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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Igual que un montón de bolas a las que se da un mazazo, el populacho se dispersó en todas direcciones, lanzando gritos incoherentes, mientras Saturnino se volvía en la tribuna hacia sus compinches.

– ¡Maravilloso! -exclamó Saufeio, cediendo a la tensión.

– ¡Venceremos, Lucio Apuleyo, venceremos! -exclamó Labieno.

Rodeado de aquel grupo que, alborozado, le daba palmadas en la espalda, Saturnino se mostraba majestuoso, vislumbrando su fantástico futuro.

Y en aquel momento, Lucio Equitio rompió a llorar.

– Pero ¿qué es lo que vais a hacer? -balbució, enjugándose con la orla de su toga.

~Hacer? ¿Qué crees que he dicho, imbécil? Voy a apoderarme de Roma.

– ¿Con esa gente?

– ¿Y quién va a poder resistírseles? Además, volverán con una muchedumbre. ¡Ya verás, Lucio Equitio! ¡Nadie podrá resistírseles!

– ¡Pero en el Campo de Marte hay un ejército de dos legiónes! -gimió Lucio Equitio, tembloroso y sin dejar de hacer pucheros.

– Jamás un ejército romano se ha arriesgado a entrar en Roma si no es para desfilar en triunfo y nadie que haya ordenado su entrada en la ciudad ha vivido para contarlo -respondió Saturnino, desdeñoso ante aquella objeción; en cuanto se hubiera hecho firmemente con la situación, tendría que prescindir de Equitio, se pareciera o no a Tiberio Graco.

– Cayo Mario lo hará -replicó Equitio entre sollozos.

– ¡Cayo Mario se pondrá de nuestro lado, necio! -dijo Saturnino con gesto de desprecio.

– ¡No me gusta esto, Lucio Apuleyo!

– No tiene por qué gustarte. Si estás conmigo, deja de lloriquear. Pero si estás contra mí, ¡yo te haré callar! -añadió Saturnino pasándose el dedo por la garganta.

Uno de los primeros en acudir a la llamada de socorro de los amigos de Cayo Memio fue Cayo Mario. Llegó al escenario de la reyerta poco después de que Glaucia y sus compinches echaran a correr hacia el Quirinal y se encontró con un centenar de togados de las centurias apiñados en torno a los restos de la víctima. Le abrieron paso y el primer cónsul, con Sila a sus espaldas, bajó la mirada hacia los despojos informes de aquella cabeza y luego la dirigió al palo ensangrentado con restos de cabellos, piel y hueso.

– ¿Quién ha sido? -inquirió Sila.

– Cayo Servilio Glaucia -respondieron doce voces al unísono.

– ¿Él solo? -dijo Sila con un resoplido.

Todos asintieron con la cabeza.

– ¿Sabe alguien adónde ha ido?

Esta vez las respuestas fueron contradictorias, pero Sila pudo por fin determinar que el criminal, con su grupo, se había dirigido al Quirinal por la puerta Sanqualis, y, como Cayo Claudio formaba parte del mismo, era muy probable que hubieran ido a su casa de Alta Semita.

Mario seguía inmóvil y cabizbajo, contemplando al muerto. Sila le tocó suavemente en el brazo y entonces se movió para enjugarse las lágrimas con un pliegue de la toga para evitar mostrar la torpeza de su mano izquierda sacando el pañuelo.

– Esto es corriente en el campo de batalla, ¡pero en el Campo de Marte, dentro de los muros de Roma, es una ignominia! -gritó, volviéndose hacia los que le rodeaban.

Llegaban ya otros senadores de más edad, entre ellos Marco Emilio, príncipe del Senado, quien dirigió una breve mirada al rostro bañado en lágrimas de Mario y luego bajó la mirada hacia el suelo, conteniendo un grito.

– ¡Memio! ¿Cayo Memio? -exclamó sin dar crédito a lo que veía.

– Sí, Cayo Memio -contestó Sila-. Asesinado por Glaucia, según todos los testigos.

Mario volvía a llorar, sin tratar de ocultarlo al mirar a Escauro.

– Príncipe del Senado -dijo-, voy a convocar inmediatamente a la cámara en el templo de Belona. ¿Acudiréis?

– Sí -contestó Escauro.

Llegaban apresuradamente algunos lictores que se habían quedado rezagados por el enérgico paso de Mario, pese a su infarto.

– Lucio Cornelio, llévate mis lictores, busca a los heraldos, suspende la presentación de candidaturas, envía al flamen Martialis al templo de Venus Libitina a que nos traiga las hachas sagradas al templo de Belona y convoca al Senado -dijo Mario-. Yo me adelanto con Marco Emilio.

– Ha sido un año de lo más nefasto -dijo Escauro-. De hecho, al margen de las últimas vicisitudes, no recuerdo un año tan terrible desde el último de la vida de Cayo Graco.

Mario había secado sus lágrimas.

– Supongo que ya no sucederá nada más -dijo.

– Esperemos, al menos, que la violencia no supere este asesinato de Memio.

Pero las esperanzas de Escauro fueron vanas por razonables que pareciesen. El Senado se reunió en el templo de Belona y trató en sesión el crimen; muchos senadores habían sido testigos presenciales y corroboraron la culpabilidad de Glaucia.

– No obstante -dijo Mario con firmeza-, Cayo Servilio ha de ser juzgado. A ningún ciudadano romano puede condenársele sin juicio, salvo si declara la guerra a Roma; y ése no es el caso que nos ocupa.

– Me temo que si, Cayo Mario -dijo Sila, entrando apresuradamente.

Todos se lo quedaron mirando en silencio.

– Lucio Apuleyo y un grupo, entre los que se cuenta el cuestor Cayo Saufeio, se han apoderado del Foro Romano -añadió Sila-. Han mostrado a Lucio Equitio al populacho y Lucio Apuleyo ha anunciado que va a suplantar al Senado y a la primera y segunda clase con una dictadura del pueblo presidida por él. Aún no le han proclamado rey de Roma, pero ya se dice por las calles y mercados que hay de aquí al Foro; es decir, que lo proclaman por doquier.

– ¿Puedo tomar la palabra, Cayo Mario? -inquirió el portavoz de la cámara.

– Hablad, príncipe del Senado.

– La crisis asola a nuestra ciudad -comenzó diciendo Escauro con voz no muy fuerte pero clara-, del mismo modo que sucedió durante los últimos días de Cayo Graco. En aquella ocasión, cuando Marco Fulvio y él recurrieron a la violencia como único medio para conseguir sus inicuos fines, se celebró un debate en esta cámara a propósito de si Roma necesitaba un dictador que se enfrentara a aquella aguda crisis, por breve que fuese. El resto es historia. La cámara rechazó nombrar un dictador y lo que hizo fue aprobar lo que podemos denominar una medida extrema: el Senatus consultum de republica defendenda por el que otorgaba a sus cónsules y magistrados potestad para defender la soberanía del Estado con los medios que se juzgaran necesarios, inmunizándolos de antemano contra cualquier procesamiento o veto tribunicio.

Hizo una pausa para mirar en derredor con grave gesto.

– Yo sugiero, padres conscriptos, que hagamos frente a la actual situación del mismo modo, mediante un Senatus consultum de republica defendenda.

– En previsión de desacuerdo, los que estén a favor que se pongan a la izquierda y los que estén en contra, a la derecha -dijo Mario, situándose el primero a la izquierda.

Nadie se colocó a la derecha, y la cámara aprobó por unanimidad su segundo Senatus consultum de republica defendenda, cosa que no había sucedido en la primera ocasión histórica.

– Cayo Mario -dijo Escauro-, quedo facultado por los miembros de esta cámara para instaros a que, como primer cónsul, defendáis la soberanía de nuestro Estado de la forma que estiméis adecuada o imprescindible. Declaro, además, en nombre de la cámara, que quedáis exento del veto tribunicio y que nada de lo que ordenéis se os reprochará ante ningún tribunal. A condición de que actúen siguiendo vuestras indicaciones, este cometido y la inmunidad quedan ampliados al segundo cónsul Lucio Valerio Flaco y a todos los pretores. Mas vos, Cayo Mario, quedáis igualmente facultado para nombrar delegados entre los miembros de esta cámara que no sean cónsules ni pretores, y a condición de que tales delegados actúen bajo vuestras órdenes, a ellos también se les amplía el cometido y la inmunidad. -Pensando en la cara que habría puesto Metelo el Numídico de haber estado presente para ver a Cayo Mario investido prácticamente como dictador, nada menos que por boca del propio príncipe del Senado, Escauro dirigió a Mario una mirada traviesa, pero supo contener una sonrisa, mientras inflaba sus pulmones-. ¡¡Viva Roma!!

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