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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Pero no pueden influir en el resultado de una elección efectuada por las tribus, de igual modo que tampoco en las elecciones centuriadas! Casi todos deben pertenecer a las cuatro tribus urbanas.

– Cierto. Y no habrá muchos electores de las treinta y una tribus rurales, aparte de los que viven en Roma -dijo Sila-. Hoy no hay ambiente festivo para atraer a votantes rurales, así que, en realidad, votarán un puñado de esos que vemos. Y lo saben; pero no han venido a votar. Han venido para hacernos saber que están ahí.

– ¿Es idea de Saturnino? -inquirió Mario.

– No. La multitud que le sigue es la que viste en las calendas y todos los días siguientes. Los cagones y meones, los llamo yo. Escoria, miembros de los colegios de encrucijadas, ex gladiadores, ladrones y descontentos, tenderos crédulos que padecen de falta de dinero, libertos hartos de rebajarse ante sus antiguos amos y muchos que creen que pueden ganarse un par de denarios manteniendo a Lucio Apuleyo en el cargo de tribuno de la plebe.

– En realidad son más -dijo Mario-. Son los devotos seguidores del que desde la tribuna se los ha tomado en serio por primera vez -dijo Mario, echando el peso del cuerpo sobre el inválido pie izquierdo-. Pero los que han acudido hoy no son seguidores de Lucio Apuleyo Saturnino, no son seguidores de nadie. ¡Por los dioses, no había tantos cimbros en el campo de Vercellae! Y no tengo ejército, sino una simple toga bordada de púrpura. Disuasoria idea.

– Lo es, en efecto -añadió Sila.

– Aunque, no se… Quizá mi toga bordada de púrpura sea todo lo que el ejército necesita. De repente, Lucio Cornelio, estoy viendo a Roma bajo una luz totalmente distinta. Hoy la gente ha acudido al Foro para que la veamos; pero todos los días andan por la ciudad ocupándose de sus asuntos y en cuestión de una hora pueden congregarse ahí para que los veamos. ¿Y creemos gobernarlos?

– Y lo hacemos, Cayo Mario. Ellos son incapaces de gobernarse. Se dejan gobernar. Pero Cayo Graco les dio pan barato y los ediles les ofrecen buenos juegos y espectáculos. Y ahora llega Saturnino y les promete pan barato en plena hambruna; no puede cumplir su promesa y empiezan a sospecharlo. Que es el motivo por el que han venido para que los veamos durante sus elecciones -dijo Sila.

– Son un toro gigante pero apacible -añadió Mario, que había dado con aquella metáfora-. Viene a ti cuando te ve con un cubo en la mano, porque lo que le interesa es el alimento que hay en él, pero cuando descubre que el cubo está vacío, no se revuelve rabioso a cornearte, sino que piensa que has escondido el alimento sobre tu persona y te aplasta mortalmente sin apenas darse cuenta de que te destroza bajo sus pezuñas.

– Saturnino lleva un cubo vacío -dijo Sila.

– Exactamente -añadió Mario, dando la espalda a la barandilla-. Vamos, Lucio Cornelio; cojamos el toro por los cuernos.

– ¡Y esperemos que no tenga heno en ellos! -replicó Sila sonriendo.

Nadie de la multitud puso trabas para que circularan los senadores y los ciudadanos politizados que acudían a votar a la zona de comicios; mientras Mario subía a la tribuna de los Espolones, Sila fue a la escalinata del Senado con el resto de los senadores patricios. Los electores de la Asamblea plebeya se encontraron aquel día en una isla rodeada por un mar de observadores bastante silenciosos, una isla en la que la tribuna de los Espolones surgía como un escollo en el océano. Indudablemente se esperaban unos cuantos miles de la morralla de Saturnino y por ello muchos senadores y electores llevaban puñales y porras bajo la toga, en particular el pequeño clan de jóvenes boni conservadores de Cepio hijo. Pero aquello no eran las hordas de Saturnino: era el populacho de Roma en manifestación de protesta. De pronto cundió la impresión de que había sido un error acudir con puñales y porras.

Los veinte candidatos a la elección de tribuno de la plebe fueron compareciendo uno a uno, atentamente observados por Mario. El primero en hacerlo fue el tribuno presidente, Lucio Apuleyo Saturnino, al que la multitud comenzó a aclamar de forma ensordecedora, recibimiento que le causó una evidente sorpresa, como reparó Mario al cambiarse de sitio para poderle ver la cara. Saturnino estaba sin duda pensando en aquellos partidarios tan numerosos. ¿Qué no sería capaz de hacer respaldado por trescientos mil romanos del populacho? ¿Quién tendría valor para impedir que asumiera el cargo de tribuno de la plebe con aquella multitud dándole la aprobación?

Los que siguieron a Saturnino declarando su candidatura fueron recibidos con un silencio indiferente: Publio Furio, Quinto Pompeyo Rufo, de los Pompeyos de Picenum, Sixto Titio, de orígen samnita, y el pelirrojo de ojos grises y aire aristocrático Marco Porcio Catón Saloniano, nieto del campesino tusculano Catón el censor y biznieto de un esclavo celta.

El último en presentarse fue nada menos que Lucio Equitio, el curioso bastardo de Tiberio Graco a quien Metelo el Numídico había querido excluir de la lista del ordo equester. La multitud reanudó sus vítores en oleadas entusiásticas ante aquel legado del recordado Tiberio Graco. Mario comprobó lo acertada que era su metáfora del gigantesco toro manso, pues la muchedumbre comenzó a abalanzarse sobre Lucio Equitio, de pie en la tribuna, con absoluta ignorancia del poder que representaba. La inexorable ola achuchó a los que estaban en la zona de votación y sus inmediaciones, apiñándolos aún más. Modestas olas de pánico comenzaron a surgir entre los que iban a votar al notar aquella sensación angustiosa de terror irrefrenable que se siente en medio de una fuerza imposible de resistir.

Mientras todos permanecían paralizados, el parapléjico Mario dio apresuradamente un paso al frente y abrió brazos y manos, con las palmas dirigidas a la multitud, en gesto imperativo para que se detuviera. La muchedumbre se detuvo en seco y la avalancha disminuyó un tanto; ahora los vítores eran para Cayo Mario, el primer hombre de Roma, el tercer fundador de la urbe, el vencedor de los germanos.

– ¡Rápido, estúpido! -espetó Mario a Saturnino, que seguía como arrobado y en trance por los gritos de aquellas gargantas vitoreantes-. ¡Decid que habéis oído truenos o lo que sea para desconvocar la asamblea! ¡Si no sacamos a los electores de aquí, la multitud los aplastará! -Luego hizo que los heraldos tocasen las trompetas y, en el silencio que se hizo después, alzó sus manos otra vez-. ¡Truenos! -gritó-. ¡Mañana se procederá a la votación! ¡Id a vuestras casas, pueblo de Roma! ¡A casa, a casa!

Y la multitud se marchó a casa.

Afortunadamente, la mayoría de los senadores se habían refugiado en la Curia, a donde Mario los siguió tan pronto como pudo abrirse paso. Advirtió que Saturnino había bajado de la tribuna y caminaba sin temor por entre las fauces de la multitud, sonriendo y abriendo los brazos como uno de aquellos místicos pisidianos que creían en la imposición de manos. ¿Y Glaucia, el pretor urbano? Había subido a la tribuna de los Espolones y observaba a Saturnino en el baño de multitudes, con una inmensa sonrisa.

Los roStros que se volvieron hacia Mario cuando entró en la Curia estaban pálidos y más serios que sonrientes.

– ¡Vaya tinaja de pepinillos! -exclamó Escauro, príncipe del Senado, tan tieso como de costumbre, pero algo acobardado.

– ¡Os ruego que os marchéis a vuestras casas! -dijo Mario con firmeza, mirando a los grupos de senadores-. La muchedumbre no os hará nada, pero id por el Argiletum aunque vayáis camino del Palatino. El único inconveniente será una buena caminata hasta casa. ¡Vamos, marchaos!

A los que quería que se quedasen les fue dando en el hombro; eran sólo Sila, Escauro, Metelo Caprario el censor, Ahenobarbo, pontífice máximo, Craso Orator y Escévola, primo de Craso, que eran los ediles curules. Notó que, curiosamente, Sila se acercaba a Cepio hijo y a Metelo el joven, les susurraba algo y les daba en la espalda lo que le pareció unas sospechosas palmadas afectuosas cuando salían del edificio. Tengo que enterarme de lo que está sucediendo -se dijo Mario-, pero más tarde; cuando tenga tiempo. Si es que lo tengo, dadas las circunstancias.

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