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Noches en el desierto

Электронная книга - «Noches en el desierto». Краткое содержание книги:

Claudia intentaba no deprimirse pensando en las cosas buenas que pudieran aportarle los treinta, mientras se acomodaba en el avión, dispuesta a emprender un largo viaje para celebrar su cumpleaños. Y su compañero de asiento, David Stirling, desde luego no era la mejor compañía.
Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer.
La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.
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Levantó su vaso en dirección a Claudia y le sonrió con lo que casi pareció arrepentimiento.

– ¡Por Claudia! -se oyó en toda la habitación, pero ella apenas se dio cuenta, debido a que no podía apartar los ojos de él.

David la acercó más todavía y ella levantó instintivamente la cabeza, de modo que él la besó sin que su cuerpo obedeciese las órdenes de su cerebro.

Incluso cuando ya no tenía remedio, él se intentó convencer de que iba a ser un beso impersonal y breve para satisfacer la expectación que habían levantado, pero el modo en que se juntaron sus labios le hizo darse cuenta de que estaba equivocado. Los labios de ella eran cálidos y lo besaban de una manera natural. El beso fue cobrando vida propia y los envolvió en un mundo dulce repleto de promesas.

Claudia se dio cuenta de que estaba girando lentamente, con una mano sobre la espalda de él y la otra sobre el pecho. Lucy, Patrick y el resto habían desaparecido, dejándolos solos. Claudia ya no quería pensar en lo que David le había dicho o hecho anteriormente, prefería concentrarse en la fuerza con la que la apretaba contra él, en sentir su brazo alrededor de ella, en el sabor de su boca y en que, por unos momentos al menos, él le pertenecía.

Se oyeron varios suspiros sentimentales que hicieron que David tratara de recuperar el control, aunque sin conseguirlo. Tomó aire por un momento, pero en seguida se encontró besándola de nuevo.

Finalmente, se obligó a dejarla marchar y, por unos momentos, se quedó aturdido, mientras la gente silbaba y aplaudía.

Claudia apenas pudo oír el aplauso. Sentía las piernas débiles, como si necesitara que la sujetase David de nuevo para poder mantenerse en pie.

Lucy se acercó a ellos sonriendo de oreja a oreja.

– Habéis estado fantásticos. Después de esa actuación, creo que deberíais dedicaros al teatro.

Esas palabras fueron como un cubo de agua fría que terminó de devolverlos a la realidad. Se separaron el uno del otro y se miraron de un modo ridículamente incómodo. David tenía todavía el vaso en la mano y miró al suelo preguntándose cómo había podido pasar aquello.

Los labios de Claudia temblaban, su sangre hervía y no sabía qué hacer con las manos. Las sentía vacías después de haberlas tenido alrededor de David. Cuando alguien le dio una copa de champán, la tomó de un trago en un intento de calmar sus nervios agitados.

– Lo siento, David -murmuró Patrick, acercándose a ellos-. Intenté convencerlos de que vosotros no queríais que os dijeran nada de la boda, pero no se lo creyeron.

– No te preocupes -contestó David, aclarándose la garganta.

– ¿No lo han hecho estupendamente, en cualquier caso? -dijo Lucy.

– Estupendamente, sí -respondió Patrick, mirando a ambos.

Claudia no podía mirar a David, que parecía perfectamente capaz de seguir una conversación normal con Patrick, mientras ella sólo quería esconderse en sus brazos. Horrorizada, se apartó e intentó conversar con otro grupo.

Todo el mundo quería felicitarla. Claudia intentaba en todo momento decir lo adecuado, pero le era muy difícil concentrarse. Todavía sentía el beso de David en sus labios.

Llegó un momento en que pensó que no podía controlar por más tiempo lo que estaba pasando a su alrededor, así que tuvo que salir a la terraza. Justin, que estaba solo, sonrió al verla y se acercó a ella.

– Parece que necesita un descanso. ¿Le cansan las reuniones con mucha gente?

– Algo así -admitió-. ¿Qué está haciendo aquí solo? -preguntó, tras una pausa.

– También a mí me cansan las reuniones -dijo, con una sonrisa-. Quería pensar un poco.

– Lo siento. No tenía que haberle interrumpido.

– No, me alegra que haya venido. Para decirle la verdad, estaba pensando en usted y David. Es maravilloso verlos juntos -el hombre miró a la lejanía unos segundos-. Mis padres se separaron cuando yo era un niño, y siempre he jurado no cometer el mismo error. Lo que ocurre es que, cuando conoces a alguien que te parece especial, piensas si no merece la pena arriesgarte. Usted y David decidieron arriesgarse.

– No llevamos mucho tiempo casados -contestó incómoda.

Justin movió la cabeza.

– Hay un lazo fuerte entre ambos, todos nos damos cuenta. No están juntos todo el tiempo, como hacen otras parejas, pero se nota que continuamente están atentos uno del otro. Es una especie de electricidad, creo. Lo noté nada más conocerlos.

– ¿De verdad?

– Seguro. ¿Cree que el matrimonio es más estable cuanto se establece en la madurez? -el hombre hizo una mueca, arrepintiéndose de lo dicho-. Lo siento, no he querido ser grosero.

– No pasa nada -dijo Claudia, riéndose-. Tener treinta años no es ser un anciano, pero entiendo lo que ha querido decir. Cuanto mayor eres, más posibilidades tienes de saber elegir.

– Exactamente. Eso lo hace menos arriesgado, ¿no es así? Mucho menos que si uno se casa mucho más joven… por ejemplo, a los veinte.

Su tono intentaba ser ligero, pero a Claudia no la engañaba. Parecía como si Justin pensara en algo determinado.

– De todas maneras, no creo que haya una edad ideal para casarse. Siempre existirá un riesgo. Nunca se sabe cómo van a funcionar las cosas. Lo importante es que sientas que te estás casando con la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida. Y no creo que importe si tienes veinte, cuarenta o sesenta.

– Hay diez años de diferencia entre David y usted, ¿no? ¿Cree usted que habría sido lo mismo si se hubieran conocido hace diez años, cuando usted tenía veinte y él treinta?

Claudia pensó en sí misma cuando tenía veinte años. No tenía arrugas alrededor de los ojos y su piel era más suave, pero era insegura y trataba de disimularlo bajo una fachada un poco arrogante que podría engañar a más de uno. De todos modos, no pensaba que entre ellos pudiera haber mejor relación que la que tenían en ese momento.

– Es difícil decirlo, pero creo que sería lo mismo -contestó, un poco triste.

Justin dio un suspiro, como si se hubiera quitado un peso de encima.

– Me alegra mucho haber hablado con usted, Claudia. Es usted maravillosa… -se interrumpió al ver aparecer a alguien-. ¡Oh, David!

Claudia se dio la vuelta y vio en la entrada a David. Su cuerpo alto y sólido destacaba a contraluz. Era imposible ver la expresión de su cara.

Justin se levantó.

– ¿Estaba buscando a su esposa? -preguntó, de buen humor, Justin.

– Así es -dijo David-. Pero parece muy contenta aquí.

– Es una gran señora. Me ha estado dando algunos consejos sobre el matrimonio.

– ¿De veras? -preguntó David, con una sonrisa de la que no participaban ni sus ojos ni sus puños cerrados.

– Se está haciendo tarde. ¿Te apetecería que nos retiráramos?

– Sí -respondió Claudia, con un ataque repentino de timidez. Herida por la lejanía de su voz, que sugería que no le había importado nada que ella estuviera sentada allí con Justin.

Se levantó y se dirigió con David a despedirse de Lucy y Patrick. Seguidamente se despidieron de otros invitados.

Finalmente, salieron por la puerta. Cuando estuvieron a solas, David soltó a Claudia y caminaron en silencio hacia el coche.

Cuando David encendió las luces, Claudia vio su perfil iluminado. Observó la poderosa línea de su nariz y su barbilla y, por primera vez, tuvo conciencia de la atracción que sentía hacia él. No hacia el ingeniero y director de empresa, no hacia el irritable y molesto compañero de los últimos tres días, sino hacia su carne y su sangre, hacia el David con un corazón y una piel que la excitaban maravillosamente.

La mujer sintió escapar todo el aire de sus pulmones y un deseo profundo y excitante la invadió.

¿Cómo sería estar de verdad casada con él?

Claudia dio un suspiro profundo. ¿Qué le estaba pasando esa noche? No estaban casados y no querían estar a solas y, a juzgar por la indiferencia del rostro de David al encontrarla a solas con Justin, no tenía intención de hacerle el amor al llegar al palacio.

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