La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
– En serio, Guido -insistió ella amigablemente-. Nunca he estado en uno y me gustaría saber si por lo menos alguien consigue divertirse allí.
– ¿Y me lo preguntas a mí? -dijo él, sin saber qué tono adoptar y optando por una jocosa indignación.
Paola no dijo nada y tomó otro sorbo de grappa, y al fin Brunetti dijo:
– He estado en dos, no, tres. -Hizo una seña al barman y, cuando éste se acercó, empujó el vaso de whisky hacia él y pidió otro. Cuando le fue servido, prosiguió-: La primera vez yo estaba trabajando en Nápoles. Tenía que arrestar al hijo de la madame, que vivía allí mientras estudiaba en la universidad.
– ¿Qué estudiaba? -preguntó ella, tal como él esperaba.
– Administración de Empresas.
– Lógico -sonrió ella-. ¿Y se divertía alguien?
– En aquel momento, no se me ocurrió planteármelo. Fui con tres hombres y lo arrestamos.
– ¿Por qué?
– Por homicidio.
– ¿Y las otras veces?
– Una, en Udine. Tenía que interrogar a una de las mujeres que trabajaban allí.
– ¿Fuiste en horario de trabajo? -preguntó ella, sugiriendo la imagen de unas mujeres que entraban, fichaban, sacaban medias de malla y zapatos de tacón de las taquillas, hacían pausas para el café y se sentaban a una mesa, a fumar, charlar y tomar un tentempié.
– Sí -respondió él, como si las tres de la mañana fuera hora de trabajo normal.
– ¿Alguien se divertía?
– Seguramente, ya era tarde. Casi todo el mundo dormía.
– ¿También la mujer a la que ibas a interrogar?
– Resultó que nos habíamos equivocado de persona.
– ¿Y la tercera vez?
– Fue en Pordenone -respondió él con voz distante-. Pero alguien les avisó y cuando llegamos la casa estaba vacía.
– Ah -suspiró ella-. Con lo que me habría gustado saberlo.
– Siento no poder complacerte.
Ella dejó el vaso vacío en el mostrador y se alzó sobre las puntas de los pies para darle un beso en la mejilla.
– Me alegro de que no puedas -dijo, y añadió-: ¿Quieres que entremos a perder el resto?
Capítulo 12
Entraron en la sala y se mantuvieron detrás de los grupos que rodeaban las mesas, observando más a los jugadores que sus ganancias o pérdidas. El chico seguía atado a su rueda, cual una santa Catalina de Alejandría: a Brunetti lo apenaba verlo y tuvo que dejar de mirarlo. Este chico debería estar persiguiendo a las muchachas, animando a gritos a un estúpido equipo de fútbol o a una banda de rock, escalando montañas, haciendo algo, lo que fuera, algo impetuoso, audaz y un poco tonto, que consumiera su juvenil energía y le dejara recuerdos alegres.
Agarró del codo a Paola y casi la empujó hacia la otra sala, en la que, sentados alrededor de una mesa ovalada, los jugadores levantaban el borde de las cartas para lanzarles una mirada furtiva. Brunetti recordó los bares de su juventud, en los que hombres de aspecto rudo se reunían al salir del trabajo para jugar interminables partidas de scopa. Recordó los vasitos de boca ancha, con un vino tinto, casi negro, que cada jugador tenía a su derecha y del que tomaba un trago entre manos. El nivel del líquido apenas bajaba, y Brunetti no recordaba que alguno de aquellos hombres pidiera más de un vaso en una noche. Jugaban con vehemencia, arrojando la carta ganadora con una fuerza que hacía vibrar las patas de la mesa o inclinándose hacia adelante con un grito de júbilo para recoger las ganancias de la noche. ¿A cuánto ascendían, a cien liras, lo justo para pagar el vino a los contrincantes?
Recordó los gritos de ánimo de los que estaban en el mostrador y de los que jugaban al billar que, apoyados en los tacos, miraban a los que se divertían con los naipes, y comentaban las jugadas. Algunos de los jugadores se habían lavado la cara y puesto su mejor chaqueta antes de venir; otros acudían directamente del trabajo, con el mono azul y las botas.
¿Qué se había hecho de los monos y las botas? ¿Y qué había sido de aquellos hombres que trabajaban con el cuerpo y con las manos? ¿Habían sido sustituidos por los esbeltos dependientes de las tiendas y boutiques de lujo que daban la impresión de que se derrumbarían bajo una carga pesada o con una ráfaga de viento?
Sintió la presión del brazo de Paola en la cintura.
– ¿Hemos de seguir con esto mucho rato? -preguntó. Él miró el reloj y vio que ya eran más de las doce-. Quizá él sólo viniera aquella noche -sugirió, tratando de ahogar un bostezo sin conseguirlo.
Brunetti miró por encima de las cabezas de los que rodeaban las mesas. Todas esas personas podrían estar en la cama, leyendo; o en la cama, haciendo otras cosas. Pero estaban aquí, mirando unas bolitas, unas cartulinas y unos dados que se llevaban lo que a ellos les había costado semanas, o quizá años, ganar.
– Tienes razón -dijo él, besándole el pelo-. Te prometí diversión y mira lo que hacemos -sintió, más que vio, cómo ella se encogía de hombros-. Hablaré con el director y le enseñaré la foto, por si reconoce al hombre. ¿Vienes conmigo o me esperas aquí?
Por toda respuesta, Paola empezó a andar en dirección a la puerta de la escalera. Él la siguió. En la planta baja, ella se sentó en un banco situado frente a la puerta del despacho del director, abrió el bolso, sacó un libro y las gafas y se puso a leer.
Brunetti llamó a la puerta, pero nadie respondió. Fue a la mesa de Recepción y pidió por el encargado de seguridad, que llegó al cabo de un minuto, en respuesta a una discreta llamada telefónica. Claudio Vasco era alto, varios años más joven que Brunetti y vestía un esmoquin tan elegante que parecía cortado por el sastre de la comisaria Griffoni. Había sido contratado en sustitución de uno de los arrestados y sonrió cuando, al estrecharle la mano, Brunetti dio su nombre.
Vasco lo condujo por el vestíbulo, pasando por delante de Paola, que no se molestó en levantar la mirada del libro, hasta el despacho del director. Sin tomar asiento, el hombre contempló la foto, y a Brunetti, que lo observaba, le pareció ver cómo repasaba mentalmente un fichero de caras. Vasco dejó caer la mano que sostenía la foto a lo largo del cuerpo y miró a Brunetti:
– ¿Es cierto que usted arrestó a esos dos? -preguntó señalando con la mirada al piso de arriba en el que trabajaban los dos crupiers inculpados.
– Sí -respondió Brunetti.
Vasco sonrió y le devolvió la foto.
– En tal caso, le debo un favor. Sólo confío en que asustara a esos dos canallas lo suficiente como para que sean honrados una temporada.
– ¿No para siempre?
Vasco miró a Brunetti como si éste se hubiera puesto a hablar en el lenguaje de los pájaros.
– ¿Ésos? Sólo es cuestión de tiempo que piensen en algún otro sistema o a uno de ellos le dé por irse de vacaciones a las Seychelles. Dedicamos más tiempo a vigilarlos a ellos que a los clientes -dijo el hombre con gesto de fatiga. Señaló la foto con la barbilla-. Ése ha estado aquí varias veces; una noche, con otro individuo. Tiene unos treinta años, es un poco más bajo que usted y más delgado.
– ¿Y el otro? -preguntó Brunetti.
– No lo recuerdo bien -respondió Vasco-. Yo vigilaba sobre todo a éste -dijo golpeando la foto con los dedos de la mano izquierda. Brunetti alzó una ceja, pero Vasco sólo añadió-: Antes de decir más, déjeme ver el registro -Brunetti sabía que se hacía una ficha de todo el que entraba en el Casino, pero ignoraba cuánto tiempo se mantenía en el archivo-. Como decía, le debo un favor, comisario -fue hacia la puerta, dio media vuelta y agregó-: Aunque no fuera así, estaría encantado de ayudarle a encontrarlo, y más si supiera que ello iba a meter en apuros a ese bellaco. -Vasco sonrió, con lo que rejuveneció diez años, y salió del despacho dejando la puerta abierta.
Por el vano, Brunetti veía a Paola, que no había levantado la mirada del libro ni cuando llegaron ellos ni cuando Vasco se fue. Él salió al corredor y se sentó a su lado.