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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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– ¿Quiere eso decir que no vamos a pasarlo bien?

– ¿Podrías pasarlo bien viendo a la gente perder dinero en el juego?

– No todos pierden -dijo él.

– Ni todo el que salta desde un tejado se rompe una pierna -repuso ella.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que el Casino gana dinero y, si lo gana, es porque la gente lo pierde. En el juego. Quizá no pierdan todas las noches, pero siempre acaban perdiendo.

Brunetti pensó en tomar otro vasito de grappa pero dominó la tentación y dijo:

– De acuerdo. Pero, aun así, ¿podemos pasarlo bien?

– Eso lo veremos mañana por la noche -respondió ella.

* * *

Brunetti había decidido confiar en la suerte y esperar a que alguien del Casino reconociera o recordara al hombre de la foto que Paola había traído de la universidad. De todos modos, quizá Fortuna no fuera la divinidad más indicada a la que invocar en este lugar, del que sin duda recibiría peticiones más perentorias. También comprendía que, aunque descubriera la identidad del joven, o aunque lo encontrara en persona, lo único que podría hacer, quizá, después de comprobar si tenía antecedentes, sería pasar la información a Guarino. Ni aun con un gobierno de derechas era delito tomar una foto.

Por más que Brunetti se recordaba a sí mismo que era un ciudadano particular que había venido al Casino en compañía de su señora esposa, comprendía que no era probable que pasara inadvertido, por ser el policía que, durante los últimos años, había practicado dos investigaciones en el local.

Nada más entrar, el recepcionista lo reconoció, pero, al parecer, la entidad no le guardaba rencor, y le brindó recibimiento de VIP. Él rechazó las fichas de obsequio que le ofrecían y adquirió otras por valor de cincuenta euros, de las que dio a Paola la mitad.

Hacía años que no venía; por lo menos, desde la última vez que había arrestado al director. El lugar no había cambiado mucho: reconoció a algunos crupiers, dos de los cuales también habían sido arrestados aquella última vez, acusados de haber organizado el sistema por el cual se había estafado al Casino una suma que nadie había podido calcular y que podía ascender a cientos de miles o, quizá, millones de euros. Acusados, convictos y sentenciados, habían vuelto a sus puestos de crupiers, cual funcionarios que tuvieran la plaza en propiedad. A pesar de la compañía de Paola, Brunetti ya barruntaba que no iba a pasarlo bien.

Fueron hacia las mesas de la ruleta, lo único a lo que Brunetti se creía capaz de jugar, ya que no había que contar cartas ni calcular probabilidades. Apostar. Ganar. Perder.

Al acercarse, observó a las personas agrupadas alrededor de una de las mesas, buscando la cara que había visto sólo en tres cuartos de perfil. No era muy buena la foto recibida aquella mañana, sin indicación de cuándo, dónde ni por quién había sido tomada.

Quizá, con un telefonino. En ella aparecía un hombre de poco más de treinta años. Estaba de pie, junto a la barra de un bar, hablando con alguien que había quedado fuera de la foto. Tenía el cabello oscuro, castaño o negro: la imagen no estaba bien definida. Sólo era visible un pómulo y una ceja entera, de ángulo muy pronunciado, ceja de personaje de dibujos animados. No se podía apreciar la estatura, pero la complexión era mediana. Tampoco se distinguía la calidad de la indumentaria: traje oscuro, camisa clara y corbata.

Brunetti y Paola se quedaron unos minutos en la parte exterior del corro de personas atraídas por la magia de la rueda, escuchando el clic, clic, clic que hacía la bola al girar, el chasquido seco con que caía en la casilla, y luego el silencio: la pérdida se encajaba sin un suspiro y la ganancia se recibía con impasibilidad. Qué falta de entusiasmo, pensó Brunetti. Debía de considerarse una ordinariez demostrar alegría.

Varios perdedores desaparecieron de la mesa, arrastrados por la marea implacable del juego y otros ocuparon sus puestos, entre ellos, Brunetti y Paola. Brunetti puso una ficha en la mesa, sin mirar dónde y esperó, observando las caras del otro lado, todas, vueltas hacia el crupier y, tan pronto como éste arrojó la bola, hacia la ruleta.

Paola, a su lado, le oprimió el brazo cuando la bola cayó en el número siete y su ficha desapareció, con otras muchas, por la ranura del olvido. Ella estaba tan compungida como si su marido hubiera perdido diez mil euros en lugar de diez. Se quedaron varias jugadas más, hasta que los hizo marchar el bovino empuje de los que estaban detrás, aguijoneados por la expectativa de perder.

Deambularon hacia otra mesa y estuvieron un cuarto de hora en la periferia, observando el flujo y reflujo de jugadores. Brunetti se fijó en un joven -no sería mucho mayor que Raffi- que estaba justo enfrente, al otro lado de la mesa. Cada vez que el crupier anunciaba las últimas apuestas, él ponía una pila de fichas en el número doce, y cada vez se las llevaba la raqueta.

Brunetti estudiaba su rostro, joven y terso. Los labios, gruesos y lustrosos, recordaban los de uno de los agrestes santos de Caravaggio, pero los ojos, sin un reflejo ni siquiera de decepción por las reiteradas pérdidas, eran distantes y opacos como los de una estatua. Ojos que ni se dignaban mirar el montón de fichas, que él distribuía de manera aleatoria -roja, amarilla, azul, como si la cuantía de la apuesta fuera lo de menos- aunque en pilas de altura similar, unas diez, ficha más o menos.

El chico perdía una y otra vez y, cuando liquidó las fichas que tenía delante, sacó un puñado del bolsillo de la chaqueta, que distribuyó al azar, sin mirarlas.

A Brunetti se le ocurrió de pronto que el chico podía ser ciego y que jugaba guiándose por el tacto y el sonido. Siguió observándolo, atento a esta posibilidad, hasta que el chico le lanzó una mirada tan cargada de hostilidad que Brunetti no pudo menos que desviar la suya, como si hubiera sorprendido a alguien cometiendo un acto obsceno.

– Vamonos de aquí -oyó decir a Paola, y sintió en el codo la presión de su mano que tiraba de él sin delicadeza hacia el espacio abierto de entre las mesas-. No soportaba ver a ese chico -añadió, poniendo voz a lo que él estaba pensando.

– Ven -dijo él-, te invito a una copa.

– Qué espléndido -exclamó ella, pero se dejó llevar al bar, donde Brunetti la convenció para que tomara un whisky, licor que ella bebía muy raramente y nunca le gustaba. Él le puso en la mano un vaso cuadrado, brindó y la observó tomar el primer sorbo. Ella frunció los labios en una mueca, quizá un tanto melodramática, y dijo:

– No sé por qué consiento en que me hagas beber esta cosa.

– Si la memoria no me falla, hace diecinueve años que dices eso, desde la primera vez que fuimos a Londres.

– Y tú sigues tratando de convertirme -respondió ella tomando otro sorbo.

– Bien bebes grappa, ¿no? -preguntó él con suavidad.

– Sí, pero la grappa me gusta. Mientras que esto -dijo ella alzando el vaso-, esto me sabe a aguarrás.

Brunetti apuró su whisky y puso el vaso en el mostrador, pidió una grappa di moscato y tomó el vaso de Paola.

Si él esperaba que su mujer pusiera objeciones, ella lo defraudó diciendo:

– Gracias. -Tomó el vasito que le había servido el barman y, volviéndose hacia la sala que acababan de abandonar, dijo-: Es deprimente verlos ahí. Dante escribe acerca de almas como ésas. -Tomó un sorbo de grappa y preguntó-: ¿Son más divertidos los burdeles?

Brunetti se atragantó, escupió el whisky en el vaso, que dejó en el mostrador, sacó el pañuelo y se enjugó los labios.

– ¿Qué dices?

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