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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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Poirot quiso saber:

—¿Y qué hay de mistress Chapman?

—¡Y eso qué! ¿Quién es? No lo sé. Solo una cosa es cierta: Sylvia (a propósito, se llama Syl-via), Sylvia o sus amigas asesinaron a esa mujer y la encerraron en el arcón.

Poirot asintió y dijo:

—Pero ¿por qué la desfiguraron el rostro?

—Pues para..., bueno, son solo suposiciones... Venganza refinada, o acaso para evitar su identificación.

Poirot frunció el entrecejo.

—Pero ha sido reconocida.

—Sí, porque no solo teníamos una descripción detallada de sus vestidos, sino que su bolso ha sido hallado dentro del arcón, y en su interior una carta a ella dirigida con la dirección del hotel de la plaza Rousell.

Poirot se puso en pie.

—Pero eso..., eso no tiene sentido común.

—No, es cierto. Supongo que sería una equivocación del asesino.

—Sí, puede que sí, pero... ¿Han registrado el piso?

—Bastante bien. No hay nada que nos ilumine.

—Me gustaría ver la habitación de mistress Chapman.

—Pues vamos.

El dormitorio no daba muestras de una marcha precipitada. Estaba aseado y en orden. La cama, preparada para la noche, no había sido utilizada. Una espesa capa de polvo lo cubría todo.

—No hay huellas dactilares —dijo Japp—. Solo algunas en los utensilios de cocina, pero me imagino que pertenecerán a la doncella.

—Esto significa que todo fue limpiado cuidadosamente después del asesinato.

—Sí.

Los ojos del detective recorrieron lentamente la estancia amueblada, como la sala, al estilo moderno, adaptándose a una renta moderada. Los muebles eran caros, pero no de lujo. Ostentosos, pero no de primera categoría. El color dominante era el rosa pálido. Miró el interior del armario donde estaban los trajes, elegantes, aunque no de calidad, y luego los zapatos, la mayoría de tipo sandalia, tan en boga hoy en día, y algunos exageradísimos con gruesa suela de corcho. Cogió uno, y tras observar que mistress Chapman calzaba un treinta y cinco, lo puso de nuevo en su sitio. En otro armario encontró arrinconado un montón de pieles.

—Son las que llenaban el arcón —le dijo el inspector.

Poirot hizo un gesto de asentimiento al mismo tiempo que, levantando un abrigo de pedí gris observaba lentamente:

—¡Buenas pieles!

De allí pasaron al cuarto de baño. Había gran profusión de cosméticos. Poirot los estuvo observando con interés. Polvos, rouge, cremas, y dos botellas de tinte para el cabello.

—Por lo visto, no es de nuestras rubias platino naturales —observó Japp.

—A los cuarenta, mon ami—murmuró Poirot—, el cabello de la mayoría de las mujeres ha empezado a encanecer, y mistress Chapman no es de las que se resignan con la Naturaleza.

—A lo mejor, ahora se ha vuelto pelirroja, por variar. Hay algo que le inquieta, Poirot. ¿Qué es?

—Pues sí, estoy preocupado. Muy preocupado. Este es un problema insoluble para mí.

Y resueltamente volvió una vez más al cuarto donde estaba el arcón...

Y quitó el zapato a la muerta con bastante dificultad.

Examinó la hebilla que había sido cosida a mano y bastante mal.

—¡Esto es que estoy soñando! —exclamó Hércules Poirot.

—¿Qué es lo que intenta?—inquirió Japp, extrañado—. ¿Complicar más las cosas?

—Exacto.

—Un zapato de ante completo, con su hebilla... ¿Qué es lo que tiene de extraño?

—Nada, nada en absoluto —repuso el detective—, pero no lo entiendo.

3

El portero les indicó como amiga íntima de mistress Chapman a mistress Merton del número 82 de las residencias del Rey Leopoldo.

Y allí fue donde se dirigieron Japp y Poirot.

Mistress Merton era una dama parlanchína de ojos negros y peinado complicado. No les costó ningún trabajo hacerla hablar.

—Sylvia Chapman... Claro que no la conozco muy bien.,., es decir, íntimamente. Jugamos al bridge un par de veces y fuimos juntas al cine y también de compras. Pero ¡oh!, dígame. No ha muerto ¿verdad?

Japp la tranquilizó. .

—Gracias a Dios. ¡Cuánto me alegro! El cartero va por ahí hablando de un cadáver que se ha encontrado en su piso, pero no se debe creer ni la mitad de lo que se oye... Yo nunca hago caso.

Japp hizo otra pregunta, a la que repuso mistress Merton con firmeza:

—No, no he sabido nada de mi amiga desde que se marchó. Por lo visto, tuvo que marcharse de improviso, pues hablamos de ir a ver la última película de Fred Astaire y Ginger Rogers la semana siguiente y entonces no me dijo nada de su marcha.

Mistress Merton no había oído mencionar nunca a miss Sainsbury Seale. Su amiga no la nombró jamás.

—Y ya ve usted, este nombre me es familiar. Me parece haberlo oído recientemente.

—Ha aparecido en los periódicos durante algunas semanas—dijo Japp con brusquedad.

—Ya... Alguna persona desaparecida, ¿verdad? ¿Y cree usted que mistress Chapman la conocía? No. Estoy segura de que nunca se la oí nombrar.

—¿Puede decirme algo sobre mister Chapman?

Una expresión indefinible apareció en el rostro de mistress Merton al responder:

—Creo que era viajante de comercio, me lo dijo su esposa. Salía al extranjero con frecuencia por cuenta de la casa en que trabajaba..., de armamentos, según creo. Recorría toda Europa.

—¿Le vio alguna vez?

—No. Nunca. Apenas estaba en casa y cuando venía no le gustaba la presencia de extraños. Es muy natural.

—¿Sabe si mistress Chapman tenía parientes cercanos o amigos?

—No sé que tuviera otros amigos. Ni parientes tampoco. Nunca me habló de ellos.

—¿Estuvo siempre en la India?

—No, que yo sepa—hizo una pausa y continuó—: Pero dígame: ¿por qué me hace tantas preguntas? Ya sé que viene usted de Scotland Yard, pero debe de haber alguna razón especial.

—Pues bien: mistress Merton, alguna vez tendría que saberlo. A decir verdad, se ha encontrado un cadáver en el piso de mistress Chapman.

—¡Oh! —por un momento los ojos de la mujer se abrieron como platos—. ¡Un cadáver! No será mister Chapman. ¿verdad? ¿Algún extranjero?

—No era un hombre, sino una mujer —dijo Japp.

—¿Una mujer?—mistress Merton pareció aún más sorprendida.

—¿Por qué creyó que sería un hombre?

—¡Oh, no lo sé! Me pareció más fácil.

—Pero ¿por qué? ¿Es que mistress Chapman tenía costumbre de recibir visitas masculinas?

—¡Oh, no!; no, desde luego —mistress Merton se indignó—. Nunca oí nada semejante. Sylvia Chapman no es de esa clase de mujeres. ¡En absoluto! Es solo que mister Chapman..., quiero decir.

Se detuvo y Poirot comentó:

—Me parece, madame, que usted sabe más de lo que nos ha contado.

—No estoy segura de lo que debo hacer —dijo mistress Merton, indecisa—. Quiero decir que no quiero revelar las confidencias de Sylvia y no lo he repetido más que a una o dos amigas íntimas que sé son fieles.

Mistress Merton hizo una pausa para tomar aliento, y Japp, cada vez más intrigado ante las reticencias de mistress Merton, preguntó:

—¿Qué le dijo mistress Chapman?

Mistress Merton inclinóse hacia adelante y bajó la voz.

—Lo descubrí un día mientras veíamos una película de espionaje. Mi amiga me dijo que quien hubiese escrito aquel guión no conocía gran cosa la materia, y luego me pidió que le jurase no repetir lo que iba a contarme. Su esposo era del Servicio Secreto y por eso tenía que ir tanto al extranjero. La casa de armamentos era un pretexto para despistar, pues podían escribirse mientras estaba ausente. Era muy desagradable para ella y, además, extremadamente peligroso.

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