperes, peor será. El querrá saber por qué esperaste tanto tiempo y no tendrás una buena explicación que darle.

– El no tiene por qué saber cuándo me enteré yo.

– Charlotte -dijo Cece, hablándole con paciencia-. Mírame.

Charlotte obedeció y Raine se sentó al otro lado de ella.

– Yo esperé dos años. Primero esperé una semana. Y después esperé dos más. Y después me fui a Europa, y nadie tenía por qué saberlo. Y después volví con un niño de dos años de edad. Me costó mucho explicárselo a su padre.

– Pero las cosas no serán así -dijo Charlotte, que sí tenía intención de decírselo a Alec.

– No será fácil -afirmó Cece-. A cada día que pase a partir de hoy, las cosas serán más difíciles.

– Podría tener razón -dijo Raine-. En cuanto salgamos por esa puerta tendremos que mentirle.

Cece asintió.

– ¿Podrás mentirle, Charlotte? -le preguntó.

Charlotte se encogió de hombros y sus ojos se aguaron de nuevo.

¿Podía mentirle a Alec? No quería hacerlo, pero tampoco quería decirle la verdad precipitadamente, porque si lo hacía, ése sería el final entre ellos.

Una semana. Un día más… O una sola noche incluso… Se conformaba con poco, pero no quería que todo terminara en ese momento.

Sin embargo, también sabía que no sería capaz de mentirle.

Cece tenía razón.

No podía engañarle.

– Tengo que serte sincero -dijo Kiefer mientras guardaban las bicicletas en el garaje de Alec-. Es peor de lo que pensaba.

Alec bebió un poco de agua y se secó el sudor de la frente.

– ¿Ya habéis vuelto a discutir?

Kiefer sacudió la cabeza. Se inclinó hacia atrás y apoyó los codos sobre una mesa de trabajo.

– No es eso -dijo.

– ¿Y entonces cuál es el problema?

– Lo de las discusiones…

– ¿Qué? -preguntó Alec, mirando el reloj. Tenía una videoconferencia con Japón en menos de una hora y tenía la esperanza de ver a Charlotte antes de irse a trabajar.

– Resulta que todo era un mero juego preliminar.

Alec guardó la botella de agua.

– En serio, Kiefer, demasiada información. Ella es mi hermana.

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