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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Cielos! -exclamó Publio Rutilio Rufo.

Pero Mario no tenía tiempo ni paciencia para recrearse con las gracias de la cámara, a la que creía capaz de entregarse a juegos de palabras mientras Roma ardía a su alrededor. Con voz acuciante pero sin alterarse, procedió a nombrar a Lucio Cornelio su lugarteniente, ordenó que se abriera el depósito de armas en los sótanos del templo de Belona para repartirlas entre los que no tuvieran armamento ni coraza y envió a sus casas a los que sí disponían de ellas, para que las recogieran mientras aún se pudiera circular sin riesgo por las calles.

Sila reunió a sus jóvenes nobles y los envió en distintas direcciones; Cepio hijo y Metelo el joven fueron los que se mostraron más decididos. La estupefacción daba paso a una profunda indignación: que un senador de Roma intentase hacerse con el poder por medio del populacho para proclamarse rey, era un sacrilegio. Se prescindió de las diferencias políticas y de las facciones, y los ultraconservadores formaron hombro con hombro con los más progresistas partidarios de Mario, todos con un grave gesto de determinación contra el lobo del Foro.

Mientras organizaba su modesto ejército y los que esperaban la llegada de armas de sus casas andaban arriba y abajo mascullando imprecaciones, Sila se acordó de ella; no de Dalmática, sino de Aurelia. Envió a su casa una patrulla de cuatro lictores con la orden de cerrar la casa a cal y canto, y un recado a Lucio Decumio para que los rateros de su taberna se mantuvieran al margen del Foro durante unos días. De todos modos, conociendo sus actividades, era de suponer que no fuesen a acercarse a él, porque mientras el populacho de Roma se dedicara a recorrerlo metiendo bulla y pegando a los que pasaban, a ellos les quedaba el territorio de sus fechorías estupendamente libre, ocasión que sin duda aprovecharía Lucio Decumio. No obstante, no estaba de más la advertencia; y la seguridad de Aurelia le preocupaba.

Dos horas más tarde todo estaba listo. Delante del templo de Belona había una explanada denominada el Territorio Enemigo, y hacia la mitad de la escalinata, un pilar cuadrado de piedra de unos cuatro pies de altura; cuando se declaraba una guerra justa contra un enemigo extranjero -que eran las únicas que había-, se convocaba a un sacerdote de circunstancias para que lanzase un venablo desde la escalinata del templo, justo por encima del antiguo pilar, hacia el Territorio Enemigo. No se sabía el origen del ritual, pero formaba parte de la tradición y se seguía observando. Pero aquel día no había enemigo extranjero al que declarar la guerra y ningún sacerdote arrojó venablo alguno. Al contrario, el Territorio Enemigo se hallaba lleno de romanos de la primera y la segunda clase.

Los congregados, en número aproximado al millar, estaban ya pertrechados para la guerra, con pechos y espaldas protegidos por corazas, algunos con canilleras, la mayoría con camisas de cuero y pteryges a guisa de faldilla y mangas y todos con casco. No portaban venablos; su único armamento era la eficaz espada romana corta y el puñal, más el anticuado escudo ovalado de cinco pies de altura, anterior a la reforma de Mario.

Cayo Mario se situó en el pedimento del templo y arengó a su modesto ejército.

– No olvidéis que somos romanos y que vamos a entrar en la ciudad de Roma -dijo en tono grave-. Vamos a cruzar el pomerium sin ordenar que entren las tropas de Marco Antonio. Nosotros podemos hacer frente a la situación y no hay necesidad de recurrir a un ejército profesional. Prohíbo rotundamente todo tipo de violencia que no sea la estrictamente necesaria, y os advierto solemnemente, en particular a los jóvenes, que no ha de alzarse una sola espada contra quien no esgrima la espada. Llevad bajo el escudo palos y estacas y sacudid de plano con la hoja de la espada. Siempre que podáis, arrebatad las armas de madera a los revoltosos, envainad la espada y atacad con la madera. ¡No quiero montones de cadáveres en el corazón de Roma! Traería mala suerte a la república y sería su fin. Lo que tenemos que hacer hoy es evitar la violencia, no causarla.

"Sois mi ejército -prosiguió imperturbable-, pero pocos de vosotroS habéis servido a mis órdenes hasta hoy. Así que tomad buena nota de mí única advertencia: quienes desobedezcan mis órdenes o las de mis legados morirán. No es momento de andarse con distingos ni facciones. Hoy no hay clases de romanos; sólo romanos. Sé que hay entre vosotros muchos que detestan a los proletarios y a los de las clases humildes, pero yo os digo, ¡oídlo bien!, que un proletario es un romano, y que su vida es tan sagrada y bajo el amparo de la ley como la mía y la vuestra. ¡¡No habrá ningún baño de sangre!! Si reparo en un solo conato de matanza, me acercaré en persona a donde lo vea y alzaré mí espada contra quien sea, y, con arreglo a las cláusulas del decreto del Senado, sus herederos no podrán exigirme responsabilidad alguna si lo mato. Recibiréis órdenes solamente de dos personas: de mi y de Lucio Cornelio Sila. No de ningún otro magistrado curul al que el decreto confiera potestad. No atacaremos mientras no lo ordenemos yo o Lucio Cornelio. Y lo haremos lo más suavemente posible. ¿Entendido?

Catulo César aprovechó la circunstancia para decir, muy obsequioso, en tono sardónico y tirándose del mechón de la frente:

– Os hemos oído y obedeceremos, Cayo Mario. Yo he servido a vuestras órdenes y sé que habláis en serio.

– ¡Estupendo! -dijo Mario, animoso, haciendo caso omiso del sarcasmo-. Lucio Valerio, tomad veinte hombres para ir al Quirinal. Si Cayo Servilio Glaucia está en casa de Cayo Claudio, arrestadle. Si se niega a salir, os quedaréis de guardia ante la casa sin tratar de asaltarla. Y mantenedme informado.

Era primera hora de la tarde cuando Cayo Mario salió con su modesto ejército del Territorio Enemigo y entró en Roma por la puerta Carmentalis. Procedentes del Velabrum, aparecieron por la avenida que discurría entre el templo de Cástor y la basílica Sempronia y sorprendieron a la multitud congregada en el bajo Foro. Los partidarios de Saturnino, armados con cuanto había caído en sus manos -porras, palos, trancas, cuchillos, hachas, picos y horcas-, habían aumentado hasta unos cuatro mil, pero comparados con el eficaz millar, situado en cerrada formación ante la basílica Sempronia, eran una pandilla insignificante. Bastó con que vieran las corazas, cascos y espadas de los recién llegados para que casi la mitad de ellos echasen a correr por el Argiletum y el lado este del Foro, para dispersarse por el Esquilino y refugiarse en terreno conocido.

– ¡Lucio Apuleyo, abandonad vuestros propósitos! -vociferó Mario a la cabeza de su tropa, con Sila a su lado.

Desde lo alto de la tribuna de los Espolones, acompañado de Saufeio, Labieno, Equitio y unos diez más, Saturnino miró el maxilar descolgado de Mario y lanzó una risotada con la que pretendía manifestar su confianza, pero que sonó falsa.

– ¿Qué ordenas, Cayo Mario? -inquirió Sila.

– Atacamos a la carga -contestó Mario-. De improviso y con fuerza. Nada de espadas; cubriéndonos con los escudos. ¡No me imaginaba que fuesen una multitud tan dispar, Lucio Cornelio! Los dispersaremos fácilmente.

Sila y Mario recorrieron las filas de sus tropas, preparándolas para el ataque, con los escudos avanzados, formando un frente de doscientos hombres en fila de cinco en fondo.

– ¡Cargad! -gritó Cayo Mario.

La maniobra surtió efecto inmediato: una muralla compacta de escudos cayó a la carrera sobre la multitud como una ola y las sencillas armas del populacho llovieron en todas direcciones sin necesidad de propinar golpe alguno. Acto seguido, antes de que los partidarios de Saturnino pudieran reagruparse, el muro de escudos los arrolló en sucesivas cargas.

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