El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
Matt observó el contenido de su taza y asintió lentamente.
– Puedo intentarlo, pero me llamó después de que Randi le dijera que ya no lo necesitaba, y decir que estaba un poco cabreado es quedarse corto.
– Mira a ver qué quiere -sugirió Thorne.
– Lo intentaré.
– Convéncelo.
– Lo intentaré -Matt removió el café lentamente-, pero Larry es muy testarudo.
– Ya nos ocuparemos de eso. Tengo que llamar a Juanita para saber si volverá con nosotros -dijo Thorne.
– Tal vez esté trabajando para alguien más ahora. Randi le dijo que podía irse cuando papá murió -Matt se sentó sobre la encimera y sus pies quedaron colgando.
– Entonces tendremos que plantearle una oferta atractiva para que vuelva.
– Tal vez no sea así de sencillo -dijo Slade tras darle un sorbo a su café-. Hay gente que se siente en la obligación de seguir con la persona que lo tiene contratado.
– Se puede comprar a todo el mundo.
Slade y Matt intercambiaron miradas.
Thorne ni se inmutó.
– Todo el mundo tiene un precio.
– ¿Incluso tú? -preguntó Matt.
– Sí.
Slade resopló.
– Eres un cínico.
– ¿No lo somos todos? -comentó Thorne sin dejarse intimidar-. Y todos necesitamos una cuidadora. Cuando Randi y el bebé vengan, necesitaremos ayuda profesional -estaba repasando una lista que tenía anotada en la cabeza-. Llamaré a un bufete de abogados con el que solía trabajar.
– ¿Un bufete de abogados? -Slade sacudió la cabeza-. ¿Por qué íbamos a necesitar abogados teniéndote a ti?
– Ya sabéis que soy abogado de empresa, y necesitamos a abogados especializados en Derecho de Familia. Para cuando encontrémos al padre del niño, podría querer la custodia.
– Y pueda que la obtenga, al menos parcialmente -comentó Matt.
– A lo mejor sí y a lo mejor no. No sabemos nada sobre ese tío.
Slade volteó los ojos y tiró al fregadero lo que le quedaba de café.
– Por amor de Dios, Thorne, ¿es que no confías en nadie?
– No.
– Si Randi eligió a ese tipo, puede que esté bien -opinó Matt.
– ¿Y entonces dónde está? Suponiendo que sepa que estaba embarazada, ¿por qué no ha aparecido? -ésas eran las preguntas que habían estado persiguiendo a Thorne desde que se había enterado del accidente de su hermana-. Si es un tío tan majo, ¿por qué no está con ella?
– A lo mejor ella no quiere que esté a su lado -Slade se encogió de hombros-. Eso pasa.
– Bueno, por si acaso, tendremos que ver cuáles son nuestros derechos, los derechos del bebé, los de Randi y…
– Y los del padre -señaló Matt antes de dar un largo trago de café-. Vale, tengo que ir a la ciudad y al supermercado. Cuando vuelva, llamaré a Larry.
Slade se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos.
– Voy contigo -le dijo a Matt-. Quiero hablar con la oficina del sheriff para ver si me pueden dar alguna información del accidente de Randi.
– Buena idea -asintió Thorne-. He llamado, pero no he recibido respuesta.
– Le he dejado un mensaje a Striker, pero volveré a llamarlo -prometió Slade metiéndose el cigarrillo en la boca-. ¿Tú qué tienes pensado hacer?
– Voy a instalar mi oficina en el estudio cuando me traigan el equipo que he encargado y después iré a la ciudad a visitar a Randi y al bebé -no añadió que también tenía la intención de volver a ver a Nicole.
– Sí. Yo también había pensado en pasar por el hospital -dijo Matt-. Si llama Mike Kavanaugh, dile que le devolveré la llamada.
– ¿Quién es Kavanaugh? -preguntó Thorne.
– Mi vecino. Está cuidando mi finca mientras estoy aquí.
Slade arrugó su taza de papel vacía y la tiró a la basura.
– ¿Cuánto tiempo estará ocupándose de ella?
Matt se puso la chaqueta y el sombrero.
– Todo el tiempo que haga falta -miró a sus hermanos-. Randi y el bebé son lo primero.
Nicole entró con el coche de alquiler en el aparcamiento del hospital y quiso confiar en que los mecánicos encontraran el problema que tenía el todoterreno, lo solucionaran y se lo devolvieran pronto, sin que le costara un ojo de la cara.
Tenía algo más de media hora antes de empezar su turno y había planeado emplear ese tiempo en ir a ver a Randi McCafferty y al bebé.
Echó el freno de mano, apagó el motor, agarró su maletín y se dijo que su interés por Randi y el bebé no era más que una cuestión de cortesía y de preocupación profesional, que a menudo seguía la evolución de los pacientes cuando salían de urgencias. No se trataba de Thorne. En absoluto. El hecho de que él estuviera emparentado con Randi era algo secundario.
Estuvo discutiendo consigo misma en el ascensor y hasta llegar a su despacho.
– ¿Algo va mal? -le preguntó al pasar por el control de enfermeras del ala oeste una enfermera que conocía desde que había llegado al St. James.
– ¿Qué?
– Se te ve preocupada. ¿Están bien las gemelas?
– Sí, bueno Molly está resfriada, pero nada que un poco de mimos y cariño y una peli de Disney no puedan curar. Supongo que simplemente estaba pensando.
– Bueno, pues sonríe un poco cuando pienses -le dijo la enfermera guiñándole un ojo.
– Lo intentaré.
Llegó a la UCI y miró el historial de Randi.
– ¿Algún cambio?
– No mucho -dijo Betty, la enfermera de la UCI, sacudiendo unos rizos rojos perfectamente arreglados-. Sigue en coma. No responde, pero resiste. ¿Cómo está el bebé?
– No está bien -admitió Nicole mirando a una preocupada Betty-. Voy a verlo ahora.
La mujer apretó los labios. La cruz de oro que pendía de su cuello resplandecía sobre su piel.
– Es una pena -dijo.
– Mientras hay vida, hay esperanza.
Nicole se dirigió a la unidad de pediatría, donde el pequeño J.R., como Thorne lo llamaba, estaba luchando por su vida. Al ver al diminuto bebé lleno de tubos y conectado a unos monitores, se le encogió el corazón. Recordó el nacimiento de sus hijas, la euforia al verlas por primera vez y la tranquilidad de saber que eran perfectas y que estaban sanas. Había estado exultante de alegría e incluso Paul parecía feliz. La había mirado con lágrimas en los ojos y le había dicho: «Son preciosas, Nicole. Tan preciosas como su madre».
Sus dulces palabras aún la perseguían; ¿eran las últimas que le había dirigido? Seguro que no. Seguro que hubo unos cuantos cumplidos más y miradas tiernas ante de que unos empleos demasiado exigentes y unas hijas incansables les hubieran robado a su matrimonio lo que fuera que los había unido. Una inocente Nicole había pensado que tener hijos los uniría más… Por supuesto, se había equivocado. Mucho.
– ¿Ha venido hoy el doctor Arnold? -le preguntó a la enfermera.
– Dos veces.
– Bien – «vamos, J.R.», pensó mientras veía esos deditos cerrados en un puño. «Lucha. ¡Puedes hacerlo!».
Pero el bebé parecía tan frágil, tan pequeño, y sus constantes vitales no habían mejorado.
– ¿Ha estado aquí la familia?
– Los tres tíos.
Nicole se lo había imaginado. No había duda de que los hermanos McCafferty estaban decididos a que su hermana y su sobrino salieran adelante, aunque sólo fuera por esa fuerte voluntad que tenían en común. Ojalá con eso bastara.
– Volveré luego -dijo y salió al pasillo, donde casi se tropezó de lleno con Thorne. Lo miró a sus ojos grises y se sintió conmovida al ver que, sin duda, él amaba a ese pequeño.
– ¿Cómo está?
– Igual -respondió ella, girándose para mirar al bebé por el cristal-. Pensaba que ya habías estado aquí.
Thorne se aclaró la voz antes de decir:
– Tenía que hacer unas cosas en la ciudad y he pensado que podía volver a pasarme -miró al diminuto bebé y por un instante Nicole se preguntó cómo sería su vida si Thorne y él hubieran tenido hijos juntos. Si las cosas hubieran sido distintas, ¿se habrían convertido en padres? Eran unos pensamientos dulces y amargos a la vez porque si los dos se hubieran quedado en Grand Hope, ella no habría llegado a ser médico y tampoco tendría a sus preciosas hijas.