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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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«¡Bienvenida, Amada de Epona!».

En aquella ocasión no pude confundirlo con el viento, porque las palabras sonaron con claridad en mi mente.

– ¡Oh! -susurré, con reverencia, y posé la otra mano también sobre la corteza-. Sabes quién soy.

– Sí.

– ¡Oh, Clint! -me acerqué más al árbol y apoyé la mejilla en la corteza-. Me conoce -dije, y tuve que parpadear para no derramar lágrimas de felicidad al escuchar de nuevo aquel saludo.

– El bosque te habla -respondió Clint, en tono de satisfacción.

Yo asentí felizmente, sin soltar el tronco del árbol.

– ¡Si saben quién soy, seguramente podrán ayudarme a volver a Partholon! -exclamé, y le envié una petición silenciosa al anciano espíritu del árbol.

– Entonces debemos continuar andando -respondió Clint, pero en su voz ya no había placer, sino una determinación grave.

Yo me quedé sorprendida al notar el eco de su pena en el árbol.

Acaricié la corteza y me separé de ella, diciéndole mentalmente al árbol que Clint no era mi marido… que no era mi marido… que no era mi marido. Me alejé lentamente del roble.

– Tienes razón, debemos continuar.

Él asintió con tirantez y se dio la vuelta, y volvió a caminar. Yo me puse a su lado, mientras escuchaba con asombro los susurros que resonaban en mi mente.

«¡Ave, Epona!».

«¡Bien Hallada, Amada!».

«¡Bendita seas!».

«¡Te damos la bienvenida, Amada de Epona!».

Me sentí llena de alegría por su aceptación y su reconocimiento, y aproveché todas las oportunidades que tuve para acariciar los troncos y las ramas de los árboles que estaban más cerca del camino. Cada vez que tocaba un árbol, sobre todo uno de los más ancianos y más grandes, sentía en los dedos un calor que se me extendía como una ráfaga por todo el cuerpo. Muy pronto me di cuenta de que con aquella ráfaga llegaba la energía.

– ¡Eh! -le dije a Clint-. ¡Estos árboles me están cargando de energía!

– Lo sé -respondió él, sin volverse a mirarme y sin aminorar el ritmo.

Me detuve lo suficiente como para dejar que mi mano permaneciera posada unos instantes en otro tronco lleno de nudos. ¡Zas! El calor invadió mi cuerpo.

– ¡Dios santo! ¡Es como si fuera Wonder Woman, o algo así!

De repente, Clint se detuvo y se volvió hacia mí.

– No como una superheroína, sino como una diosa.

– Sí -dije yo sin aliento-. Sí -repetí-, divina. Y no divina por un error, divina por elección, por derecho.

Clint elevó la mano hasta casi acariciarme la mejilla. En su rostro se dibujó una expresión de anhelo, y al verla, se me formó un nudo la garganta. Sin embargo, no me acerqué a él. No podía. Bajó la mano y apartó la mirada. Miró hacia la derecha del camino y señaló.

– Es por ahí. Sigúeme.

Yo asentí con entusiasmo, impaciente por salir del sendero y adentrarme más en el bosque. Intenté pasar por alto su expresión sombría y el encorvamiento de sus hombros.

Habíamos dado tan sólo unos cien pasos más cuando salimos de entre los árboles y la maleza y nos encontramos al borde de un pequeño claro. A mí se me escapó un jadeo mientras miraba a mi alrededor con asombro.

– ¡Es exactamente igual que en Partholon!

Por el claro discurría el mismo riachuelo claro y tranquilo que se alejaba de nosotros hacia el bosque. Sin embargo, yo no estaba observando la corriente, sino los dos enormes robles que se erguían a cada una de sus orillas. Como en Partholon, sus enormes ramas estaban llenas de hojas verdes, inusuales para aquel tiempo tan frío de noviembre. Sus ramas estaban tan entrelazadas que era imposible distinguir dónde terminaba uno de los árboles y dónde comenzaba el otro. Era como si el tiempo los hubiera fundido el uno con el otro. Sus troncos gruesos estaban cubiertos por un musgo luminoso que resplandecía suavemente.

Sin decir una palabra, Clint y yo caminamos juntos hacia los árboles. Yo me di cuenta de lo quieto que estaba el aire, y de la extraña ausencia del canto de los pájaros. Cuanto más nos acercábamos a los árboles, más podía sentirlos. Nos detuvimos a pocos centímetros de los troncos, y yo miré a Clint.

– ¿Y ahora qué? -le pregunté con ansiedad.

– Haremos lo que hicimos antes -respondió él en voz baja, como si estuviéramos en una iglesia-. Nos concentraremos en reunir el poder de todo el bosque en una sola esfera dentro de mí.

Me quedé sorprendida, y él sonrió brevemente.

– Sí, yo también puedo experimentar el poder de este bosque. Pero no tanto como tú. En mí no fluye libremente, pero soy capaz de reunirlo. Normalmente lo uso para fortalecerme físicamente. Es como un analgésico para mi espalda.

No era de extrañar que se hubiera vuelto tan ágil al entrar en el bosque. Yo asentí para mostrar que lo entendía y él continuó.

– Después de acaparar todo el poder en mi interior, me concentré en que Rhiannon volviera a Partholon, y en que tú regresaras aquí. Entonces, cuando tú tocaste los árboles, yo te agarré y tiré de ti. No sé por qué no afectó a Rhiannon, pero tú sí estás aquí.

– De acuerdo, bien… Por lo menos, esta vez no tenemos que preocuparnos por Rhiannon. Por mí puede quedarse aquí. Pero yo quiero volver a casa.

Puse un pie a cada lado del riachuelo, y con decisión posé ambas manos sobre el musgo color esmeralda. La descarga de calor que sentí me subyugó con su intensidad.

Entre dientes le dije a Clint:

– No creo que sea ningún problema encontrar el poder. Me siento como si pudiera saltar un edificio de un solo bote.

– Concéntrate en Partholon. Adelante, mi niña. Vuelve con él, vuelve a casa.

– Gracias -susurré antes de volver mi atención hacia los árboles.

Incliné la cabeza, apreté las manos con más fuerza sobre el musgo y fijé la vista en el agua clara de la corriente. Entonces me concentré. Lo primero que me vino a la mente fue Epi, y recordé la suavidad de su hocico cuando me saludaba al darme la bienvenida. Recordé cómo sus ojos castaños y líquidos reflejaban los mejores aspectos de mi alma. Y recordé a Alanna, no como un reflejo de mi amiga de este mundo, sino tal y como había llegado a quererla, por sí misma, por su dulzura y su sentido del humor únicos.

Después, dejé que las imágenes de ClanFintan inundaran mi mente. Pensé en cómo se había resistido para no enamorarse de mí, al creer, al principio, que yo era Rhiannon, aunque no fuera capaz de mantener ni la frialdad ni la distancia. En cómo me había protegido y me había amado.

Seguí apretando los troncos de los árboles, con la esperanza de sentir que se volvían blandos bajo mis manos. Sin embargo, eran firmes y duros. Suspiré con exasperación, y aparté las palmas de los árboles.

– No funciona -dije, y me volví hacia Clint-. Tal vez tú debas ayudarme. Acércate y haz las mismas cosas que hiciste antes de que los árboles se ablandaran y tú pudieras agarrarme a través de ellos.

Clint asintió y se colocó a horcajadas sobre el riachuelo.

– ¿Listo?

Volvió a asentir, y los dos levantamos las manos y las posamos en lados opuestos de los árboles. Estábamos uno frente al otro, y yo alcé la vista para encontrarme con la intensidad de su mirada. El poder de los árboles aumentó vertiginosamente entre nosotros dos, y me di cuenta de que sentía los latidos del corazón de Clint y el pulso de su sangre dentro de ellos, como si estuviera conectada con la fuerza de su vida. De repente, vi el aura de su silueta. Era de color azul, brillante como una joya, con matices de ámbar y oro por los bordes. Y era hipnótica.

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