La amante del francés
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
Charlotte hizo un esfuerzo para no rozarse contra sus manos suaves, pero apenas pudo resistir aquellas caricias vigorosas y sensuales.
– La pasta estaba deliciosa.
Alec le dio un beso en la boca, buscó aquel lugar sensible entre sus piernas con las puntas de los dedos y la hizo suspirar de placer.
– ¿Vamos dentro? -le preguntó.
Ella asintió con la cabeza.
La ayudó a levantarse de la bañera, la envolvió en un grueso albornoz y la llevó en brazos a la habitación de matrimonio.
El dormitorio era enorme. La moqueta, de un color crema, era mullida y suave bajo los pies, y la cama, inmensa, estaba cubierta por un edredón en tonos pastel.
Extasiada, Charlotte miraba a su alrededor con la boca abierta.
Ocho almohadas, un banco acolchado a los pies de la cama, espejos en el techo, pinturas al óleo en las paredes, lámparas de porcelana… Todo el lujo que una chica como ella podía imaginar.
Alec la apoyó en el suelo un instante mientras retiraba la manta y descubría las impecables sábanas blancas. Echó a un lado la mayoría de las almohadas y entonces tiró del cinturón del albornoz de Charlotte.
– Maravillosa -susurró al quitarle la prenda, que se deslizó suavemente sobre los hombros de ella antes de caer al suelo, a sus pies.
Ella estiró la mano y le acarició con dulzura el pecho. Sintió su piel caliente bajo las yemas de los dedos.
El dio un paso adelante y, agarrándola de las caderas, la besó apasionadamente.
– No quiero que esta noche termine -le dijo.
– ¿Y si seguimos navegando? Por el Mediterráneo, hasta el Estrecho de Gibraltar, y nos adentramos en el Atlántico -preguntó ella.
– No me tientes.
– Probablemente enviarían a un equipo de búsqueda.
El arqueó una ceja.
– Pero me pregunto cuántas veces podríamos hacer el amor antes de que nos encontraran -añadió Charlotte.
– Bueno, eso sí que es un desafío -dijo Alec, acorralándola contra el borde la cama.
Charlotte lo hizo caer hacia delante y, por primera vez en mucho tiempo, dio rienda suelta al desenfreno que la consumía, besándolo con frenesí y deslizando las manos a lo largo de su espalda para masajear aquellos fornidos músculos.
Giró sobre sí misma y se sentó sobre él a horcajadas, y entonces ambos gimieron al sentir el contacto de sus sexos.
Era el momento. Alec la agarró de las caderas y entró en la flor de su feminidad con su potencia masculina, poderosa y grande, desencadenando así una lluvia de chispas que recorrió el cuerpo de Charlotte de la cabeza a los pies. La agarró de las manos y, arqueando la espalda, aceleró el ritmo de sus embestidas poco a poco.
Y entonces ella se dejó llevar por la cadencia hasta que por fin el mundo se esfumó en un cataclismo de color que la hizo gritar su nombre una y otra vez.
Horas más tarde, yacía el uno al lado del otro, él boca arriba y ella boca abajo. Sus cuerpos, pesados y adormilados, no parecían querer moverse nunca más.
Como a través de una nebulosa, Charlotte le vio sacar una rosa de largo tallo del florero que estaba junto a la cama.
– He cambiado de idea… -dijo él, deslizando los pétalos por la suave curva de su cuerpo hasta el trasero-. Tienes un trasero perfecto.
Ella no pudo esconder la sonrisa.
– Tú sí que sabes hacer que una chica lo pase bien.
– Lo intento.
– No tenías por qué hacer todo esto -dijo ella-. El yate, el jacuzzi, la cena… Habría vuelto a acostarme contigo de todos modos.
– ¿Quieres decir que podría haber pedido habitación en el Plaza Della Famiglia por treinta euros y que habría podido hacer contigo lo que quisiera?
Ella sonrió.
– Sí -respondió con sinceridad.
Alec miró al techo fijamente durante unos segundos y, cuando volvió a hablar, había un extraño matiz en su voz.
– Eso significa mucho para mí-hizo una pausa-. Saber que lo dices en serio.
Se apoyó en el codo y la miró intensamente.
– Pero también significa algo para mí saber que no lo hice -añadió.
Ella asintió, conmovida por su sinceridad.
– De todas las mujeres… -se detuvo durante un largo minuto, le apartó un mechón de pelo de la cara y la besó con ardor, haciéndola despertar de ese letargo de inmediato.
Mientras sus cuerpos se enredaban y bailaban al son del placer, la lluvia golpeaba incansable el cristal de la ventana, los relámpagos acuchillaban el firmamento nocturno y el yate viraba, rumbo al lugar de donde venían.
Llegaron al aeropuerto justo a tiempo para reunirse con Raine y Kiefer y subirse en el jet que los llevaría a Londres. El avión de la empresa Montcalm tenía dos áreas de descanso: una de ellas con cuatro butacones, situada en la parte anterior de la cabina, y la otra con un sofá, dos butacones y una mesa; situada en la cola.
En cuanto subieron al avión Raine se fue a sentar a la parte de atrás, en el sofá de cuero blanco. Parecía algo inquieta. Charlotte fue tras ella, preguntándose si la había ofendido quedándose fuera toda la noche. Raine y ella compartían la suite del hotel, así que ella tenía que saber muy bien que había pasado la noche con Alec.
Kiefer y él se sentaron en la segunda fila de asientos, en lados opuestos del pasillo y de cara al frente.
Mientras el capitán hablaba con Alec un camarero les ofreció bebidas. Charlotte pidió un cóctel de champán y zumo de naranja.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó a Raine al tiempo que el avión se preparaba para el despegue.
Alec y Kiefer estaban absortos en una discusión de negocios.
– Sí -Raine asintió sin siquiera mirarla a la cara.
– ¿Es por lo de la reunión? ¿Fue bien?
Raine volvió a asentir.
Los motores rugieron con estrépito y el jet ganó velocidad antes de elevarse de la pista.
Cuando el ruido remitió Charlotte se atrevió a hablar de nuevo.
– Raine, tengo que…
– Probablemente -la interrumpió Raine- te estarás preguntando por qué no aparecí anoche por el hotel -miró a los dos hombres durante una fracción de segundo-. Yo… estuve con Kiefer.
Charlotte se llevó las manos a los labios para esconder una sonrisa.
– ¿Pasaste la noche con Kiefer?
Raine asintió.
– No iba a… -se retorció las manos y aferró con fuerza su bolso de mano-. Ya sé que dije que no…
– Yo dormí con Alec -admitió Charlotte, haciendo un esfuerzo por hacer sentir mejor a su amiga.
Raine se echó hacia atrás.
– ¿En serio?
– Yo tampoco volví a la suite del hotel.
– ¿Te acostaste con Alec?
– Shhh -Charlotte comprobó que no las hubieran oído-. Sí.
– ¿Entonces ni siquiera sabías que no había dormido en la habitación?
– No tenía ni idea.
– ¿Entonces podría haberme salido con la mía?
Charlotte asintió.
– ¿Pero te acostaste con Kiefer? ¿Qué pasó?
– Después de la reunión, fuimos a cenar. Por cierto, me pregunté por qué no llamabais.
– Y yo me preguntaba por qué no nos habíais llamado.
– Fuimos a bailar-dijo Raine-. Y, bueno…
– ¿Entonces ahora sabe que le gustas?
– Ahora lo sabe.
Las dos se miraron en silencio durante un momento.
– ¿Y Alec?
– El también sabe que me gusta.
Raine asintió y esbozó una sonrisa.
De repente las dos se echaron a reír y Alec y Kiefer se dieron la vuelta.
– No pasa nada -dijo Raine.
– Cosas de chicas -añadió Charlotte.
Alec entornó los ojos y las miró de manera inquisitiva, pero Charlotte se encogió de hombros con un gesto inocente. Tenía que guardarle el secreto a Raine. Después de unos segundos, los hombres siguieron hablando.
– ¿Y ahora qué? -preguntó Raine.
Charlotte no sabía qué iba a pasar desde ese momento. La noche anterior había sido de ensueño, pero un día después, a la fría luz del día, no tenía ni idea de lo que él esperaba.