El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—Posterguémoslo un poco —dijo Victoria.
Más tarde regresamos a su habitación y mejoró notablemente nuestro humor. Hablamos mucho, esquivando los tópicos de conversación qué sabíamos nos causaban problemas... y cuando nos fuimos a la cama, ya había cambiado toda nuestra actitud. A la mañana siguiente firmamos los formularios y se lo llevamos a los jefes de los gremios. Futuro Clausewitz no estaba en la ciudad pero encontré a otro gremialista del Futuro que los recibió en nombre de Clausewitz. Todos parecían contentos. Ese mismo día, la madre de Victoria pasó un rato largo con nosotros aleccionándonos sobre las nuevas libertades y ventajas que disfrutaríamos como matrimonio.
Antes de abandonar la ciudad para reunirme con Malchuskin en los rieles saqué el resto de mis pertenencias del internado y me mudé oficialmente con Victoria.
Ya era un hombre casado, de seiscientas cincuenta y dos millas de edad.
CAPÍTULO DIEZ
Durante las millas siguientes, mi existencia se convirtió en una rutina, en su mayor parte agradable. Cuando iba a la ciudad, mi vida con Victoria era cómoda, feliz, cariñosa. Ella me hablaba mucho de su trabajo, y por medio de ella llegué a conocer cómo se regía la vida diaria de la ciudad. A veces me preguntaba por mi trabajo, pero su antigua curiosidad había disminuido o ya no consideraba sensato interrogarme, porque los rencores nunca volvieron a ser tan evidentes como al principio.
También progresaba mi período de aprendizaje. Cuanto más participaba en las tareas en el exterior, más me daba cuenta del esfuerzo conjunto que significaba mover la ciudad.
Al finalizar mi última milla con Malchuskin me trasladaron, por orden de Clausewitz, a la milicia. Fue una sorpresa ingrata porque yo había dado por sentado que, luego de completar mi entrenamiento en las vías, empezaría a trabajar con mi propio gremio, el de los Futuros. Empero, me iban a transferir a otro gremio de primera clase cada tres millas.
Lamentaba dejar a Malchuskin. Su simple aplicación al duro trabajo de los rieles tenía un innegable atractivo. Cuando hubimos pasado el cerro, encontramos un terreno más fácil para tender las vías. Como el nuevo grupo de obreros seguía trabajando sin presentar enfadosas quejas, desapareció el descontento de Malchuskin.
Antes de presentarme a la milicia, busqué a Clausewitz. No quería armar un escándalo, pero sí le pregunté el motivo de la decisión.
—Es lo acostumbrado, Mann —dijo.
—Señor, yo creía que ya estaba listo para ingresar a mi propio gremio.
Sentado detrás de su escritorio, no se mostró fastidiado por mi leve protesta. Supuse que estaba habituado a esas preguntas.
—Debemos mantener una milicia completa. A veces se hace necesario reclutar a otros gremialistas para defender la ciudad. Si ello ocurre, no tenemos tiempo de entrenarlos. Todos los gremialistas plenos han cumplido su condena en la milicia, y lo mismo debe hacer usted.
Ante eso no había discusión posible, de modo que pasé a ser Ballestero de Segunda Clase Mann durante las tres millas siguientes.
Detesté esa época, rabioso como estaba por la pérdida de tiempo y por la aparente insensibilidad de los hombres con quienes me vi forzado a trabajar. Sabía que sólo conseguía complicarme la vida allí, y a las pocas horas era quizás el recluta más impopular de toda la milicia. Mi único alivio era la presencia de otros dos aprendices —uno del gremio de Tráfico y otro de Tracción— que parecían compartir mi punto de vista. Ellos, sin embargo, tenían la afortunada habilidad de adaptarse a los nuevos compañeros, y por lo tanto sufrían menos que yo.
Los cuarteles quedaban en la zona de los establos, en la base misma de la ciudad. Constaban de dos dormitorios grandes, y se nos obligaba a vivir, comer y dormir en condiciones de insufrible hacinamiento e inmundicia. Durante los días soportábamos períodos interminables de entrenamiento que incluían largas marchas a través del campo. Se nos enseñaba a luchar desarmados, a cruzar ríos nadando, a treparnos a los árboles, a comer hierba y una cantidad de otras actividades fútiles. Al finalizar las tres millas había aprendido a tirar con ballesta y a defenderme sin armas. Me había hecho también de grandes enemigos personales, y sabía que me convenía alejarme de su presencia por un tiempo prudencial.
Luego me transfirieron al gremio de Tracción y de inmediato me sentí más contento. Más aún, a partir de ese momento y hasta la culminación de mi aprendizaje, mi vida fue placentera y fructífera.
Los hombres a cargo de la tracción de la ciudad eran callados, laboriosos e inteligentes. Se movían sin apuros pero se preocupaban por cumplir la labor asignada y cumplirla bien.
Mi única experiencia anterior con su trabajo —cuando presencié el remolque de la ciudad— no me había demostrado la magnitud de sus operaciones. La tracción no era simplemente cuestión de mover la ciudad sino que también abarcaba sus asuntos internos.
Me enteré de que había un enorme reactor nuclear ubicado en el centro de la ciudad, en el nivel inferior, que proveía la energía eléctrica. Los hombres que lo manejaban eran al mismo tiempo responsables de los sistemas sanitario y de comunicaciones. Muchos de los gremialistas de Tracción eran ingenieros hidráulicos, y me enteré también de que por toda la ciudad corría un complicado sistema de cañerías que aseguraba la recirculación de casi la última gota de agua. Descubrí horrorizado que el sintetizador de alimentos se basaba en un dispositivo de destilación de aguas residuales, y aunque era programado y manejado por directores que vivían en la ciudad, era en la sala de bombeo de Tracción donde finalmente se determinaba la cantidad (y en algunos aspectos la calidad) de los alimentos sintéticos.
El reactor tenía casi como función secundaria el accionar los guinches.
Había seis guinches instalados en una imponente edificación que se extendía de Este a Oeste, en la base de la ciudad. De los seis, se usaban sólo cinco a un mismo tiempo; el otro era revisado por rotación. El motivo principal de preocupación respecto de los guinches eran los apoyos los cuales, luego de miles de millas de uso, estaban muy gastados. Durante el lapso que pasé con este gremio, se discutía mucho si debía proseguirse la tracción con cuatro guinches —contando así con más tiempo para reparar los sostenes—, o si debían utilizarse los seis, reduciendo de este modo el desgaste. El consenso general parecía ser continuar con el sistema actual, ya que no se tomaron decisiones de importancia.
Una de las tareas que me asignaron fue la de controlar los cables, tarea también practicada periódicamente dado que los cables eran tan viejos como los guinches y se quebraban con cierta frecuencia. Cada uno de los seis cables usados en la ciudad había sido reparado varias veces, y aparte de la debilidad que ello aparejaba, varios tramos hablan comenzado a desgastarse. Antes de los remolques, por lo tanto, había que controlar centímetro por centímetro los cinco cables, limpiarlos, engrasarlos y componerlos donde se encontraban zonas gastadas.
En la sala del reactor o cuando trabajábamos afuera, en los cables, el tema de conversación era siempre cómo recuperar el terreno perdido hacia el óptimo. Cómo podían mejorarse los guinches, cómo podían obtenerse los nuevos cables. En todo el gremio bullían las ideas, pero no eran hombres aficionados a las teorías. Gran parte de su trabajo se relacionaba con asuntos prácticos. Por ejemplo, mientras yo trabajé con ellos se comenzó un nuevo proyecto para construir un depósito adicional de agua en la ciudad.
Una agradable ventaja de esta etapa del aprendizaje era que podía pasar las noches con Victoria. Aunque por la noche regresaba a la habitación sucio y con calor, durante este breve período tuve la satisfacción de disfrutar de una vida doméstica y de las gratificaciones de un empleo digno.