El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Yo no busqué el consulado después de la primera vez, Cayo Servilio -contestó Mario sin levantar la voz-. Se me concedió, ¡y tres veces in absentia!, a causa de los germanos. Cuando se produce una situación excepcional quedan en suspenso toda clase de costumbres, ¡hasta las leyes! Pero una vez que el peligro ha pasado, todas esas medidas extraordinarias deben cesar.
– ¡Ja, ja, ja! -se oyó decir a Metelo el Meneitos hijo desde la parte de atrás, en perfecta consonancia con su defecto oral.
– Ha llegado la paz, padres conscriptos -añadió Mario como si nadie hubiese intervenido-, y por consiguiente debemos reanudar el proceso normal de un gobierno normal. Cayo Servilio, la ley os prohibe ser candidato al consulado, y como presidente oficial de las elecciones no aceptaré vuestra candidatura. Os ruego que lo toméis como una sincera advertencia y que renunciéis a esa idea porque está fuera de lugar. Roma necesita legisladores de vuestro talento, y no se pueden hacer las leyes si se violan.
– ¡Te lo dije! -terció Saturnino con voz audible.
– No puede impedírmelo ni él ni nadie -replicó Glaucia con voz que todos oyeron.
– Te lo impedirá -añadió Saturnino.
– En cuanto a vos, Lucio Apuleyo -dijo Mario, volviéndose hacia el banco de los tribunos-, me ha llegado el rumor de que pensáis ser por tercera vez tribuno de la plebe. Bien, eso no va contra la ley y no puedo impedíroslo, pero si que puedo pediros que desechéis la idea. No deis una nueva interpretación al sentido de la palabra "demagogo". Lo que habéis hecho estos últimos meses no es la habitual tarea política de un miembro del Senado de Roma. Con el acervo de leyes y la ingente habilidad que hemos alcanzado para hacer funcionar los dientes y ruedas del gobierno en interés de Roma, no hay necesidad de explotar la simpleza política del populacho. Son gentes incautas que no debemos corromper y es nuestro deber cuidarlos sin utilizarlos para alcanzar nuestros propósitos políticos.
– ¿Habéis terminado? -inquirió Saturnino.
– De momento, sí, Lucio Apuleyo.
Y tal como lo había dicho, podía interpretarse de muchas maneras.
Bien, ya estaba hecho, pensó mientras regresaba a casa con un laborioso paso que había adoptado para disimular la leve tendencia a arrastrar el pie izquierdo. Qué extraños y horribles habían sido aquellos meses en Cumas, escondiéndose de la gente por no poder soportar su espanto, su compasión y su maligna satisfacción. Pero los más insoportables eran los que, por su cariño, sentían pena, como Publio Rutilio. La dulce y cariñosa Julia se había convertido en una déspota irreductible que prohibía a todos, Publio Rutilio incluido, pronunciar una sola palabra de política o de asuntos públicos. No se había enterado de la falta de trigo, no se había enterado de las zalemas de Saturnino con las masas; su vida había quedado reducida a un austero régimen de dieta, ejercicio y lectura de los clásicos. En lugar de un buen trozo de tocino con pan frito, había tenido que alimentarse a base de sandía, porque Julia decía que depuraba los riñones; en lugar de ir a la Curia Hostilia, había dado paseos por Baiae y Misenum; en lugar de leer los informes senatoriales y los despachos provinciales, se había enfrascado en Isócrates, Herodoto y Tucídides, para acabar por no creer a ninguno, porque no le parecían hombres de acción, sino simples eruditos.
Pero había dado resultado. Y poco a poco fue mejorando. Aunque nunca más volvería a ser el mismo; nunca más podría mover el lado izquierdo de la boca; nunca más podría disimular el hecho de que estaba cansado. El traidor que albergaba su cuerpo le había marcado a los ojos de los demás. Fue esto lo que finalmente le impulsó a rebelarse. Y Julia, que no salía de su asombro por lo dócil que se había mostrado, cedió inmediatamente. Por eso había mandado llamar a Publio Rutilio y había vuelto a Roma a recomponerlo todo lo mejor posible.
Desde luego sabía que Saturnino se mantendría retirado, pero se había sentido obligado a hacerle la advertencia. En cuanto a Glaucia, no consentiría que le eligieran; por ese lado no había que preocuparse. Ahora, al menos, podrían celebrarse las elecciones una vez que los tribunos de la plebe asumieran el cargo el día anterior a los Nones y los cuestores en los Nones. Eran elecciones problemáticas porque había que celebrarlas en la zona de comicios del Foro, en donde se arremolinaba a diario la multitud, gritando obscenidades y arrojando porquerías a los togados, esgrimiendo el puño, mientras escuchaban arrobados a Saturnino.
No, a Cayo Mario no le habían abucheado ni silbado. Él había cruzado aquella multitud camino de su casa después de la memorable sesión, y había sentido su cálido afecto. Nadie de condición inferior a los de la segunda clase miraría con desaire a Cayo Mario: él era un héroe como los hermanos Graco. Y había quienes al ver su rostro lloraban por los estragos de la enfermedad; y quienes nunca le habían visto en persona y pensaban que siempre había tenido aquella cara, que aún le admiraban más. Pero nadie se atrevía a tocarle y todos se apartaban para dejarle paso, mientras él caminaba orgulloso y modesto a la vez, llegándoles al corazón y a la mente. Era una comunión muda. Saturnino le observaba pensativo desde la tribuna de los Espolones.
– La masa es un fenómeno pavoroso, ¿no es cierto? -dijo Sila a Mario aquella noche mientras cenaban con Publio Rutilio Rufo yJulia.
– Es el signo de los tiempos -comentó Rutilio.
– Es signo de que los hemos decepcionado -añadió Mario frunciendo el entrecejo-. Roma necesita un descanso. Desde la época de Cayo Graco no hemos cesado de encontrarnos con algún tipo de grave dificultad: Yugurta, los germanos, los escordiscos, el descontento de los itálicos, las sublevaciones de esclavos, piratas, carestía del trigo… la lista es interminable. Necesitamos un respiro, cierto tiempo para dedicarlo a Roma y olvidarnos de nosotros. Esperemos que así sea. Al menos cuando mejore el abastecimiento de grano.
– Tengo un recado de Aurelia -dijo Sila.
Mario, Julia y Rutilio Rufo se volvieron, mirándole curiosos.
– ¿Es que la ves, Lucio Cornelio? -inquirió Rutilio Rufo en su papel de celoso tio.
– ¡No os pongáis paternalista, Publio Rutilio, no hay necesidad! Sí, la veo de vez en cuando. Necesita alguien que comprenda su situación y por eso voy a verla. Ella está vinculada al Subura, que es también mi mundo -dijo con toda naturalidad-. Conservo amigos allí, así que ir a verla me viene de paso como quien dice.
– ¡Oh, habría debido de invitarla! -exclamó Julia, consternada por su descuido-. Nos olvidamos de ella sin darnos cuenta.
– Ella se hace cargo -dijo Sila-. No me malinterpretéis, pero a ella le gusta su mundo; aunque le complace estar al tanto de lo que sucede en el Foro y de eso me encargo yo. Vos sois su tío, Publio Rutilio, y es lógico que le ocultéis los problemas, mientras que yo se lo cuento todo. Es sumamente inteligente.
– ¿Cuál es el recado? -inquirió Mario.
– Es de su amigo Lucio Decumio, el hombrecillo encargado del colegio de la encrucijada en su ínsula, y dice algo así como que si creéis que el Foro lo invade la multitud, aún no habéis visto nada. El día de las elecciones tribunicias el mar de rostros se convertirá en un océano.
Lucio Decumio tenía razón. Al salir el sol, Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila se encaminaron al Arx capitolino y se acodaron en la barandilla del acantilado de la Lautumiae para contemplar el Foro Romano a sus pies. Era un verdadero océano de gentes apiñadas, desde el Clivus Capitolinus hasta el Velia. Era una muchedumbre tranquila, siniestra, amenazadora e impresionante.
– ¿Por qué? -exclamó Mario.
– Según Lucio Decumio, para que se note su presencia. Se van a reunir los comicios para elegir a los nuevos tribunos de la plebe, han oído que Saturnino va a presentarse y piensan que es su mejor oportunidad para llenar el estómago. La hambruna apenas ha empezado, Cayo Mario, y no quieren pasar hambre -contestó Sila con voz monocorde.