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El Caso De La Señora Murphy

Электронная книга - «El Caso De La Señora Murphy». Краткое содержание книги:

ESTABA TENDIDO en mi cama esa noche con una costilla rota y un trombón roto. La costilla sanaría, pero no el trombón, según decidí.
A ambos los había roto la noche anterior, bajando las escaleras, en camino a una reunión de aficionados: unos cuantos tipos a quienes había conocido y a los que les gustaba juntarse una noche cada dos semanas para producir ruido. La punta del pie tropezó en una rotura de la alfombra de la escalera, agujero que no estaba allí antes, a unos cuantos peldaños de la parte inferior, y me eché en clavado hacia un aterrizaje de tres puntos, el primero de los cuales había sido el extremo de la caja del trombón. Me había cortado la respiración por un momento y me había dolido, pero no mucho peor que cuando uno se lastima un dedo o se golpea el tobillo contra algo. La señora Bardy, la patrona, oyó la caída y llegó corriendo desde su apartamento al fondo del primer piso; llegó y comenzó a ocuparse de mí, como una gallina de sus polluelos, aun antes de que me levantara. Mi primer pensamiento no fue para mí ni para el trombón (yo no me lastimo con facilidad y la caja debía haber protegido al instrumento), sino para el tapete. Alguien pudo haberse roto el cuello a causa de él.
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Me encaminé hasta la puerta con el doctor, para ver que no la cerrara, y al estar allí eché otro vistazo al exterior, cuando subía al coche. Todavía ningún signo de George Steck.

Regresé al vano de la puerta.

– Este tipo Steck – le pregunté – ¿confía usted en él, señor Dolan?

– Hasta cierto punto. ¿Por qué?

– Nada más me estaba preguntando si deseaba usted realmente que viniera para acá, o si lo llamó por teléfono para asegurarse, en parte, de que se encontraba en realidad en su casa, a media hora de distancia, cuando ocurrió el ataque.

– No daña estar seguro de una cosa, ¿verdad? No hay, que sepa, ninguna razón por la cual hubiera él estado aquí o deseara atacar a Angie.

– Sin embargo, la posibilidad le entró en la cabeza – proseguí -. ¿Y qué respecto a los Hunter? ¿Envió a Robert en lugar de telefonear, para que viera si estábamos en cama y no todavía levantados y vestidos?

Soltó una risita que casi semejaba un ladrido.

– Vamos, eso no se me ocurrió. No, envié a Robert porque tenía que llamar al doctor y a George, y calculé que llegaría más aprisa que una tercera llamada. Además, me desembarazaba de Robert en tanto hacía las otras llamadas.

– Fue muy aprisa, en verdad – comenté -. ¿Va a cambiar sus proyectos todo este incidente, señor Dolan?

– ¿Proyectos acerca de qué?

– De llevar a Mike con un sicólogo mañana. Seguro ahora ya no parece que hubiera estado soñando o imaginando cosas ayer en la tarde.

– ¡Por Dios que no! Ángela de seguro tampoco estaba soñando o fantaseando esta noche. Si le hubiera visto la cara…

Seguro que me hubiera agradado hacer precisamente eso y oír su versión de primera mano. Mas no había ninguna excusa razonable par que yo solicitara hablar con ella, especialmente si le habían dado un sedante.

– Sí – suspiró Dolan -, esto cambia las cosas acerca de la versión de Mike. No, no lo llevaré mañana, o, por lo menos, hasta que averigüe lo que hay detrás de esto… ¡Maldita sea! Quisiera que George llegara para que pudiéramos empezar… – y consultó el reloj.

– Escuche, señor Dolan – le manifesté -, eso de registrar la casa está bien, sin embargo, ¿no cree que andamos medio descaminados?, ¿no sería mejor que discutiéramos este asunto y viéramos si alguien tiene la menor idea de quiénes eran esos hombres y qué demontres quieren o querían aquí? Probablemente ya se hayan marchado y no hay ninguna prisa. Si no se han ido, si permanecen ocultos en algún sitio, tampoco hay prisa; y no sé por qué imagina usted que puedan estar. Pero… un momento. Un coche se detiene.

Me dirigí a la puerta de entrada. Un «Caddi» se encontraba junto a la acera, en donde el coche del doctor se había estacionado y dos individuos bajaban. Uno era George Steck, el guapo, el grande, a quien viera yo brevemente la noche anterior; el otro hombre era un poco mayor, corto (por lo menos comparado con Steck), y con la extraña combinación de un cuerpo delgado y un rostro de luna llena. Me parecía vagamente familiar, como alguien a quien hubiese visto antes, pero a quien no podía situar. Me lanzó una mirada fría, como si él también me hubiese visto antes, y esperó hasta que Steck sé le acercó, dando vuelta desde el asiento del conductor.

Steck se detuvo al pie de los tres escalones y me contempló sin placer ni animosidad.

– Usted es, déjeme ver, ¿Ed Hunter? ¿Qué está haciendo aquí?

– Lo mismo que usted – repuse -. El señor Dolan me mandó llamar. Está esperando en el estudio.

Me hice a un lado para dejarlos pasar, luego cerré la puerta y fui tras ellos hasta mi puesto en el vano.

Dolan se encontraba de nuevo sentado tras su escritorio.

– ¡Hola, George! – a Steck y después -: ¡Hola, Ernie! – al otro individuo, regresando a Steck -: Me agrada que lo hayas traído, ¿cómo sucedió? ¿estaba contigo cuando llamé?

Steck meneó la cabeza.

– Me dijo que trajera una pistola extra. Vince, pero me colgó antes de que pudiera preguntarle si quería decir una pistola o una con alguien que la empuñara. Ernie vive apenas a unas cuantas cuadras de mí, y en el mismo camino, así que jugué a la segura en ambos casos. Traje esto – sacando una automática cuarenta y cinco del bolsillo lateral de la americana y entregándola a Dolan por la culata – y recogí a Ernie también. Trae su propia arma.

– Muy bien – asintió Dolan -, entonces sumamos cinco armados y eso será suficiente.

Steck me miró sobre el hombro y luego regresó a Dolan la vista; su expresión debe haber interrogado quién era el quinto, porque Dolan contestó la pregunta.

– El tío y socio de Ed. Está vigilando la puerta posterior y…

Yo fui quien interrumpió en esa ocasión. Había percibido un sonido que provenía de las escaleras, al extremo del vestíbulo, y me hice atrás para ver qué era. Dos mujeres venían bajando la escalera.

Ángela traía puesta una bata azul pálido sobre sus pijamas blancas; una venda de gasa diagonal rodeando la cabeza, que le cubría el ojo derecho, contrastaba fuerte y hermosamente con el color negro, casi azulado, de su cabello. El rostro se le veía un poco pálido, lo cual hacía resaltar lo rojo algo hinchado del lado izquierdo de la mandíbula. El ojo visible refulgía bien despierto, y se había tomado la molestia de aplicarse lápiz de labios antes de bajar. ¿Por mí?, me preguntaba. Su padre debía haberle dicho que nos había mandado llamar, antes, o después de hacerlo.

Siguiéndola, y con apariencia de desaprobación, venía una mujer gruesa, con cabello gris. Sin duda el ama de llaves, la señora Anderson.

Me asomé al estudio el tiempo suficiente para decir:

– Aquí viene su hija, señor Dolan.

Se levantó y empezó a dar la vuelta al escritorio en el momento en que yo retrocedía un poco para dejarla pasar. Me sonrió murmurando un saludo:

– ¡Hola, Ed Hunter! – Muy buen detalle, pensé.

– ¡Hola, señorita Dolan! – contesté.

Llegó al vano al mismo tiempo que Dolan, y por el momento le cerró el paso.

– Ángela – le dijo -, debías haberte quedado arriba tratando de dormir. El doctor Agnew te dio un sedante y…

– Vamos, papá – protestó -, después de lo que aconteció tengo derecho a saber qué está pasando. – La voz se oía débil, aunque firme -. Estoy absolutamente despierta y me siento muy bien. Ese sedante no me va a hacer ningún efecto inmediato, si es que me hace alguno. Por otra parte, una de las razones por las que bajé es a tomarme una copa, y bien fuerte. Eso me ayudará muchísimo más a dormir que seis sedantes.

– Pudiste haber enviado a la señora Anderson por una – gruñó.

– Si no le hubieras pedido que no me dejara sola bajo ninguna circunstancia, lo pude haber hecho. Además, deseo saber qué es lo que está pasando. Soy libre, y de edad, y estoy mezclada en esto, así que agrada saber.

El señor Dolan se dio por convencido y retrocedió.

– Hola, George, hola Ernie – murmuró con una ojeada en torno -. Pensé que habías enviado a buscar a los dos Hunter, papá. ¿No estaba disponible el tío de Ed?

Yo contesté en lugar suyo, con una ligera broma.

– Lo han desterrado a Siberia, señorita Dolan. Está cuidando la puerta de atrás.

Inició un movimiento hacia la silla de junto al escritorio pero se detuvo y se volvió.

– Entonces voy allá a presentarme. Me prepararé la copa mientras estoy allá, ¿eh, papá?

– Muy bien – le contestó Dolan -: pero regresa cuanto antes. Quiero que se registre esta casa. Ed, vaya usted con ella y vea que no se quede allí más de un minuto. George, tú toma el sitio de Ed en el vano de la puerta. Nada más asegúrate de que nadie pasa ni sale por la puerta de enfrente.

Capítulo 12

Ángela pasó junto A MÍ y la seguí por el vestíbulo. Tras de mí escuché a Dolan que indicaba al ama de llaves:

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