Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– Pequeño Gao, date prisa y carga a los prisioneros -gritó el viejo Zheng-. Volveremos después para encargarnos de éste.
Uno de los policías soltó las esposas de Gao Yang y le ordenó que se pusiera de pie. Mientras escuchaba la orden y el sonido del cierre de las esposas, su primer instinto fue retirar los brazos de alrededor del árbol, pero éstos no iban a ser capaces de responder a su deseo y le horrorizaba pensar que ellos también podrían haber dejado de existir. La única sensación que tuvo fue la de un inmenso peso sobre su espalda. Cuando los policías movieron con la punta del pie sus brazos tullidos, Gao Yang se sintió aliviado al descubrir que todavía estaban pegados a los hombros.
Una vez que el joven con cara de caballo fue introducido en la furgoneta de la policía, el agente volvió a esposar las manos a Gao Yang por delante del cuerpo. A continuación, entre él y su compañero le pusieron de pie y le dijeron que se dirigiera hacia la furgoneta. En ese momento, no deseaba otra cosa más que obedecer las órdenes de los camaradas policías, puesto que ya tenían bastantes problemas entre manos. Cualquier cosa con tal de facilitarles el trabajo. El descubrimiento de que sus piernas no eran capaces de moverse como sus brazos le azoró enormemente. La profunda sensación de vergüenza hizo que se sonrojara.
Tuvieron que arrastrarle hacia la furgoneta. «Sube». Miró hacia arriba tímidamente, tratando de hablar, pero sus labios parecían estar congelados. Esta vez, los policías se dieron cuenta del apuro en que se encontraba, porque en lugar de gritarle se limitaron a levantarle cogiéndole por debajo de los brazos. Cuando sus piernas enroscadas abandonaron el suelo, Gao Yang trató de ayudarles intentando ser lo más liviano posible y lo siguiente que supo fue que se encontraba tumbado junto al joven ensangrentado en una cama del vehículo.
Metieron otro bulto enroscado en la furgoneta. Se trataba de Cuarta Tía Fang. Por el modo en el que ésta protestaba, supo que se había golpeado la cadera cuando aterrizó en el interior del vehículo.
La puerta trasera se cerró después de que los dos policías saltaran en su interior y ocuparan sus asientos. Entonces, el conductor arrancó el motor y salieron a toda velocidad. Mientras conducían a través del recinto municipal, Gao Yang echó una última mirada al álamo donde había estado atado y le invadió una sensación de nostalgia. Bañado por la luz del sol de la última hora de la tarde, el tronco se había teñido de color marrón intenso y las hojas que antes eran de color verde brillante ahora parecían un montón de monedas antiguas de bronce. La sangre púrpura que pertenecía al joven con cara de caballo formaba un charco cada vez más grande en el suelo del vehículo. La furgoneta todavía seguía aparcada y el conductor estaba rodeado por una multitud de personas vestidas pulcramente que, por lo que parecía, le estaban haciendo pasar un mal rato.
Jinju, con su vientre abultado, seguía inmóvil, con una mirada que hizo recordar a Gao Yang la recomendación que le hizo Cuarta Tía de ir a encontrar la felicidad con Gao Ma. Gao Yang suspiró, ya que en ese momento Gao Ma, que había trepado por la pared un paso por delante de la policía, se había convertido en un fugitivo que llevaba unas esposas colgando de una muñeca.
En cuanto el vehículo de la policía salió a la carretera principal, aceleró y el sonido ensordecedor de su sirena hizo que a Gao Yang le recorriera un escalofrío por la espalda. Pero enseguida se acostumbró a él. Jinju ahora parecía estar persiguiéndoles, pero tan despacio que no tardó en desaparecer de su vista y, cuando tomaron una curva, tanto ella como el recinto municipal habían desaparecido.
Cuarta Tía permanecía acurrucada en una esquina. Sus ojos borrosos estaban abiertos, pero nadie sabía lo que veían. La sangre que manaba de la cabeza del joven goteaba sobre el suelo del vehículo, invadiendo el espacio con su olor. Su cuerpo se contraía y su cabeza enrollada se balanceaba hacia delante y hacia atrás, emitiendo de vez en cuando un sonido sordo.
Tumbado en la furgoneta de la policía, Gao Yang se sintió ligeramente mareado por el movimiento del vehículo. Observó cómo el polvo se arremolinaba a través de la rendija de la puerta trasera; los árboles que se extendían a lo largo de la carretera caían como fichas de dominó y los campos que se extendían a ambos lados pasaban a cámara lenta. Los demás vehículos se apartaban cuando escuchaban el sonido de la sirena y Gao Yang vio cómo un tractor con la cabina abierta al que acababan de adelantar chocaba contra un sauce ajado que se elevaba a un lado de la carretera. Los ciclistas agotados quedaban atrás llenos de polvo, haciendo que el pecho de Gao Yang se hinchara de orgullo. ¿Alguna vez habías ido tan rápido?, se preguntó. ¡No, nunca!
Mientras avanzaban a toda velocidad, Gao Yang detectó la esencia del ajo crudo y fresco en la sangre del joven. Sorprendido, inhaló profundamente para asegurarse de que no se equivocaba. En efecto, era ajo, no había duda: crudo y limpio, como los bulbos frescos que crecen en la tierra, con una gota de néctar todavía colgando en el punto donde el tallo se ha roto.
Gao Yang tocó la gota de néctar con la lengua y sus papilas gustativas percibieron un sabor dulce y fresco que le relajó. Examinó esa hectárea de campo de ajo. Era una buena cosecha, con las puntas blancas, grandes y rollizas, algunas de ellas formando una curva graciosa, otras rectas como una tabla. El ajo estaba húmedo y jugoso, con sus suaves brotes empezando a salir. Su esposa embarazada se encontraba agachada junto a él, arrancando el ajo del suelo. Su rostro estaba más oscuro de lo habitual y alrededor de sus ojos se dibujaban unas finas líneas, como las vetas de óxido que se extienden sobre una plancha de hierro. Mientras ella se agachaba, las rodillas se le llenaban de barro, su deformidad infantil -tenía el brazo izquierdo mal desarrollado hasta el punto de que le incapacitaba en cualquier tarea que emprendiera- hacía que el trabajo le resultara más duro de lo que ya era.
Gao Yang observó cómo se agachaba y pinchaba los tallos con un par de palillos de bambú nuevos; el esfuerzo le obligaba a morderse el labio y sintió lástima de ella. Pero él necesitaba su ayuda, ya que decían que el gobierno había abierto un almacén en la ciudad para comprar la cosecha de ajo a un precio ligeramente superior a cincuenta fen el kilo, más caro que el precio del año pasado, que fue de cuarenta y cinco. Gao Yang sabía que este año el Condado había ampliado la extensión de hectáreas concedidas al ajo y, como iba a haber una cosecha abundante, cuanto antes recolectara la suya, antes podría venderla. Por esa razón todo el mundo en la aldea, mujeres y niños incluidos, había salido a los campos. Pero mientras observaba a su lastimosa mujer embarazada, dijo:
– ¿Por qué no descansas un poco?
– ¿Para qué? -preguntó levantando su dulce rostro-. No estoy cansada. Sólo me preocupa que el bebé venga en cualquier momento.
– ¿Ya es la hora? -preguntó Gao Yang ansiosamente.
– Imagino que vendrá en los próximos dos días. Espero que no salga hasta que, por lo menos, se haya acabado la cosecha.
– ¿Siempre vienen en su debido momento?
– No siempre. Xinghua llegó diez días tarde.
Se giraron para mirar a sus espaldas, donde su hija se sentaba obedientemente en el borde del campo, con sus ojos ciegos abiertos de par en par. Estaba sujetando un tallo de ajo con una mano y golpeándolo con la otra.
– Ten cuidado con ese ajo, Xinghua -dijo-. Cada tallo vale varios fen.
Xinghua lo dejó en el suelo y preguntó:
– ¿Ya habéis terminado, papá?
– Si hubiéramos terminado, tendríamos un problema -dijo con una risa sofocada-. No ganaríamos el dinero suficiente como para salir adelante.