Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
No había cambiado nada. De hecho, las luces seguían apagadas.
Las persianas estaban bajadas y no se veía muy bien, y en apariencia no sucedía nada raro, o al menos que a mí me resultara obvio. Me quedé en el pasillo y me asomé un poco más.
Sonaba música.
Tampoco era alarmante, pues, aunque no tengo costumbre de dejar música puesta como algunos neoyorquinos preocupados por la seguridad, tengo que reconocer que soy muy despistado y a lo mejor me había dejado enchufado el reproductor de discos compactos. Eso no me asustaría de aquel modo.
No, lo que me heló la sangre fue la canción que sonaba.
Eso fue lo que me puso nervioso, porque era -no lograba recordar cuándo la había oído por última vez- Don't Fear the Reaper. Me estremecí.
La canción preferida de Ken.
De Blue Oyster Cult, un grupo de heavy metal. La que sonaba ahora era una versión más suave, casi etérea. Ken solía coger su raqueta de tenis a guisa de guitarra para acompañar los solos. La cuestión era que yo no tenía esa canción en ningún CD. Seguro. Cuántos recuerdos.
¿Qué demonios sucedía en mi apartamento?
Di un paso a oscuras; ya he dicho que la luz estaba apagada. Me detuve y me sentí como un perfecto imbécil. «Bueno, ¿por qué no* encenderla?, idiota.» ¿No era lo mejor?
Estiré el brazo para hacerlo cuando otra voz interior me dijo: «¿No sería mejor echar a correr?». Es lo que grita el público en el cine cuando el asesino está escondido dentro de la casa y la estúpida quinceañera que acaba de encontrar a su mejor amiga decapitada decide que es el momento más idóneo para deambular a oscuras por la casa, en vez de salir corriendo dando gritos como un animal enloquecido.
«¡Bien; con quedarme en sujetador podría interpretar el papel!»La canción atacó el solo de guitarra final. Aguardé a que se produjera la pausa de silencio; fue breve. La música se reanudó. La misma canción.
¿Qué demonios sucedía?
«Huye y grita.» Exacto: es lo que haría. Aunque verdaderamente no me había tropezado con ningún cadáver decapitado. ¿Qué ha-cer, entonces? ¿Llamar a la policía? Me imaginé el diálogo: «¿Qué problema tiene usted, señor?». «Mire, es que en el equipo suena la canción preferida de mi hermano y he echado a correr hasta el portal gritando asustado. ¿Pueden venir pistola en mano?» «Ah, sí, por supuesto; ahora mismo vamos.»¿No les parecería algo de locos?
Pero incluso suponiendo que alguien hubiese entrado, que hubiese, efectivamente, un intruso en mi apartamento, una persona que había traído su propio CD…
¿Quién era más probable que fuera?
Se me aceleró el ritmo cardíaco a medida que mis ojos se iban adaptando a la oscuridad. Decidí no encender las luces. Si había un intruso era peor avisarle de mi presencia para facilitarle el blanco. ¿O lo asustaría encendiendo las luces?
Dios, no soy bueno para estas cosas.
Decidí no encender la luz.
Bien, de acuerdo, las luces siguen apagadas. ¿Y ahora qué?
La música. Debía localizar la música. Venía de mi habitación.
Fui hasta el cuarto. Estaba cerrado. Entré con cautela. No iba a ser tan tonto. Abrí de paso la puerta del apartamento de par en par y la dejé así por si tenía que gritar o echar a correr.
Avancé muy despacio, como quien se desliza, con los músculos tensos, adelantando el pie izquierdo y con el derecho claramente orientado hacia la salida. Me vino a la memoria una de esas posturas de yoga de Cuadrados que consistía en abrir las piernas inclinándose hacia un lado, pero con el peso y la «conciencia» puestos en el otro, eso que algunos yoguis, no Cuadrados a Dios gracias, llaman «ensanchar la conciencia».
Me deslicé un metro y luego otro. Buck Dharma, de Blue Oyster Cult -el hecho de que no sólo recordase su nombre, sino de que su nombre real fuese Donald Roeser, decía mucho sobre mi niñez-, entonaba en aquel momento que todos podemos ser como ellos, como Romeo y Julieta.
En una palabra: muertos.
Llegué a la puerta del dormitorio, tragué saliva y la empujé. No se abrió. Tendría que girar el pomo. Agarré el metal con la mano mientras miraba hacia atrás: la puerta de entrada seguía abierta y mi pie derecho continuaba vuelto hacia ella, aunque yo ya no mantenía mucho control de mi «conciencia». Hice girar el pomo lo más silenciosamente posible pero a pesar de ello me sonó como un disparo.
Abrí un resquicio, despegando apenas la puerta del marco, y solté el pomo. Ahora la música era más intensa, nítida y clara; seguramente procedía del reproductor de discos compactos que Cuadrados me había regalado dos años antes por mi cumpleaños.
Asomé la cabeza para echar un vistazo y en ese momento me agarraron del pelo.
Apenas me dio tiempo a sofocar un grito. Me tiraron con tal fuerza del pelo que mis pies se despegaron del suelo y crucé el cuarto con los brazos abiertos como Supermán, hasta caer de bruces.
Sentí que mis pulmones perdían aire como un globo que se deshincha y quise rodar de costado, pero él -supuse que era un hombre- se me echó encima. Me atenazó la espalda con las piernas y me pasó un brazo por el cuello mientras yo me revolvía inútilmente porque me sujetaba con una fuerza inaudita. Apretó el brazo y casi me ahoga.
Estaba inmovilizado y totalmente a su merced; cuando se inclinó sobre mí y sentí su hálito en la oreja, hizo un movimiento con el otro brazo para afianzarse y apretó aún más hasta casi cortarme la respiración.
Se me salían los ojos de las órbitas. Me llevé las manos a la garganta pero fue inútil. Intenté clavarle las uñas en el antebrazo, pero era duro como la caoba. Sentí que aumentaba de un modo insoportable la presión en mi cabeza y me agité impotente sin que él dejara de apretar. Sentía el cráneo a punto de estallar. Entonces oí la voz:
– Hola, Will, muchacho.
Esa voz.
Reconocí inmediatamente aquella voz. No la había oído…, Dios mío, ¿cuánto tiempo hacía…? Diez o quince años quizá; desde la muerte de Julie, desde luego. Pero hay sonidos, voces sobre todo, que el córtex cerebral conserva grabados en una zona especial, en la sección de supervivencia por así decir, y que cuando se oyen, las fibras sensoras se tensan, sienten el peligro.
Me soltó el cuello de repente y me desplomé desmadejado y jadeante, tratando de librarme de algo imaginario que me atragantaba. Él se dejó rodar de costado y se echó a reír.
– Will, chico, veo que me adoras.
Me di la vuelta, retrocedí arrastrándome sobre la espalda y mis ojos confirmaron lo que había percibido mi oído. No me lo podía creer. Estaba cambiado, pero no había duda.
– ¿Eres John? -pregunté-. ¿John Asselta?
Me dirigió aquella sonrisa ambigua y sentí que retrocedía en el tiempo y afloraba en mi ser aquel miedo, el miedo que no había sentido desde la adolescencia. El Espectro -así lo llamaban todos aunque nadie tenía valor para decírselo a la cara- siempre me había infundido ese pavor, y creo que no sólo a mí porque todos le tenían miedo; pero, en mi caso, yo contaba con la atenuante de ser el hermano pequeño de Ken. Para El Espectro, eso bastaba.
Yo siempre he sido un debilucho que rehuía la confrontación física; hay quien dice que con ello soy más prudente y maduro, pero no es cierto. La verdad es que soy cobarde, me aterra la violencia; quizá sea normal, por aquello del instinto de conservación, pero a mí me sigue avergonzando. Mi hermano, que, curiosamente, era el mejor amigo de El Espectro, poseía la envidiable agresividad que diferencia a los ambiciosos de los grandes; en su manera de jugar al tenis, por ejemplo, se parecía al joven John McEnroe por aquella tenacidad agresiva capaz de comerse el mundo, incansable y extremada. Ken se pegaba ya desde niño con los demás hasta matarse y, si les podía, encima los pateaba. Yo nunca fui así.