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La Hora Del Angel

Электронная книга - «La Hora Del Angel». Краткое содержание книги:

Con La hora del ángel, primer volumen de su nueva serie, Anne Rice retoma su narrativa más oscura para convertir a los ángeles en protagonistas.
Toby O’Dare, un famoso asesino a sueldo, es un hombre despiadado que recibe órdenes del Hombre Justo. Se mueve en un mundo de pesadilla hasta que aparece un forastero misterioso, un serafín, y le ofrece la oportunidad de salvar vidas en lugar de destruirlas.
Viaja atrás en el tiempo hasta la Inglaterra del siglo XIII, y en ese escenario primitivo, comienza su peligrosa búsqueda de la salvación: una odisea llena de lealtades y traiciones, de egoísmo y amor.
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Fueron al Carnegie Hall y también a oír a la Orquesta Sinfónica.

Era una emoción sutil, aquella felicidad, que envolvía como una delicada tela de araña las cosas que él recordaba. Deseaba sentirse alegre cuando miraba a su alrededor en aquellos grandes auditorios y escuchaba la música embriagadora, pero no se atrevía a confiar en nada.

Una vez le dijo a Alonso que quería un collar bonito para regalarlo a una mujer.

Alonso se echó a reír y sacudió la cabeza.

– A mi profesora de música -dijo Toby-. Me enseñó sin cobrarme nada. Y tengo doscientos dólares ahorrados.

– Déjamelo a mí -dijo Alonso.

El collar era maravilloso, una «pieza de colección». Alonso lo pagó. Se negó a aceptar un céntimo de Toby.

Toby se lo envió a la mujer al conservatorio porque era la única dirección que tenía de ella. No puso dirección del remitente en el paquete.

Una tarde fue a la catedral de St. Patrick y estuvo una hora sentado, mirando fijamente el altar mayor. No creía en nada. No sentía nada. Las palabras de los salmos que tanto había amado no provocaban en él ningún eco.

Al marcharse, se detuvo un instante en el vestíbulo de la iglesia para mirar atrás, como si no fuera a volver a ver nunca aquel mundo, y un policía rudo sacó a empujones a una pareja de turistas jóvenes que se habían estado besando. Toby se quedó mirando al policía, y éste le hizo gesto de que se marchara. Pero Toby se limitó a sacar el rosario del bolsillo y el policía hizo un gesto de asentimiento y se alejó.

Para sí mismo, era un fracaso. Aquel mundo propio de Nueva York no era real. Había fallado a su hermano pequeño, a su hermana, a su madre, y había decepcionado a su padre. «Cara Bonita.»

A veces la ira ardía como una hoguera en el corazón de Toby, pero no iba dirigida contra nadie.

Era una ira que a los ángeles les costaba comprender, porque lo que Toby había subrayado muchos años atrás en el libro de Pascal Parente era cierto.

A nosotros los ángeles, en ciertos aspectos nos falta la cardiognosis. Pero yo sabía a través de la inteligencia lo que sentía Toby; lo sabía por su cara y por sus manos, incluso por la manera como tocaba ahora su laúd, de una forma más oscura y con una alegría forzada. Su laúd, con esos tonos bajos más ásperos, adquirió un sonido melancólico. Tanto sus penas como sus alegrías estaban condicionadas por esa melancolía. No podía poner en ella su dolor privado.

Una noche su patrón, Alonso, fue al pequeño apartamento del hotel de Toby. Llevaba al hombro una mochila grande de piel.

Alonso había subalquilado a Toby aquel lugar, en el límite de Little Italy. Era un sitio estupendo en lo que respecta a Toby, por más que por las ventanas sólo se vieran paredes; el mobiliario era agradable, incluso algo coqueto.

Pero Toby se sorprendió al abrir la puerta y ver a Alonso. Alonso nunca había ido allí. Alonso podía pagarle un taxi para que volviera a casa después de la ópera, pero nunca lo había visitado en su apartamento.

Alonso tomó asiento y pidió vino.

Toby tuvo que salir a comprarlo. Nunca tenía bebidas alcohólicas en su apartamento.

Alonso empezó a beber. Sacó de su chaquetón un arma corta y la dejó sobre la mesa de la cocina.

Alonso contó a Toby que se enfrentaba a fuerzas que nunca antes lo habían amenazado: los mafiosos rusos querían su restaurante y su negocio de catering, y le habían quitado su «casa».

– También querrían quedarse con este hotel -dijo-, pero no saben que el propietario soy yo.

Un grupo pequeño de ellos fue directamente a la casa en la que Toby había tocado para los jugadores de cartas y las damas. Mataron a tiros a los hombres presentes y a cuatro mujeres, y echaron a las restantes, y colocaron a sus propias chicas en el lugar de ellas.

– Nunca había visto esa clase de maldad -dijo Alonso-. Mis amigos no aguantarán a mi lado. ¿Con qué amigos cuento? Creo que mis amigos los apoyan en esto. Creo que mis amigos me han vendido. ¿Por qué si no han dejado que me hagan esto? No sé qué hacer. Mis amigos me echan la culpa a mí de lo ocurrido.

Toby miraba el arma. Alonso retiró el seguro, y luego volvió a ponerlo.

– ¿Sabes lo que es esto? Esto dispara más balas de las que te puedes imaginar.

– ¿Han matado a Elsbeth? -preguntó Toby.

– Le dispararon en la cabeza -dijo Alonso-. ¡Le dispararon en la cabeza!

Alonso empezó a gritar. Elsbeth era la razón por la que habían venido esos hombres, y los amigos de Alonso le dijeron lo tontos que habían sido Violet y él al darle refugio.

– ¿Han matado a Violet? -preguntó Toby, y Alonso empezó a sollozar.

– Sí, han matado a Violet. -Lloró sin retenerse-. Mataron a Violet la primera, una anciana como ella. ¿Por qué lo han hecho?

Toby se puso a pensar. No pensó en todos los dramas policíacos que había visto por la televisión, ni en las historias de crímenes reales que había leído. Daba vueltas a sus propios pensamientos, sobre los que sobreviven en este mundo y los que no, los que son fuertes y resolutivos, y los débiles.

Se daba cuenta de que Alonso se estaba emborrachando. Era algo que detestaba.

Toby pensó mucho rato, y luego dijo:

– Tienes que hacerles a ellos lo que están intentando hacerte a ti.

Alonso lo miró y luego se echó a reír.

– Soy un viejo -dijo-. Y esos hombres se han propuesto matarme. ¡No puedo enfrentarme a ellos! Nunca he disparado un arma como ésa en mi vida.

Siguió hablando y bebiendo vino, cada vez más borracho y más furioso, y explicó que siempre se había cuidado de ofrecer las «cosas básicas», un buen restaurante, una casa o dos donde los hombres pudieran relajarse, jugar un poco a las cartas, tener un poco de compañía amistosa.

– Es el negocio inmobiliario -suspiró Alonso-. Si quieres saberlo, eso es lo que buscan. Tendría que haberme ido al infierno, lo más lejos posible de Manhattan. Y ahora es demasiado tarde. Estoy acabado.

Toby escuchó todo lo que dijo.

Esos criminales rusos se habían apoderado de su casa, y le habían llevado al restaurante una escritura de venta de la casa. También tenían otra escritura para el restaurante. Alonso, al que habían abordado a la hora del almuerzo con el restaurante abarrotado, se había negado a firmar nada.

Lo amenazaron con los abogados que llevaban sus negocios y los hombres del banco que trabajaba para ellos.

Pretendían que Alonso firmara la venta de sus negocios. Le prometieron que si firmaba las escrituras de venta y desalojaba el local, le darían una participación y no le harían daño.

– ¿Darme una participación en mi propia casa? -aulló Alonso-. La casa no les basta. Quieren el restaurante que abrió mi abuelo. Eso es lo que de verdad quieren. Y entrarán en este hotel tan pronto como lo descubran. Han dicho que, si yo no firmaba los papeles, dejarían que su abogado se encargara de todo, y nadie encontraría nunca mi cadáver. Han dicho que harían en el restaurante las mismas cosas que hicieron en la casa. Lo harán de forma que a la policía le parezca un robo. Eso es lo que me han dicho. «Matarás a tu propia gente si no firmas.» Esos rusos son monstruos.

Toby sopesó lo que sucedería si los criminales entraban en el restaurante de noche, cerraban las cortinas metálicas que daban a la calle y mataban a todos los empleados. Sintió un escalofrío al darse cuenta de que la muerte rondaba muy cerca de él.

Sin palabras, imaginó los cuerpos de Jacob y Emily. Emily con los ojos cerrados bajo el agua.

Alonso bebió otro vaso de vino. Gracias a Dios, pensó Toby, había comprado dos botellas del mejor cabernet.

– Cuando yo esté muerto -dijo Alonso-, ¿qué pasará si encuentran a mi madre? -Cayó en un silencio hosco.

Pude ver a su ángel de la guarda a su lado, impasible al parecer pero esforzándose en consolarlo. Pude ver a otros ángeles en la habitación. Ésos no desprendían luz.

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