Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1981
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-0681-0
- Переводчик: Margarita Gonz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Regreso a Belzagor [Downward to the Earth - es]». Краткое содержание книги:
Miró a su alrededor y descubrió que Srin'gahar no estaba a la vista.
—Lo que hemos cogido ahora es el animal más peligroso del lago, al que denominamos tiburón de navaja —decía Van Beneker—. Sólo en una ocasión he visto otro igual. ¿Ven esos pequeños cuernos? Son totalmente nuevos. ¿Y esa especie de cosa parecida a una linterna situada en la coronilla, esa cosa que se enciende y se apaga? —Dentro de la red se revolvía un esbelto animal de color carmesí de alrededor de un metro de largo. Toda su parte inferior, desde el hocico al vientre, estaba engoznada y formaba lo que equivalía a una boca gigantesca cubierta de centenares de dientes semejantes a agujas. A medida que la boca se abría y se cerraba, parecía que el animal entero se escindía y se curaba a sí mismo—. Esta bestia come cualquier cosa de tamaño hasta tres veces el suyo. Como ven, es feroz, salvaje y…
Incómodo, Gundersen se alejó del lago para buscar a Srin'gahar. Encontró el sitio en el que el nildor había comido y donde las ramas inferiores de varios árboles estaban deshojadas. Vio lo que le pareció la huella del nildor, que se perdía en la selva. Una dolorosa luz blanca de desolación brilló en su cerebro al comprender que Srin'gahar debió de abandonarlo silenciosamente.
En ese caso, tendría que interrumpir el viaje. No se atrevía a avanzar solo y a pie por esa inmensidad sin senderos que se abría ante sus ojos. Tendría que pedir a Van Beneker que le llevase a algún campamento de nildores donde pudiera encontrar otro medio que lo trasladara a la región de las brumas.
En ese momento el grupo de turistas se alejaba del lago. Van Beneker llevaba la red colgada del hombro; Gundersen vio que algunos animales lacustres se movían lentamente en su interior.
—El almuerzo —explicó—. Conseguí algunos cangrejos de jalea. ¿Tiene hambre?
Gundersen logró esbozar una débil sonrisa. No tenía apetito. Miró a Van Beneker mientras éste abría la red: de su interior salió un chorro de agua caliente, arrastrando a ocho o diez animales ovalados y de color púrpura, cada uno distinto a los demás en la cantidad de patas, las marcas de la concha y el tamaño de las garras. Reptaron en círculos trastabillantes, claramente molestos por la frescura relativa del aire. De sus lomos salía vapor. Van Beneker los descabelló hábilmente con unos palos afilados, los cocinó con su antorcha de fusión y abrió las conchas para dejar al descubierto los reguladores metabólicos interiores, los cuales eran claros, temblorosos y parecidos a jalea. Tres de las mujeres hicieron una mueca y se apartaron pero la señora Miraflores cogió su cangrejo y lo comió con fruición. Los hombres parecieron degustarlos. Gundersen, que se limitaba a mordisquear la jalea, miró hacia el bosque, preocupado por la ausencia de Srin'gahar.
Le llegaron algunos fragmentos de la conversación:
—…el enorme potencial lucrativo desperdiciado, totalmente; desperdiciado…
—…incluso en ese caso, nuestra obligación consiste en estimular la autodeterminación en todos los planetas que…
—¿…pero son personas?
—…busca el alma, es el único modo de decirlo…
—…elefantes y nada más que elefantes. ¿Le viste desgarrar los árboles y…?
—…la retirada fue culpa de una minoría de corazones sangrantes muy protestones que…
—…ni alma ni retirada…
—…demasiada severidad, cariño. Hubo abusos explícitos en algunos planetas y…
—…yo lo denomino estúpido oportunismo político. Los ciegos guían a los ciegos…
—…¿saben escribir? ¿Son capaces de pensar? Hasta en África nos ocupamos de seres humanos e incluso allí…
—…el alma, el espíritu interior…
—…no necesito decirte que estaba totalmente a favor de la retirada. Recordarás que cogí las peticiones y las repartí. A pesar de ello, he de reconocer que después de ver…
—…montañas de excrementos de color púrpura en la playa…
—…víctimas de un exceso de reacción sentimental…
—…tengo entendido que el beneficio anual era del orden de…
—…no hay duda de que tienen alma. No cabe la menor duda. —Gundersen comprendió que su propia voz había intervenido en la conversación. Los demás se volvieron hacia él; súbitamente había un varío que llenar. Agregó—: Tienen una religión y ello implica la conciencia de la existencia de un espíritu, de un alma, ¿no es así?
—¿Qué tipo de religión? —inquirió Miraflores.
—No lo sé con exactitud. Una parte importante de ella consiste en la danza extática… una especie de cabriola frenética que conduce a cierto tipo de experiencia mística. La conozco. He bailado con ellos. He rozado al menos los bordes de esa experiencia. Tienen algo llamado renacimiento que, supongo, es el elemento central de sus ritos. No lo comprendo. Van al norte, a la región de las brumas, y allí les ocurre algo. Siempre han mantenido en secreto los detalles. Supongo que quizá los sulidores les dan una droga que los rejuvenece interiormente y los lleva a cierto tipo de iluminación… ¿me expreso con claridad? —Mientras hablaba, Gundersen comía casi inconscientemente—. Lo único que puedo decirles es que el renacimiento es fundamentalmente importante para ellos y que, al parecer, su posición tribal se deriva de la cantidad de renacimientos por los que han pasado. Como pueden ver, no son sólo animales. Han creado una sociedad, poseen una estructura cultural… compleja, difícil de comprender para nosotros.
—¿Por qué entonces no han desarrollado una civilización? —preguntó Watson.
—Acabo de decirle que lo han hecho —replicó Gundersen.
—Me refiero a ciudades, máquinas, libros…
—No están anatómicamente dotados para escribir, para construir cosas ni para ningún tipo de manipulación exacta —repuso Gundersen—. ¿No ve que no tienen manos? Una raza con manos crea un tipo de sociedad. Una raza estructurada anatómicamente como los elefantes crea otra. —Estaba empapado en sudor y repentinamente su apetito se tornó insaciable. Gundersen notó que las mujeres le observaban de un modo extraño. Comprendió el motivo; liquidaba todos los alimentos que estaban a la vista y se llenaba compulsivamente la boca. De pronto su paciencia estalló y sintió que le explotaría el cráneo si no derrumbaba instantáneamente todas las barreras y reconocía la única gran culpa que, acuchillándole el alma, le había incitado a extrañas odiseas. No importaba que aquellas no fuesen las personas adecuadas en las que buscar la absolución. Las palabras subieron incontrolablemente hasta su boca y dijo—: Cuando vine aquí, era como ustedes. Subestimé a los nildores. Ello me condujo a un pecado atroz que tendré que explicar. Sabrán que durante un tiempo fui administrador de sector y una de mis tareas consistía en organizar el despliegue eficaz de la mano de obra nativa. Puesto que no sabíamos claramente que los nildores eran seres inteligentes y autónomos, los usamos, les adjudicamos pesadas tareas de construcción, les hicimos levantar vigas con las trompas, todo aquello que creíamos eran capaces de realizar sólo con los músculos. Les dimos órdenes como si fueran máquinas. —Gundersen cerró los ojos y sintió que el pasado corría inexorablemente hacia éclass="underline" una tenebrosa nube de recuerdos que lo cubrió y le abrumó—. Los nildores permitieron que los usáramos. Dios sabrá por qué. Supongo que fuimos el crisol en el que su raza había de purificarse. Bueno, un día se agrietó una represa en el norte, en el distrito de Monroe, no lejos de donde comienza la región de las brumas, y una plantación entera de arbustos de púas corría el riesgo de inundarse, lo cual significaría una pérdida de muchísimos millones para la Compañía. La central eléctrica principal del distrito también corría peligro, además de nuestra estación central y… digamos que si no actuábamos con rapidez, perderíamos todas las inversiones en el norte. Yo era el responsable de ese sector. Recluté nildores para construir una línea secundaria de diques. Empleamos en esa tarea la totalidad de los robots, pero no eran suficientes, así que también llamamos a los nildores, largas filas de ellos que aparecieron por todos los rincones de la selva, y nos afanamos día y noche hasta que llegamos al punto de agotamiento absoluto. Estábamos conteniendo la inundación, pero yo no podía estar seguro. A los seis días, por la mañana, me trasladé a la zona de los diques para averiguar hasta dónde alcanzaba el nivel de las aguas y allí había siete nildores que no había visto antes y que marchaban por un sendero hacia el norte. Les dije que me siguieran. Se negaron delicadamente. Dijeron que no, que estaban de camino a la región de las brumas para la ceremonia del renacimiento y que no podían detenerse. ¿Renacimiento? ¿Qué me importaba el renacimiento? No estaba dispuesto a aceptar esa excusa, y menos aún cuando parecía que podría perder mi distrito. Les ordené irreflexivamente que se presentasen para trabajar en los diques o de lo contrario los ejecutaría allí mismo. Dije que el renacimiento podía esperar. «Esperad otro momento para renacer. Esto es un asunto serio.» Bajaron la cabeza y hundieron las puntas de sus colmillos en el suelo. Es una señal de gran tristeza entre los nildores. Curvaron la columna vertebral. Tristeza, tristeza. «Te compadecemos», me dijo uno, por lo que me enfurecí y le respondí lo que podía hacer con su compasión. ¿Dónde había obtenido el derecho de compadecerme? Entonces cogí mi antorcha de fusión. «Vamos, en marcha, hay una cuadrilla de trabajo que os necesita.» Tristeza. Sus grandes ojos me miraban compasivamente. Los colmillos en el suelo. Dos o tres nildores dijeron que lo sentían mucho pero que en ese momento no podían trabajar para mí, que les era imposible interrumpir el viaje. Pero estaban dispuestos a morir allí mismo si yo insistía. No querían arruinar mi prestigio desafiándome, pero tenían que desafiarme y, en consecuencia, estaban dispuestos a pagar ese precio. Estaba a punto de cargarme a uno como ejemplo para los demás cuando me detuve y me dije: «¿qué demonios estoy haciendo?»; y los nildores esperaban, mis ayudantes y algunos de nuestros nildores miraban, volví a levantar la antorcha de fusión, me dije que mataría a uno de ellos, al que había dicho que me compadecía, y deseé que entonces los otros recuperasen la sensatez. Simplemente esperaron. Aguantaron mi fanfarronada. ¿Cómo podía cargarme a ocho peregrinos aunque desafiaran las órdenes directas de un jefe de sector? Pero mi autoridad estaba en entredicho. Por eso accioné el gatillo. Le hice una quemadura suave, no profunda, lo suficiente para chamuscarle el pellejo, eso fue todo, pero el nildor permaneció inmóvil y aguantó, y estaba dispuesto a quemarle hasta afectarle un órgano vital. Y quedé manchado ante ellos por utilizar la fuerza. Era eso lo que estaban esperando. Después, dos de los nildores que parecían más viejos que los demás me dijeron que me detuviera, que querían reconsiderar la cuestión. Apagué la antorcha y ellos hicieron un aparte para conferenciar. El que había quemado cojeaba un poco y parecía dolorido, pero no estaba gravemente herido, no tanto como yo. ¿Saben que el que aprieta el gatillo puede quedar más malherido que su blanco? Por último, todos los nildores estuvieron de acuerdo en hacer lo que les pedía. En lugar de ir al norte para el renacimiento se pusieron a trabajar en los diques, incluso el quemado, y nueve días más tarde la inundación bajó y la plantación, la central eléctrica y todo lo demás quedó a salvo y fuimos felices, comimos perdices… —La voz de Gundersen se apagó. Había hecho su confesión y ya no podía seguir haciendo frente a esas personas. Cogió la concha de uno de los cangrejos que quedaban y buscó algún resto de jalea, sintiéndose agotado. Se produjo un interminable silencio.