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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Y una nueva emoción henchida de orgullo llenó el ser de Cayo Mario conforme seguía contemplando aquella especie de aleta formada por los lictores abriéndose paso por entre el populacho romano; un orgullo por las tradiciones y las costumbres de seiscientos cincuenta y cuatro años atrás, tan enraizadas aún que podían afrontar una ola mayor que la de la invasión germana simplemente portando al hombro unos haces de varillas. Y yo -pensó- aquí estoy con mi toga bordada en púrpura, sin temor a nada por el simple hecho de vestirla, y sé que soy más grande que ningún rey de los que ha pisado el orbe. Pues no tengo ejército, y dentro de la ciudad no llevo hachas en los haces, ni guardia con espadas; y sin embargo me abren paso por el mero símbolo de mi autoridad, unos haces y un trozo informe de tela ribeteado de menos cantidad de púrpura de la que pueden ver a diario en una horrenda salatrix tonsa haciendo el artículo. Sí, prefiero ser cónsul de Roma a rey del universo.

Regresaron los lictores de la Lautumiae y poco después volvía Lucio Equitio, a quien la muchedumbre había rescatado de su encierro y ahora le hacía subir a la tribuna sin alboroto, casi como pidiendo perdón, le pareció a Mario. Y allí estaba, hecho una ruina y temblando, deseando desaparecer. Mario entendió claramente el aviso de la muchedumbre: llena el cubo que tengo hambre; no escondas la comida.

Entretanto, Saturnino seguía adelante con el proceso electoral lo más rápido posible, ansiando salir elegido antes de que se produjera un imprevisto. Llenaban su cabeza sueños futuros, con la potencia y la majestad de aquella multitud y la adoración que le mostraban. ¿Vitoreaban a Lucio Equitio porque se parecía a Tiberio Graco? ¿Vitoreaban a aquel viejo idiota de Cayo Mario porque había salvado a Roma de los bárbaros? ¡Ah, pero a Equitio y a Mario no los vitoreaban igual que a él! ¡Y qué instrumento mas ideal; nada de escoria de los lupanares del Subura! Aquella multitud la formaban gente respetable, con el estómago vacío pero de principios inquebrantables.

Uno a uno fueron avanzando los candidatos y las tribus procedieron a votar, mientras los escribas repasaban febrilmente las listas; Mario y Saturnino supervisaban la operación; hasta el momento en que, el último de todos, compareció Lucio Equitio. Mario miró a Saturnino. Saturnino miró a Mario. Y éste dirigió la mirada hacia las gradas del Senado.

– ¿Qué deseáis que diga esta vez, Cayo Cecilio Metelo Caprario? -dijo Mario con voz estentórea-. cQueréis que siga negando a este hombre el derecho a presentarse a la elección, o retiráis el impedimento?

Caprario miró desesperado a Escauro, quien miró al demudado Catulo César, que miró al pontífice máximo Ahenobarbo, quien no quiso mirar a nadie, produciéndose una larga pausa. La multitud los miraba a todos en silencio, fascinada, sin tener la más remota idea de lo que sucedía.

– ¡Que se presente! -gritó Metelo Caprario.

– Que se presente -dijo Mario a Saturnino.

Cuando se computaron los resultados, Lucio Apuleyo Saturnino salió en primer lugar por tercera vez para el cargo de tribuno de la plebe; Catón Saloniano, Quinto Rufo, Publio Furio y Sixto Titio también salieron elegidos. Y en segundo lugar, con sólo tres o cuatro votos de diferencia respecto a Saturnino, resultó elegido el ex esclavo Lucio Equitio.

– ¡Qué colegio más servil vamos a tener este año! -dijo Catulo César, despreciativo-. ¡No sólo Catón Saloniano, sino incluso un liberto!

– La república ha muerto -añadió el pontífice máximo Ahenobarbo con mirada de odio hacia Metelo Caprario.

– ¿Y yo qué podía hacer? -gimió Metelo.

Se aproximaban otros senadores, y la guardia armada de Sila, ya sin sus arreos militares, salió de la Curia en aquel momento. La escalinata del Senado parecía el lugar más seguro, aunque era evidente que la multitud, viendo que habían sido elegidos sus ídolos, comenzaba a marcharse a sus casas.

Cepio hijo escupió en dirección a la muchedumbre.

– ¡Adiós por hoy a la escoria! -dijo torciendo el gesto-. ¡Míralos! ¡Ladrones, asesinos, violadores de sus propias hijas!

– No son escoria, Quinto Servilio -dijo Mario con firmeza-. Son romanos y son pobres, pero no ladrones ni asesinos. Y ahora no comen más que mijo y nabos. Ruega porque nuestro amigo Lucio Equitio no los soliviante, porque en estas malditas elecciones se han comportado estupendamente, pero su actitud puede cambiar conforme vayan escaseando en los mercados el mijo y los nabos.

– ¡Oh, no hay por qué preocuparse de eso! -dijo Cayo Memio con regocijo, complacido de que hubiesen sido elegidos los tribunos de la plebe y de que su candidatura conjunta al consulado con Marco Antonio Orator fuese más prometedora que nunca-. Dentro de unos días mejorarán las cosas. Marco Antonio me ha dicho que nuestros agentes en la provincia de Asia han logrado comprar gran cantidad de trigo en un lugar del norte del Euxino, y en cualquier momento va a llegar a Puteoli la primera flota de grano.

Todos se le quedaron mirando boquiabiertos.

– Bueno -dijo Mario, olvidándose de que ya no podía sonreír irónicamente, y haciendo una mueca horrorosa-, todos sabemos que tenéis grandes dotes para predecir el futuro del abastecimiento de cereales, pero ¿cómo habéis sabido esta noticia, cuando yo, primer cónsul, y Marco Emilio, príncipe del Senado, aquí presente, que es además curator annonae, no hemos tenido acceso a ella?

Con unos veinte pares de ojos clavados en él, Memio tragó saliva.

– No es ningún secreto, Cayo Mario. El asunto surgió en una conversación en Atenas cuando Marco Antonio regresó de su último viaje a Pérgamo, donde vio a algunos agentes que se lo dijeron.

– ¿Y por qué no le pareció oportuno a Marco Antonio informarme a mí, que soy el encargado del abastecimiento de cereales? -inquirió Escauro, glacial.

– Supongo que, al igual que yo, supuso que ya lo sabíais. Los agentes han informado por escrito, ¿cómo no ibais a saberlo?

– No han llegado las cartas -dijo Mario, que hizo un guiño a Escauro-. ¿Puedo daros las gracias, Cayo Memio, por traer tan espléndidas noticias?

– Ya lo creo -comentó Escauro, cediendo en su malhumor.

– Esperemos que las tempestades no envíen el trigo al fondo del Mediterráneo -dijo Mario, decidido a irse a casa ahora que la muchedumbre se había dispersado bastante, y predispuesto a hablar con la gente-. Senadores, volveremos a reunirnos mañana para las elecciones de cuestores. Y al día siguiente iremos al Campo de Marte para asistir a la declaración de candidaturas a cónsules y pretores. Buenos días.

– Sois un necio, Cayo Memio -dijo Catulo César, abrumado en su silla.

Cayo Memio decidió no entablar discusión con uno de los aristócratas más relevantes y partió siguiendo los pasos de Mario, dispuesto a visitar a Marco Antonio en la villa que había alquilado en el Campo de Marte para ponerle al corriente de los acontecimientos de la jornada. Mientras caminaba a buen paso, se le ocurrió algo para que él y Marco Antonio adquiriesen más mérito ante los electores: se aseguraría de que sus agentes se mezclasen con las centurias al reunirse para testificar la presentación de los candidatos curules dos días después, difundiendo la noticia de las flotas de trigo como si fuese obra de él y de Marco Antonio. La primera y segunda clases lamentarían el gasto por parte del Estado en grano barato, pero Memio pensó que, después de ver aquella gigantesca muchedumbre en el Foro, estarían muy agradecidos pensando en que los pobres iban a llenar el estómago con pan hecho con trigo a módico precio.

Al amanecer del día de presentación de los candidatos en la septae, se encaminó desde el Palatino al Campo de Marte, acompañado por un eufórico grupo de clientes y amigos, convencidos todos de que ganarían él y Antonio. Eufóricos y riendo, caminaban a buen paso por el Foro Romano bajo el fresco viento de aquella espléndida mañana de fines de otoño, tiritando un poco al pasar por la profunda sombra de la puerta Fontinalis, pero convencidos de que en la explanada soleada a los pies del Arx lograrían la victoria y Cayo Memio sería cónsul.

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