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Электронная книга - «La amante del francés». Краткое содержание книги:

Oh là là!
Durante sus veinticinco años de vida, Charlotte Hudson había aprendido muy bien a ser una persona seria y profesional. Sin embargo, de repente se vio envuelta en el rodaje de una película de Hollywood, atrapada en una milenaria mansión de la Provenza con Alec Montcalm, un playboy francés de dudosa reputación. Mientras sus parientes de Hudson Pictures filmaban en Château Montcalm, un verdadero romance tenía lugar bajo sábanas de seda y tras legendarias puertas de madera.
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– Como saben -dijo Lillian-, esta película es muy importante para mí.

Alec se hizo a un lado y le hizo señas a Charlotte.

– Su nieta me ha transmitido su deseo con mucha elocuencia.

Tanto Lillian como los otros miembros de la familia se volvieron hacia Charlotte.

Y ella no pudo evitar llevarse la mano a la cabeza, consciente de su apariencia desaliñada y polvorienta, después de un largo viaje.

– Hola, Lillian -la saludó.

– Me alegro mucho de verte, cariño -le dijo su abuela.

– Fue Charlotte quien me convenció -afirmó Alec.

Charlotte no tardó en darse cuenta de lo que intentaba hacer Alec, pero también advirtió la creciente incomodidad de Markus. Ese era su proyecto y no parecía acostumbrado a que otros se llevaran todos los elogios.

– Markus Hudson -dijo, dando un paso adelante con gran confianza en sí mismo-. Soy el director general de Hudson Pictures -añadió, estrechándole la mano a Alec.

Charlotte aprovechó para emprender la retirada. Lo único que deseaba en ese momento era escapar hacia la ducha y ése era el momento.

– He oído que estuviste en Londres -le dijo su hermano de repente, parándose a su lado.

Charlotte no tuvo más remedio que seguirle la conversación.

– Y también en Roma y en París.

Jack asintió, mirando a Alec de reojo.

– Raine quería ir de compras. Conoces a Raine, ¿verdad? Fue ella quien me ayudó a convencer a Alec para que os dejara filmar aquí. Debe de estar a punto de llegar -miró hacia el vestíbulo-. Viene con Kiefer, el vicepresidente de Montcalm.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Jack.

– Sí -dijo Charlotte sin más. Jack miró hacia su padre.

– ¿No vas a saludarle?

– No tengo mucha prisa -dijo ella, pensando que lo mejor era evitar el momento.

David observaba a su hermano Markus con los labios fruncidos, visiblemente molesto. Tenía una copa de Martini en sus manos.

Era un secreto a voces que los dos hermanos no se llevaban bien.

Su padre siempre había sido un director egocéntrico y narcisista, y su tío Markus tenía poca paciencia con los divos y divas de la industria del espectáculo.

– Demuéstrale que no tienes miedo -sugirió Jack de pronto.

– No tengo miedo -respondió Charlotte, mintiendo. No era sólo su padre quien la intimidaba, sino toda la familia.

Sabía que si hablaba con David volvería a ser la niña pequeña a la que nadie quería.

– Me alegra oír eso -dijo Jack, bebiendo un sorbo de su bebida-. Porque, definitivamente, no merece la pena -le dijo con desprecio.

Charlotte se limitó a asentir.

– ¿Por qué no vas a saludar a Cece? -sugirió Jack, refiriéndose a su esposa.

– Deja que me dé una ducha y enseguida estoy de vuelta. De verdad que necesito recomponerme un poco después del viaje.

– Theo es un gran chico -dijo Jack en un tono suave y tierno, mirando a su recién estrenada esposa una vez más-. Creo que voy a ser un padre estupendo -añadió. Su esposa Cece tenía un hijo, Theo, pero Jack se había enterado de su paternidad muy recientemente-. Y ese hombre… -su voz se volvió afilada de repente-. Ese hombre jamás tendrá nada que ver conmigo. Yo no soy él -dijo con resentimiento.

Charlotte sintió una repentina oleada de empatia por su hermano. Era evidente que él había logrado superar los traumas de la infancia y se alegraba mucho por él.

– Nunca me pareceré a él -insistió Jack.

Charlotte sintió envidia sana por su hermano y deseó ser tan fuerte como él.

Alec tenía razón: estaba enfadada, pero también sentía dolor y soledad. Y así, rodeada por el clan Hudson, la familia que tanto la había despreciado, no podía evitar preguntarse si alguien llegaría a amarla de verdad; si alguien la elegiría por sí misma, por lo que era como persona…

En cuanto tuvo ocasión Alec fue al encuentro de David. Era fácil ver que Markus y el padre de Charlotte no tenían una relación fraternal y amistosa pero, a juzgar por el comentario de Isabella, la visión artística y dramática de David no era fácil de encontrar en Hollywood.

Y ése era el motivo por el que él dirigía la película a pesar de las claras desavenencias entre hermanos.

– Alec Montcalm -le dijo, estrechándole la mano.

David se puso en pie.

– David Hudson.

– Me ha parecido entender que usted es el director de la película.

– ¿Eso es todo lo que le ha parecido entender? -preguntó David, mirando a su hermano Markus de reojo.

– ¿Le apetece una copa? -preguntó Alec, mirando su copa medio vacía. David bajó la vista.

– Un Glen Klavit con un cubito de hielo.

Alec llamó a uno de los miembros del servicio y señaló la copa de David.

– Yo tomaré lo mismo -le dijo al camarero.

– Un hombre que entiende de whisky-comentó David.

– El año pasado estuve en el castillo de Klavit. Es muy difícil acceder y hace mucho frío. Pero no hay un sitio mejor en todo el mundo para destilar whisky.

David asintió. El camarero les sirvió las bebidas en una bandeja de plata.

– Charlotte y yo estuvimos en Londres hace poco -comentó Alec para prolongar la conversación.

– He dado un paseo por la casita de la piscina -dijo David, como si Alec no acabara de mencionar a su hija-. Y me preguntaba si estaría dispuesto a hacer una pequeña reforma.

– Nos quedamos en el Ritz. Fuimos a ver al Royal Ballet.

David entornó los ojos, como si intentara comprender lo que Alec pretendía.

– Ya, estupendo. Hay un problema con la iluminación y necesitamos añadir una ventana en el frente. Cuando giremos el plano a la izquierda perderemos la iluminación natural, y no queremos que la intención de la película sea tan sombría. Se trata de la escena principal, cuando Lillian y Charles se juran amor eterno. He pensado en añadir unas luces posteriores, pero tampoco queremos algo demasiado edulcorado, sino realista.

– Siempre y cuando no usen explosivos, no hay ningún problema -dijo Alec.

David se echó hacia atrás con el ceño fruncido. Era evidente que no había entendido la broma.

– Es una escena de amor.

– Entiendo -dijo Alec.

– Está hacia la mitad del guión. Los conflictos de los personajes se encuentran muy bien definidos y los protagonistas son…

– Claro -le interrumpió Alec, dándole un buen trago al whisky con la esperanza de encontrar fascinantes los comentarios del padre de Charlotte. Sin duda alguna debería haber elegido algo más fuerte para beber-. Pongan la ventana.

– Estupendo-dijo David, asintiendo-. Entonces, hablaré con el personal de vestuario para lo del sombrero de Lillian.

– Desde luego -dijo Alec, sin saber muy bien de qué estaba hablando.

Charlotte no tenia nada en común con su padre, eso estaba claro.

Miró a su alrededor. Jack estaba hablando con su primo Max, pero, mirándolo bien, el hermano de Charlotte tampoco tenía mucho parecido con David Hudson.

– Necesitaremos algunos días más para el rodaje -añadió David-. Cece tiene que revisar algunas partes del guión.

– No hay ningún problema -dijo Alec.

Siempre y cuando Charlotte permaneciera en la casa, el equipo de rodaje podía quedarse todo el tiempo que quisiera.

– Buenos días -dijo Charlotte al entrar en la cocina al día siguiente.

Eran casi las diez y el ruido del rodaje ya se filtraba a través de las gruesas paredes de piedra.

Cece estaba tomando el desayuno en compañía de su hijo, Theo, cuya paternidad había sido desvelada muy recientemente por su madre.

Theo era hijo de su hermano y, por alguna razón, Charlotte no se sentía tan incómoda en su presencia.

Quizá era porque tanto él como su madre eran nuevos en el clan Hudson.

– Buenos días -contestó Cece, sonriendo.

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