La muerte visita al dentista
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #20
- Год: 1941
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 842720079X
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:
4
Mientras bajaban la escalera para volver de nuevo al número 45, Japp iba exteriorizando, su sentir:
—¡Por todos mis antepasados! ¡Creo que me voy a volver loco!
Un joven elegante los aguardaba: el sargento Beddoes, que les comunicó, respetuoso:
—No he podido sacar nada interesante de la muchacha, señor. Mistress Chapman cambiaba muy a menudo de doncella. Esta, solo hace un par de meses que trabaja en la casa. Dice que mistress Chapman es muy simpática, aficionada a la radio y una agradable conversadora. Opina que su marido es un seductor, pero que ella no lo sospecha. Ha recibido cartas del extranjero, unas de Alemania, dos de América, una de Italia y otra de Rusia. El novio de la muchacha colecciona sellos y mistress Chapman acostumbraba darle los de las cartas.
—¿Ha encontrado algo entre los papeles de mistress Chapman?
—Nada en absoluto, señor. No tiene muchos. Algunas cuentas y recibos..., todo local. Pro-gramas de teatro, un par de recetas culinarias recortadas de una revista y un impreso de las misiones de la India.
—Y podemos adivinar quién lo trajo aquí. No tiene aspecto de asesina, y, sin embargo, parece que lo es, y si no, por lo menos cómplice. ¿No vieron a algún extraño aquella noche?
—El portero no recuerda...», pero no creo que se acordase tampoco habiendo tantos pisos... y en una casa que entra y sale tanta gente. No ha olvidado a miss Sainsbury Seale porque al día siguiente le llevaron al hospital y aquella tarde se encontraba bastante mal.
—¿Oyeron algo los ocupantes de los otros pisos?
El sargento movió la cabeza.
—He preguntado en el de arriba y en el de abajo. Nadie recuerda haber oído nada anormal. Los dos tenían la radio conectada.
El forense venía de lavarse las manos.
—¡Qué cadáver tan hediondo! —dijo alegremente—. Avísenme cuando estén ustedes listos, y le clavaremos una tapa de latón.
—Doctor, ¿tiene alguna idea sobre la causa de su fallecimiento?
—Imposible decirlo hasta que haya hecho la autopsia. En la mayoría de los casos les desfiguran el rostro después de muertos, pero se lo diré con seguridad en el depósito de cadáveres. Era una mujer de mediana edad, sana, de cabellos grises en la raíz, aunque teñida de rubio. Puede que tuviera algunas señales en su cuerpo; si no, va a costar identificarla. ¡Oh, ya saben quién era! ¡Espléndido! ¿Qué? ¿Que es la «dama desaparecida» de quien tanto se ha hablado? Ah, yo nunca leo los periódicos; solo hago los crucigramas.
—Ya ve de lo que sirve la publicidad —dijo Japp con amargura al salir el doctor.
Poirot revolvía en el escritorio y cogió un librito de direcciones.
El infatigable Beddoes le dijo:
—Ahí no hay nada de interés... Sombrereras, modistas..., etc. He anotado todas las direcciones particulares.
Poirot abrió el librito por la letra D y leyó: «Doctor Davís, calle Príncipe Alberto 17 Drake & Pompinelli, pescadería.» Y debajo: «Dentista, mister Morley, calle Reina Carlota, 58.»
Una lucecita brilló en los ojos del detective a! decir:
—Me parece que no habrá dificultad para identificar el cadáver.
—Pues claro..., no supondrá...—Japp le miro extrañado.
—Quiero estar seguro—repuso Poirot con vehemencia.
5
Miss Morley se había trasladado al campo. Habitaba un hotelito cerca de Hertford, donde recibió a Poirot cordialmente. Desde la muerte de su hermano su rostro habíase vuelto más sombrío, su aire más altivo y su modo de ver la vida en general más exigente. Estaba resentida por los cargos que se hicieron durante el proceso contra el buen nombre profesional de su hermano.
Según ella, Poirot compartía la opinión de que el veredicto del forense fue falso.
Respondió a todas sus preguntas con bastante prontitud y competencia. Todos los papeles profesionales habían sido cuidadosamente archivados por miss Nevill y entregados al odontólogo que había de encargarse de sus pacientes. Algunos de estos se pasaron a mister Reilly, otros aceptaron a su nuevo socio y el resto buscaron otros dentistas.
Miss Morley decía, después de darle todos los informes que pudo:
—Así, que han encontrado a esa mujer, miss Sainsbury Seale, que era paciente de mi her-mano... y también ha sido asesinada.
El «también» era desafiador. Recalcó la palabra.
—¿Su hermano no le habló nunca en particular de esa señorita? —le preguntó el detective.
—No. No recuerdo. Me hablaba de sus casos difíciles, de las cosas graciosas que le decían; pero en general no hablábamos mucho de su trabajo. Le gustaba olvidarlo al terminar su tarea. A veces estaba muy fatigado.
—¿Recuerda haber oído hablar de miss Chapman como cliente de su hermano?
—¿Chapman? Creo que no. Miss Nevill es la indicada para informarle sobre este particular.
—Estoy deseando ponerme en contacto con ella. ¿Dónde está ahora?
—Está empleada en casa de un dentista de Ramsgate, según tengo entendido.
—¿Todavía no se ha casado con aquel joven, Frank Carter?
—No. Ni creo que lleguen a casarse. No me gusta ese muchacho, mister Poirot. De Verdad. Es algo raro. No creo que tenga el menor sentido de la moral.
—¿Le cree usted capaz de haber matado a su hermano?
Miss Morley repuso despacio:
—Quizá sí. Tiene un carácter indomable; pero no creo que tuviera motivos ni oportunidad. Ya sabe, ni siquiera porque mi hermano tratara de convencer a Gladys para que le dejase, pues lo hizo siempre con nobleza.
—¿No cree que pudieron sobornarle?
—¿Sobornarle? ¿Para que matase a mi hermano? ¡Qué idea tan extraordinaria!
En aquel momento una doncella morenita entraba con el té. Al cerrarse la puerta tras ella, Poirot preguntó:
—Esa chica estaba en Londres con usted, ¿verdad?
—¿Agnes? Sí, es la doncella. La cocinera se fue..., no quiso venir al campo..., y Agnes lo hace todo. Se está volviendo una buena cocinera.
Poirot conocía el sistema doméstico del número 58 de la calle Reina Carlota. Recorrieron sus dependencias cuando ocurrió la tragedia. Mister Morley y su hermana habitaban los dos últimos pisos de la casa. El de arriba solo tenía una entrada, del patio interior, donde un pequeño montacargas, instalado al lado de un teléfono interior, trasladaba los encargos de las tiendas y los comestibles.
Así, que la única entrada de la casa era la principal, atendida por Alfred. Esto permitió a los policías asegurarse de que nadie pudo entrar aquella mañana.
La cocinera y la doncella habían estado varios años al servicio de los Morley y ambas tenían buen carácter. Así que aunque en teoría era posible que una de ellas bajase a asesinar a su amo, esa posibilidad no fue tenida seriamente en cuenta. Ninguna de las dos se azaró al ser interrogada y no parece haber razón para relacionarlas con su fallecimiento.
Sin embargo, cuando Agnes tendía a Poirot su sombrero y su bastón, le preguntó con desusado nerviosismo:
—¿Se ha sabido algo más de la muerte de mi señor?
Poirot volvióse para mirarla.
—No hemos sacado nada en claro.
—¿Aún siguen pensando que se suicidó por equivocarse al administrar aquella droga?
—Sí. ¿Por qué lo pregunta?
Agnes retorcía la punta de su delantal. Su rostro se alteró y dijo con dificultad:
—La señorita... no lo cree.
—¿Y usted tampoco, quizá?
—¿Yo? ¡Oh, yo no sé nada, señor! Yo solo... quisiera estar segura.
Hércules Poirot le dijo con su voz más amable:
—¿Sería un alivio para usted saber sin lugar a dudas que se suicidó?
—¡Oh, sí, señor —dijo Agnes con prontitud—; ya lo creo!
—¿Por alguna razón especial?
Sus asombrados ojos se encontraron con los del detective. Retrocedió.