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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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– ¿Y qué pasa con vosotros? -le preguntó a Raine.

– ¿Sinceramente? Creo todo va a ser muy embarazoso a partir de ahora -respondió su amiga-. Fue genial, pero ahora tenemos que trabajar juntos -se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en el reposacabezas del asiento-. Esto no puede acabar bien.

Charlotte, que la comprendía muy bien, asintió con la cabeza. Por lo menos ella se iría de la casa en unas pocas semanas y su camino y el de Alec no tendrían por qué volver a cruzarse, pero Raine lo tenía bastante más complicado con Kiefer.

Alec se levantó del asiento y caminó por el pasillo. La expresión de su rostro era seria e impenetrable.

– Kiefer quiere hablar contigo -le dijo a su hermana.

Sin atreverse a mirar a su hermano a los ojos, Raine se levantó y avanzó por el pasillo.

Alec se quedó atrás y se sentó junto a Charlotte.

– Hola-le dijo, suavizando su rostro de inmediato.

– Hola -dijo ella, sonriendo.

– ¿Cómo te encuentras?

– Bien.

– ¿Cansada?

– Un poco.

La tomó de la mano.

– ¿Entonces qué quieres hacer en Londres?

Ella no quería hacerse ilusiones, pero no podía negar que deseaba pasar más tiempo con él.

– ¿Qué quieres hacer en Londres? -dijo, repitiendo la pregunta de él.

Sin previo aviso, Alec le puso las manos sobre las mejillas y le dio un beso en los labios.

– Kiefer -dijo Charlotte en un susurro, advirtiéndole de su presencia.

– Ya lo sabe -respondió Alec, saboreando sus labios-. Esto es lo que quiero hacer en Londres.

– ¿Durante dos días enteros?

– Sí.

– ¿Kiefer te dijo… algo? -preguntó Charlotte con cuidado.

Alec miró hacia donde estaba sentado con Raine.

– Mira.

Charlotte volvió la cabeza. Raine estaba sentada sobre el regazo de Kiefer en el enorme butacón, riendo y charlando.

– Me siento como si estuviera en el instituto.

El asintió con la cabeza.

– Pero con un transporte mejor y una tarjeta platino.

– Vas a intentar gastar dinero conmigo en Londres, ¿verdad?

– ¿Intentar? -le preguntó él, ladeando la cabeza y esbozando una sonrisa irónica-. Ya he reservado habitación en el Ritz y también un palco en el Grand Tier de Covent Garden.

Capítulo 8

Charlotte se sintió como una princesa consentida durante el resto del viaje, tanto en Londres como en París. En un momento dado dejó de discutir con Alec sobre el dinero, e incluso desistió de pagarse su propia ropa.

El podía llegar a ser muy testarudo y persuasivo.

Pero ya estaban de vuelta en la Provenza. Uno de los conductores de Alec les había llevado el Lamborghini al aeropuerto y, tras meter el equipaje en la limusina de Kiefer y Raine, habían salido a toda velocidad rumbo a la mansión Montcalm.

– Ya casi hemos llegado -dijo Alec, reduciendo marchas al ver el desvío hacia Chateau Montcalm.

Mientras se acercaban a la mansión y los álamos y robles se sucedían tras la ventanilla, Charlotte trató de ponerle palabras a sus sentimientos.

– ¿Qué? -le preguntó él al ver que ella lo observaba con insistencia.

– Lo he pasado muy bien, Alec.

El sonrió.

– Yo también.

Sus miradas se cruzaron un momento.

– Gracias -dijo ella con franqueza.

– De nada -respondió volviendo la vista hacia la carretera y aminorando la velocidad al ver acercarse el camino que conducía a la casa.

Charlotte dejó escapar un suspiro y se preparó para volver a la vorágine del rodaje. Los tráilers seguían donde los habían dejado y el césped aún estaba destrozado.

Alec detuvo el coche y fue a abrirle la puerta del pasajero. Charlotte se bajó y estiró el cuello y también la espalda, que estaban entumecidos después del largo viaje.

El lugar de rodaje estaba tranquilo. Sólo había algunos ayudantes de producción y guardias de seguridad merodeando por la zona y ordenando las cosas para el día siguiente.

Pero entonces Alec abrió la puerta principal de par en par y en un instante se desvaneció la quietud que reinaba en el jardín. Se oían murmullos risueños y música animada provenientes del salón de la casa, y la inconfundible voz de Lars proponía un brindis en honor de Isabella.

Charlotte sintió un nudo en el estómago de inmediato, pero antes de que pudiera decirle nada a Alec, éste echó a andar hacia las puertas del salón. Su rostro, serio y circunspecto, auguraba la tormenta que se les venía encima.

– ¿Señor Montcalm? -dijo Henri, interceptándolo por el camino.

– Ahora no, Henri -rugió Alec, sin detenerse. -Pero, señor…

– Ahora no -repitió, siguiendo adelante.

Charlotte se sorprendió. Era la primera vez que le oía hablarle así a uno de sus empleados.

– La señora Lillian Hudson ha llegado esta tarde.

Alec no mostró reacción alguna, pero ella sí. ¿Lillian estaba allí? ¿Su abuela se había presentado en el plato?

– Dada su enfermedad y avanzada edad… -recalcó Henri, yendo detrás de Alec-. Creí oportuno invitarla a pasar unos días en la casa.

Alec vaciló un instante.

– Tenía la certeza de que usted así lo habría querido de haberse encontrado en la casa -dijo Henri, intentando explicarse.

– ¿Está enferma? -preguntó Alec, contrayendo la mandíbula.

– Tiene cáncer -respondió Charlotte en un tono triste.

– La he alojado en la habitación Bombay. Su hijo Markus está en la habitación contigua. El resto de la familia se aloja con Jack en el hotel.

Alec respiró hondo.

– Lo siento mucho -dijo Charlotte en un susurro.

El la miró, pero guardó silencio.

– La cena de hoy es en honor de la señora Lillian, para darle la bienvenida a la Provenza -dijo el mayordomo.

Alec permaneció callado durante unos segundos y entonces asintió con la cabeza.

– Gracias, Henri.

– De nada, señor.

– ¿Me presentas a tu familia? -le dijo de pronto, tomándola de la mano.

A Charlotte se le agarrotó el estómago. A juzgar por las voces y el jolgorio, casi toda la familia Hudson, por no hablar del equipo de producción, estaba reunida en el salón de Alec. Pero ella estaba cansada y lo último que deseaba era hacerles frente en ese momento.

No obstante, no podía decirle que no. El había sido muy paciente con ellos y no podía rechazar su petición.

Charlotte asintió con la cabeza, le agarró del brazo y le condujo a través del arco que daba paso al salón de alto puntal.

Entre los presentes en la celebración estaban su abuela Lillian, su tío Markus, su padre, David, su hermano, sus primos, Devlin y Max, y también Isabella, que charlaba animadamente con Ridley Sinclair.

– Alec -lo saludó Jack con entusiasmo, extendiendo la mano-. Me alegro de que estés de vuelta.

– Gracias -respondió Alec, intentando contener la tensión que endurecía su voz. Jack se dio la vuelta.

– Este es Alec Montcalm, nuestro anfitrión. Todos lo saludaron con efusividad, pero se hicieron a un lado al ver que Lillian Hudson iba hacia él.

– Señor Montcalm -dijo la débil anciana.

Alec dio un paso adelante.

– Señora Hudson -asintió con la cabeza y tomó su mano a modo de saludo-. Es un placer conocerla por Fin.

– Soy yo quien le debe dar las gracias por su hospitalidad, en nombre de toda mi familia.

– Por favor, no es necesario -dijo Alec-. Ha sido un placer.

A juzgar por su tono de voz y actitud, ninguno de los presentes habría adivinado los dolores de cabeza que el rodaje le había dado en las últimas semanas.

Charlotte miró a su hermano y entonces se dio cuenta de que él la miraba de arriba abajo, recordándole que su atuendo no era el más apropiado para el evento. Si la puerta del jardín hubiera estado más cerca, habría podido escabullirse sin problemas, pero lo último que deseaba en ese momento era llamar la atención.

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