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Por siempre jamás [Gone for Good-es]

Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:

Will Klein tiene su héroe: su hermano mayor Ken. Una noche de calor agobiante aparece en el sótano de la casa de los Klein una joven, antiguo amor de Will, asesinada y violada.
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
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– ¿No te das cuenta de lo que le hizo a tu madre?

– Acababan de matar a su hija y estaba muy apenada.

– ¿Y ha estado esperando hasta hoy para arreglar las cosas? ¿Ahora que ya no sirve de nada? -replicó moviendo severo la cabeza de un lado a otro-. Yo no admito disculpas y tu madre ya no puede oírlas.

Se abrió la puerta y entraron tía Selma y tío Murray con sonrisa de circunstancias. Selma pasó a la cocina y Murray se puso a manosear un panel de la pared suelto que había visto el día anterior.

Mi padre y yo dejamos de discutir.

17

La agente especial Claudia Fisher enderezó la espalda y llamó a la puerta.

– Adelante.

Fisher hizo girar el picaporte y entró en el despacho del director Joseph Pistillo adjunto responsable. Después del director en Washington, un director adjunto es el agente del FBI con mayor relevancia y poder.

Pistillo alzó la vista y no le gustó lo que vio.

– ¿Qué sucede?

– Han encontrado muerta a Sheila Rogers -dijo la agente.

Pistillo farfulló una maldición.

– ¿Cómo?

– Apareció en una cuneta de Nebraska, sin documentos de identificación. Comprobaron las huellas en la base de datos y era ella.

– Maldita sea.

Pistillo se mordió una cutícula mientras Fisher aguardaba.

– Quiero la confirmación visual -dijo él.

– Está hecha.

– ¿Qué?

– Me tomé la libertad de enviar por correo electrónico a la sheriff Farrow unas fotos de Sheila Rogers, y tanto ella como el forense confirman que se trata de la misma persona. También coinciden la altura y el peso.

Pistillo se reclinó en el asiento, cogió un bolígrafo, se lo llevó a la altura de los ojos y se quedó mirándolo hasta dirigir un gesto a la agente que la invitaba a sentarse. Fisher así lo hizo.

– Los padres de Sheila Rogers viven en Utah, ¿verdad? -preguntó él.

– En Idaho.

– Bueno, eso. Hay que comunicárselo.

– Tengo a la espera a la policía local de su lugar de residencia. El jefe los conoce personalmente.

– Muy bien, de acuerdo -dijo Pistillo asintiendo con la cabeza y quitándose el bolígrafo de la boca-. ¿Cómo la mataron?

– Probablemente murió de una hemorragia interna a consecuencia de golpes, pero no han terminado la autopsia.

– Dios bendito.

– La torturaron: tenía los dedos dislocados y retorcidos. Debieron de utilizar unos alicates. Y en los pechos había quemaduras de cigarrillo.

– ¿Cuánto tiempo llevaba muerta?

– Falleció probablemente ayer a última hora o a primera hora de hoy.

Pistillo miró a Fisher y recordó que Will Klein había estado sentado en aquella misma silla la víspera.

– Qué rápido -dijo.

– ¿Cómo dice?

– Si huyó, como es de suponer, la encontraron rápido.

– A menos que ella fuera a su encuentro.

– O que no huyera -añadió Pistillo.

– No lo entiendo.

Pistillo miró un instante el bolígrafo.

– Siempre hemos dado por supuesto que Sheila Rogers huyó a causa de su relación con los asesinatos de Alburquerque, ¿no es eso?

Fisher ladeó la cabeza despacio.

– Pues, sí y no. Quiero decir que ¿por qué iba a volver a Nueva York para huir de nuevo?

– Quizá pretendía asistir al funeral de la madre de Klein. No sé -replicó Pistillo-. De todos modos, no creo que eso importe ahora. A lo mejor no sabía que la buscábamos. O tal vez, escuche lo que le digo, Claudia, la secuestraron.

– ¿Cómo lo harían?

– Según Will Klein -respondió Pistillo dejando el bolígrafo-, se fue del apartamento ¿a qué hora?, ¿a las seis de la mañana?

– A las cinco.

– Bueno, a las cinco. Reconstruyámoslo con arreglo a esos datos. Sheila Rogers sale del apartamento a las cinco. Se esconde. Alguien la encuentra, la tortura y la deja tirada en el quinto infierno en Nebraska. ¿Le parece factible?

– Demasiado rápido, como usted dice -comentó Fisher asintiendo.

– ¿Muy rápido?

– Eso creo.

– Es cuestión de coordinarlo -replicó Pistillo- porque lo más probable es que la secuestraran a primera hora nada más salir del apartamento.

– ¿Para llevarla en avión a Nebraska?

– O en coche, conduciendo como un loco.

– O… -balbució Fisher.

– ¿O qué?

La agente miró a su jefe.

– Me parece que los dos llegamos a la misma conclusión: es un plazo de tiempo muy corto. Probablemente desapareció la noche anterior -añadió.

– O sea, ¿que…?

– O sea, que Will Klein nos mintió.

– Exacto -apostilló Pistillo sonriente.

– Muy bien, otra posibilidad más verosímil es -comenzó a decir Fisher sin interrupciones-: Will Klein y Sheila Rogers asisten al entierro de la madre de él, regresan a casa de los padres y, según Klein, aquella tarde vuelven en coche al apartamento de Nueva York. Pero no tenemos confirmación independiente de ello. Así que tal vez -prosiguió tratando inútilmente de hablar más despacio-, tal vez la entregó a un cómplice que la torturó y abandonó después el cadáver. Mientras tanto, Will regresa a su apartamento y acude al trabajo por la mañana y, cuando Wilcox y yo lo sorprendemos en su despacho, se inventa la historia de que ella se fue por la mañana.

– Es una hipótesis interesante -dijo Pistillo asintiendo con la cabeza.

Claudia Fisher lo miró sin inmutarse.

– ¿Y el móvil? -preguntó él.

– Klein tenía que silenciarla.

– ¿Por qué?

– Por lo que sucediera en Alburquerque.

Reflexionaron los dos en silencio.

– No me convence -dijo Pistillo.

– A mí tampoco.

– Pero estamos de acuerdo en que Will Klein sabe más de lo que cuenta.

– Sin ninguna duda.

Pistillo lanzó un suspiro prolongado.

– De todos modos, tenemos que darle la mala noticia del fallecimiento de la señorita Rogers.

– Sí.

– Llame a ese jefe de policía de Utah.

– Idaho.

– Bueno, lo que sea. Dígale que comunique la noticia a los padres y que los haga venir en avión para efectuar la identificación oficial.

– ¿Y Will Klein?

Pistillo reflexionó un instante.

– Llamaré a Cuadrados a ver si él nos echa una mano para descargar el golpe.

18

La puerta de mi apartamento estaba abierta.

Después de la llegada de tía Selma y tío Murray, mi padre y yo nos rehuimos el uno al otro. Yo quiero a mi padre; creo que eso ha quedado claro, pero hay algo en mí que me impulsa irracionalmente a responsabilizarlo de la muerte de mi madre. No sé por qué tengo esa sensación, y me resulta muy duro admitirlo, pero desde el primer día en que cayó enferma comencé a mirarlo de un modo distinto. Como reprochándole no haber hecho el esfuerzo debido. O quizá lo culpaba por no haber contribuido a que ella se sobrepusiera al asesinato de Julie Miller; no haber sido lo bastante fuerte ni bastante buen marido. ¿No habría podido el amor ayudar a mi madre a recuperarse y a descargar su conciencia?

Insisto en que es algo irracional.

La puerta estaba entreabierta, pero me detuve sorprendido pues yo siempre la cierro con llave -al fin y al cabo vivo en Manhattan en una casa sin portero- pero, claro, últimamente no estoy muy centrado. Tal vez por las prisas del encuentro de Katy Miller me había olvidado. No sería de extrañar. Además, a veces se atasca el cerrojo de seguridad. A lo mejor no la cerré.

Fruncí el ceño. Poco probable.

Apoyé la mano en la puerta y la empujé con suavidad esperando que crujiera. No fue así. Oí algo. Débil al principio. Asomé la cabeza por la abertura e inmediatamente sentí que se me helaba la sangre en las venas.

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