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Enamorado de Gracie

Электронная книга - «Enamorado de Gracie». Краткое содержание книги:

A los catorce años, Gracie se había enamorado de chico mayor que ella, Riley. Tan grandes habían sido las locuras que había hecho para atraer su atención que ni siquiera después de tantos años la gente del pueblo de Los Lobos la dejaba olvidarse de su enamoramiento de adolescencia.
¿Y cómo podría olvidarlo si a cada momento se encontraba con Riley? El que en otro tiempo había sido el chico rebelde del pueblo había regresado buscando el respeto de los demás, pero las chispas que saltaban cada vez que se veían eran demasiado salvajes. Gracie había decidido guardar las distancias, pero cuando alguien se empeñó en arruinar la reputación de ambos, descubrieron que, a veces, el primer amor mejoraba con los años…
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– Te buscan a ti -le dijo a Zeke.

– Lo siento -repitió Gracie por cuadragésimo séptima vez en dos minutos.

– No importa -reiteró Riley. Era cierto.

– Claro que importa. Es terrible. Necesito dejarte en paz.

Gracie y Riley estaban en un lado del vestíbulo mientras, al otro, Zeke y Alexis estaban teniendo una acalorada discusión, aunque en voz muy baja.

– Yo no quería venir -reiteró Gracie-. Básicamente ella me convenció para que lo hiciera. Él le dijo que iba a estar aquí esta noche y Alexis quiso asegurarse.

– Ya me lo había imaginado.

– Me siento tan mal… Te juro que estaba intentando mantenerme al margen. Si te fijas bien, no me has visto en dos días. Me imaginé que eso sería lo mejor para ambos.

Riley se había dado cuenta. Lo que no quería admitir ante nadie, ni siquiera ante sí mismo, era que la había echado de menos.

– ¿Sigues recibiendo comentarios sobre la foto del periódico?

– No. En realidad he estado tratando de evitar todo contacto con mi familia. Y más o menos con todo el mundo. Pensé que lo mejor sería tratar de pasar desapercibida. Entonces, Alexis vino a buscarme.

– Nos marchamos.

Riley se dio la vuelta y vio que Zeke había rodeado a Alexis con el brazo.

– Tal vez podamos terminar mañana -añadió

– Claro.

– Gracie -le dijo Alexis a su hermana-. Te llamaré mañana, ¿de acuerdo?

– Claro. Buenas noches.

Cuando la puerta principal se cerró, Gracie suspiró

– No sé si van a hacer el amor para firmar la paz o a pelearse más.

– Yo tampoco lo quiero pensar

A Riley no le interesaba la vida sexual de nadie, a excepción, posiblemente, de la de Gracie y él. Aún recordaba el último beso que había compartido. Aunque sabía que era una locura dejarse llevar por sus instintos, su cerebro no estaba necesariamente al mando.

– Te estás portando muy bien en este asunto -comentó ella.

Le gustaba mirarla. Le gustaban sus ojos azules y la curva de su boca. Le gustaba ver cómo ella miraba el pendiente que llevaba con una parte de fascinación y de miedo a la vez. Le gustaba que Gracie hiciera pasteles, que adorara las tormentas. Y que se la pudiera comprar por el precio de un horno profesional.

– Me alegro de que hayas venido.

– Sí. Alexis se ha marchado ahora, por lo que tal vez yo debería marcharme también.

Riley no quería que se marchara. Aunque no iban a hacer el amor, por mucho que él la deseara, no quería quedarse solo.

– ¿Quieres que te enseñe la casa?- preguntó.

Gracie habría esperado cualquier otro comentario antes de aquél. Jamás se habría pensado que él se ofrecería de guía. Aunque sabía que lo más sensato sería marcharse, sonrió a modo de aceptación.

– Me encantaría.

Riley le deslizó una mano por debajo del cabello y le agarró la nuca.

– Éste es el vestíbulo -dijo él.

– Ya me lo había imaginado -bromeó ella-. Es muy grande. ¿Cómo le limpias el polvo a eso? -preguntó señalando una enorme lámpara de cristal.

– Ni idea.

Le acariciaba suavemente la piel con los dedos, haciendo que Gracie fuera aún más consciente de su presencia

– Salón -dijo, señalando hacía la izquierda con la mano que le quedaba libre.

Gracie se dirigió hacia la puerta. La sala era enorme, con hermosos y antiguos muebles, alfombras orientales y unos pesados cortinajes de terciopelo en la ventana.

– ¿Es muy oscura esta habitación durante el día? Estoy segura de que esas cortinas no dejan pasar ni un rayo de luz.

– No tengo ni idea. No vengo aquí mucho.

Más allá del salón había otra sala y luego una suite, con dormitorio, cuarto de baño y salón.

– Para la doncella -dijo Gracie

– Tengo una señora que viene a limpiar dos veces por semana.

La cocina era enorme y no había sido reformada desde los años cincuenta. Contaba con una despensa que albergaría cómodamente a una familia de cuatro personas. Para Gracie, aquello era un paraíso.

– Esta cocina necesita un buen arreglo -comentó ella-. Házmelo saber si necesitas sugerencias. Me he pasado tardes enteras babeando sobre catálogos de cocinas.

– A mí me va más comprar comida preparada o calentar algo en el microondas

– No me importa cuántos dormitorios tenga esta casa, ni la biblioteca ni las antigüedades, pero esta cocina me vuelve loca.

– Hazme una oferta.

– Creo que no tengo suficiente dinero -replicó ella, mirándola muy atentamente-. Veo qué no estás bromeando. Serías capaz de vender esta casa.

– Por supuesto. No es la mía.

– ¿Dónde está tu casa?

– En la plataforma petrolífera en la que esté en el momento -respondió él, indicándole a Gracie que se sentara en uno de los taburetes. Él también tomó asiento-. Estoy acostumbrado a dormir en habitaciones minúsculas con seis hombres más y trabajando en turnos de rotación. Una plataforma petrolífera es un trabajo de veinticuatro horas al día.

– Me dijiste algo sobre los mares del Sur de China, ¿Cómo llegaste allí desde aquí?

– Cuando me marché, me dirigí al norte y terminé en Alaska trabajando en un barco de pesca deportiva. Allí conocí a un par de tipos en un bar. Estaban buscando gente para una plataforma que acababan de comprarle a una compañía petrolífera. Los peces gordos habían dicho que no había más petróleo, pero esos dos no estaban de acuerdo.

– ¿Y te fuiste con ellos así como así?

– Por un puñado de acciones. Por suerte para mí tenían razón. El trabajo es muy duro, pero merece la pena. Aprendí todo lo que pude. Diez años más tarde, compramos una segunda plataforma y nos convertimos en una empresa a tener en cuenta.

– El chico malo se convierte en uno bueno. Debes de estar muy orgulloso.

– Así es como me gano la vida.

– Ahora diriges el banco.

– Sí, el banco…

Gracie miró a su alrededor.

– Esto no es a lo que tú estás acostumbrado, ¿verdad?

– Dispongo de más metros cuadrados. No sé… La casa está muy vacía. Hay una docena de habitaciones que aún no he visto. Sin embargo, a mi madre le habría gustado. Ella creció aquí.

– ¿De verdad? No lo sabía. ¿Porqué no…?

Gracie apretó los labios. Se recordó que no era asunto suyo.

– Puedes preguntar. La razón por la que yo no regresé a esta casa cuando regresamos a Los Lobos fue que el hermano de mi madre, mi tío, jamás la perdonó por haberse casado con mi padre. Sus padres habían muerto cuando ella era muy joven y su hermano la crió. Ella se escapó con mi padre cuando tenía poco más de diecisiete años. Mi tío Donovan le dijo que regresara o que le dejaría sin un céntimo. Mi madre eligió el amor por encima del dinero.

Gracie quería decir que todo sonaba muy romántico, pero notó algo en la voz de Riley que la hizo contenerse.

– ¿Qué ocurrió?

– Se quedó embarazada. Vivió en una ruinosa casa de Arizona durante diez años. El amor de su vida jamás se molestó en casarse con ella y, un día, cuando yo tenía nueve años, desapareció. Regresamos aquí. Creo que mi madre quería reconciliarse con su hermano, pero el bueno de Donovan no quiso saber nada.

– Y eso no lo puedes perdonar.

– Es sólo una cosa de una larga lista.

– Lo siento.

– Todo ocurrió hace mucho tiempo.

– Aun así… -susurró Gracie, colocándole una mano sobre el antebrazo-. Me gustaría poder ayudarte a olvidar.

En cuestión de segundos, todo cambió. El hombre herido desapareció y en su lugar quedó un depredador. Los ojos se le oscurecieron y el cuerpo se le tensó. A Gracie le pareció que la temperatura de la cocina subía varios grados.

Riley extendió una mano y se la enredó entre el cabello.

– No es una buena idea -dijo.

– ¿El qué? -preguntó ella tragando saliva.

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