Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Primer Hombre De Roma
El Primer Hombre De Roma - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
1 ... 224 225 226 227 228 229 230 231 232 ... 272
Перейти на страницу:

– Hay costumbres y tradiciones -terció Escauro-, suficientes para impedir a todos, salvo a vos y a Cayo Graco, presentarse a un tercer mandato. Y debíais recordar lo que le sucedió a Cayo Graco, que murió en el bosque Furrina en compañía de un solo esclavo.

– Yo tendré mejor compañía -replicó Saturnino-. Los de Picenum nos mantenemos unidos, ¿no es cierto, Tito Labieno?, ¿no es cierto, Cayo Saufeio? ¡No os desharéis tan fácilmente de nosotros!

– No tentéis a los dioses -dijo Escauro-; siempre responden al desafío de los mortales.

– ¡No me asustan los dioses, Marco Emilio! Los dioses están de mi parte -replicó Saturnino, abandonando la sesión.

– Yo ya le dije que cabalga en un caballo desbocado, camino de la caída -dijo Sila, al pasar junto a Escauro y Catulo César.

– Y él -dijo Catulo César a Escauro cuando Sila ya no podía oírlos.

– Y la mitad del Senado, si pudiéramos saberlo -añadió Escauro, dirigiendo una mirada en derredor-. ¡Quinto Lutacio, qué bonito es este templo! Un buen mérito a la memoria de Metelo el Macedónico. Pero hoy ha sido un triste escenario con la ausencia de Metelo el Numídico. Vamos -dijo más animado, tras encogerse de hombros-, vamos a dar alcance a nuestro estimado segundo cónsul antes de que se encierre en lo más recóndito de su morada. Que haga el sacrificio a Marte y a Júpiter Optimus Maximus, si es que podemos, de suovetaurilia blancos para propiciar la aprobación divina de celebrar la ceremonia de la candidatura consular en el Campo de Marte.

– ¿Quién va a firmar la factura de una vaca blanca, un cerdo blanco y una oveja blanca? -inquirió Catulo César acercándose a ellos-. Los cuestores del Tesoro van a chillar más que las víctimas propiciatorias.

– Bah, yo creo que puede pagar el conejo blanco de Lucio Valerio, que tiene acceso a Marte -contestó sonriente Escauro.

El último día de noviembre llegó un mensaje de Cayo Mario convocando reunión del Senado al día siguiente en la Curia Hostilia. En esta ocasión, la agitación del Foro no impidió que los padres conscriptos acudieran a la sesión, porque todos estaban deseando ver cómo se encontraba Mario. La cámara estaba al pleno y los senadores se personaron antes del alba en las calendas de diciembre para llegar antes que él, haciéndose toda clase de especulaciones mientras aguardaban su aparición.

Fue el último en entrar. La misma estatura, los mismos anchos hombros, altivo como nunca; nada en su paso denotaba la invalidez, y su mano izquierda recogía con toda normalidad los pliegues de su toga bordada de púrpura. Si, pero lo llevaba escrito en su cara: el lado derecho, con su ceja característica, pero el izquierdo, un remedo lamentable.

Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, comenzó a aplaudir; la primera palmada resonó en la vieja bóveda de vigas y murió en el tosco vientre de placas de terracota que formaban el techo. Uno tras otro se fueron sumando los padres conscriptos, de forma que cuando Mario llegaba a su silla curul toda la cámara era un aplauso. No sonreía, pues habría sido acentuar a tal extremo la asimetría de payaso del rostro, que cada vez que lo hacía veía asomar lágrimas a los ojos de quien le contemplaba, fuese Julia o Sila. Se limitó a permanecer de pie junto a la silla de marfil, haciendo majestuosas reverencias hasta que cesó la ovación.

Escauro se puso en pie, esgrimiendo una amplia sonrisa.

– ¡Cayo Mario, nos alegramos de veros! Esta cámara ha estado estos últimos meses apagada como un día de lluvia. Como portavoz, me complazco en daros la bienvenida.

– Os doy las gracias, príncipe del Senado, padres conscriptos, colegas magistrados -respondió Mario con voz clara y sin farfullar. Pese a su continencia, una leve sonrisa levantó el lado derecho de su boca, mientras el izquierdo permanecía tristemente caído-. Si para vosotros es un placer darme la bienvenida, para mí constituye aún mayor placer volver a estar en Roma. Como veis, he estado enfermo. -Lanzó un profundo suspiro que todos oyeron, mientras él sentía un temblor de tristeza recorrerle medio cuerpo-. Aunque la enfermedad ya ha pasado, quedan las secuelas. Por eso, antes de abrir la sesión y disponernos a tratar los asuntos que parecen requerir nuestra más acuciante atención, quiero manifestar algo. No voy a tratar de ser reelegido cónsul por dos razones: primera, porque las circunstancias excepcionales a que se enfrentaba el Estado, y que hicieron que se me concediera el honor sin precedentes de tantos consulados sucesivos, ya han desaparecido definitivamente. La segunda, porque no considero que mi salud me permita desempeñar debidamente mis funciones. Es evidente la responsabilidad que me atañe por el caos actual de Roma. De haber estado yo aquí, la presencia del primer cónsul habría paliado la situación. Por eso hay un primer cónsul. No es que acuse a Lucio Valerio, a Marco Emilio ni a ningún miembro de esta cámara. Pero es el primer cónsul quien debe dirigir y a mi me ha sido imposible. Eso me ha servido para darme cuenta de que no debo intentar la reelección. Que el cargo de primer cónsul lo ocupe un hombre sano.

Nadie decía una palabra. Nadie se movía. Si su cara torcida había corroborado los rumores, la perplejidad que ahora se apoderaba de todos era prueba del ascendiente que se había ganado sobre ellos durante aquellos cinco años. ¿Un Senado sin Cayo Mario en la silla curul? ¡Impensable!

Incluso Escauro, príncipe del Senado, y Catulo César estaban estupefactos.

En aquel momento se oyó una voz procedente de las sillas a espaldas de Escauro.

– Bi… bi… bien. Ahora mi pa… pa… dre pu… pu… ede volver -dijo Metelo.

– Os doy las gracias por el cumplido, joven Metelo -dijo Mario mirándole a la cara-. Inferís que es sólo por culpa mia por lo que vuestro padre está exiliado en Rodas, pero no es así, ¿sabéis? Es la ley la que mantiene a Quinto Cecilio el Numídico en el exilio. ¡Y conmino a todos los miembros de esta augusta cámara a recordarlo! ¡Porque yo no sea cónsul no se derogarán decretos, plebiscitos ni leyes!

– ¡Qué estúpido! -musitó Escauro a Catulo César-. Si no hubiese dicho eso, habríamos podido traer bajo cuerda a Quinto Cecilio a primeros del año que viene, pero ahora no lo consentirán. Creo que ya es hora de que el joven Metelo tenga un apodo.

– ¿Cuál? -inquirió Catulo César.

– Pi… pi… pío -contestó Escauro con sorna-. ¡Metelo el Pío, que sólo anhela que su tata vuelva a casa!

Fue extraordinario ver cómo la cámara se ponía manos a la obra ahora que Mario ocupaba la silla curul; era extraordinaria aquella sensación de bienestar que impregnaba a los miembros del Senado, como si, de pronto, ya no importase tanto la muchedumbre de afuera.

Informado del cambio efectuado para la presentación de los candidatos curules, Mario se limitó a dar su consentimiento con una inclinación de cabeza y ordenar a Saturnino que convocase a la Asamblea plebeya para elegir algunos magistrados, ya que hasta que éstos no estuvieran nombrados no se podían elegir otros.

Tras lo cual, Mario se volvió hacia Cayo Servilio Glaucia, que estaba sentado a su espalda y a la izquierda, en su silla de pretor urbano.

– Me ha llegado el rumor, Cayo Servilio -le dijo- de que tratáis de acceder al consulado sobre la base de ciertos epígrafes nulos que supuestamente habéis encontrado en la lex Villia. Os ruego que no lo hagáis. La lex Villia annalis estipula inequívocamente que el candidato debe esperar dos años entre el final de su pretorado y el consulado.

– ¡Quién fue a hablar! -replicó Glaucia, atónito, conteniendo un grito al encontrarse con tal oposición en un sector senatorial en el que esperaba haber encontrado apoyo-. ¿Cómo podéis tener el cinismo, Cayo Mario, de acusarme de intentar violar la lex Villia, cuando vos la habéis transgredido de hecho cinco años seguidos? ¡Si la lex Villia es válida, hay que añadir que inequívocamente estipula que nadie que haya sido cónsul puede aspirar al cargo hasta haber transcurrido un plazo de diez años!

1 ... 224 225 226 227 228 229 230 231 232 ... 272
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)