La amante del francés
- Автор: Данлоп Барбара
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
– Hazme un favor -le dijo a Jack justo antes de que atravesara el umbral.
Jack se detuvo en seco y, después de un momento, se dio la vuelta, dispuesto a asestarle otro puñetazo.
– Dile que me pegaste por ella.
Jack arrugó el entrecejo.
– ¿Por qué?
Alec respiró hondo.
– Porque Charlotte cree que no la quieres. Lleva veintiún años esperando a que te comportes como un hermano mayor.
Capitulo 10
Charlotte miró el montón de ropa de diseño que estaba sobre la cama y deslizó las puntas de los dedos sobre el vestido de pedrería dorada que llevaba la primera vez que había hecho el amor con Alec. Eran tantos recuerdos, tantas sonrisas, caricias…
Oyó cómo se abría la puerta del dormitorio, pero no se molestó en darse la vuelta. Sería Raine, de vuelta con una enorme maleta.
Pero no tenía importancia. Había decidido dejar allí toda la ropa.
La cama crujió y entonces se dio cuenta de que Jack estaba a su lado.
Rápidamente se secó las lágrimas y fingió una sonrisa.
– Me voy pronto -le dijo a su hermano, señalando la ropa revuelta-. Raine salió a buscar una maleta más…
Jack le puso el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí.
– Cece me lo ha dicho. Lo siento muchísimo, Charlotte.
Ella sacudió la cabeza.
– No pasa nada -dijo, respirando con dificultad-. Lo sabía… Sabía que nunca… -no pudo terminar la frase.
Se hizo un silencio profundo entre ellos.
– Yo siempre te he querido mucho -dijo Jack con la voz cargada de emociones-. Durante toda mi vida, desde que te apartaron de mí.
Charlotte se quedó inmóvil.
– Eras mi hermana pequeña y pensaba que te traerían de vuelta. Pensaba que él… -Jack trató de contener los sentimientos-. Yo pensaba que él acabaría entrando en razón. Quiero decir que… ¿Cómo podría alguien no quererte?
Charlotte se aferró a su hermano y apretó la mejilla contra su pecho cálido mientras él le acariciaba el cabello.
– Te quiero mucho, Jack.
– Y yo también, hermanita. Siempre estaré ahí cuando me necesites, para lo que sea, cuando sea. Puedes contar conmigo y también con Cece, y con Theo, que será el mejor primo del mundo.
Charlotte asintió y dejó escapar un pequeño suspiro de alivio que calmó el dolor por un instante.
– Le di un puñetazo -dijo Jack.
Charlotte se echó hacia atrás.
– Le di un puñetazo a Alec -añadió su hermano-. No iba a dejar que se saliera con la suya así como así.
– ¿Está bien?
Jack frunció el ceño.
– ¿Qué? ¿No me vas a dar las gracias?
– Oh, sí. Claro que sí. Gracias, hermanito -dijo ella, en un tono más ligero-. ¿Pero le hiciste daño?
Jack cerró los ojos un momento.
– No lo suficiente.
– ¿Qué?
– Estás enamorada de él.
Charlotte se negaba a admitirlo, pero era inútil. Jack podía verlo en sus ojos.
– Claro que estás enamorada. Si no lo estuvieras, nunca te habrías acostado con él.
– Pero sabía que sería algo temporal.
– Sin embargo, te enamoraste de él de todas formas.
Charlotte cerró los ojos.
– Sí -admitió tranquilamente.
– Yo sé cómo es eso -le dijo Jack en un tono lleno de empatia-. Cuando me di cuenta de que estaba enamorado de Cece…
– No es lo mismo.
– ¿Estás segura?
– Oh, claro que sí -dijo ella, convencida. Alec Montcalm no amaba a nadie ni a nada, excepto a su dinero.
– ¿Y qué puedo hacer yo? -le preguntó Jack.
– Puedes ser su tío.
Jack le dio otro abrazo y Charlotte por fin pudo sentir lo que había anhelado durante tantos años: el afecto de un hermano, el consuelo de un hombro sobre el que llorar…
– Sólo tienes que llamarme…
Charlotte miró a su alrededor.
– Creo que me voy ya. No necesito esta ropa. Lo que tengo que hacer es irme de aquí y empezar una nueva vida.
– California está muy bien -dijo Jack-. No tienes por qué vivir en el centro de Los Angeles para estar cerca.
Charlotte logró esbozar una sonrisa auténtica.
– Muchas gracias. Tendré que hablar con el abuelo primero, pero te prometo que me lo pensaré.
Alec arrojó la maleta sobre el asiento del pasajero del Lamborghini y subió al vehículo dando un portazo. Necesitaba irse de allí y Tokio parecía estar lo bastante lejos.
– Tenías razón -dijo Jack, reflejándose en el espejo retrovisor-. Charlotte no sabía que yo la quería -dijo, yendo hacia el lado del conductor-. Pero sólo tenías razón en eso.
Alec no entendía nada, así que esperó a que le diera una explicación.
Jack rodeó el coche, apoyó ambas manos sobre la puerta del conductor y se inclinó hacia Alec.
– Ella habría dado cualquier cosa porque fueras tú y no yo quien lo dijera.
– ¿Decir qué?
– Que la querías.
Alec se rió con escepticismo.
– Ambos sabemos lo que buscaba.
Jack arrugó la expresión.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Charlotte, igual que todas las otras mujeres con las que he salido, está enamorada de mi dinero. Y para conseguirlo, siempre están dispuestas a aguantarme.
Jack pareció estar a punto de echarse a reír.
– ¿De verdad crees eso? ¿De verdad crees que es por el dinero?
Alec guardó silencio.
– Charlotte no necesita tu dinero. Su familia tiene mucho dinero.
– Pero Charlotte no tiene nada que ver con Hudson Pictures.
– No estoy hablando de los Hudson.
Alec no tenía ni idea de lo que estaba hablando Jack.
– El dinero de verdad está del lado de los Cassettes -sacudió la cabeza como si sintiera pena por Alec-. Charlotte es la heredera de la fortuna del embajador Edmond Cassettes y, aunque no lo fuera, tiene un fideicomiso lo bastante grande como para comprar un pequeño país.
Alec sintió un nudo en el estómago.
– Dios mío, Alec. Para ella, tu dinero no es más que una suma de impuestos.
– ¿Y entonces por qué…? -dijo, mirando a Jack con ojos confusos.
Jack golpeó el capó del coche con ambas manos.
– Dímelo tú, Alec Montcalm -dijo y echó a andar.
– ¡Maldito hijo de perra! -exclamó Alec.
Charlotte llegó al final de la escalera con una pequeña maleta y un billete para Monte Allegro en la mano. La filmación en el recibidor había terminado dos semanas antes y todo había vuelto a la normalidad en la entrada de la casa.
Raine había ido a llamar al chófer de la limusina.
De repente la puerta se abrió de par en par. Alec entró en la casa y miró a ambos lados.
Se oían voces en el salón y dos empleadas del servicio charlaban en el descansillo de la escalera.
– Ven conmigo -le dijo, apretando la mandíbula y agarrándola de la mano con brusquedad antes de tirar de ella.
Sorprendida, Charlotte soltó la maleta y casi tuvo que echar a correr para poder seguirle el ritmo.
Al llegar detrás de las escaleras, Alec abrió una pesada puerta.
– ¡Alec! ¿Qué…?
Bajaron por un tramo de escalera de piedra, rodearon una esquina y llegaron a la bodega de vinos.
El se dio la vuelta y la soltó por fin.
– No lo entiendo.
Charlotte miró a su alrededor. No tenía miedo, pero sí estaba algo confundida.
– Yo tampoco. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué me has traído aquí?
– ¿Por qué te quedaste embarazada?
Charlotte se puso erguida. Esa vez estaba decidida a mantener la compostura y a no dejar que él la humillara de nuevo.
– ¿Es que eres idiota de remate?
– Deja de insultarme y dime por qué.
– Bueno, ya le lo dije. Parece que te perdiste la clase de Biología de octavo. Nos acostamos y la protección tiene un mínimo riesgo de fallo.