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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Eran los niños los que conferían a su relación un tono pragmático, desprovisto de insinuaciones románticas. «Somos una guardería infantil», había dicho Nita. Michael nunca la tocaba como no fuera para darle palmaditas en el brazo o un beso en la mejilla. Inocentes gestos de afecto. Y a veces, cuando estaban muy cerca el uno del otro, como cuando bañaban a los niños, Michael extremaba el cuidado para no rozarla, pensando que, en aquel momento, cualquier contacto podía ser casi peligroso para Nita. Aparte de todo esto, Michael tenía la inequívoca sensación de que la estaba explotando. Se había topado con ella por casualidad en el momento preciso en que podía venirle bien. Y aunque ella no cesaba de asegurarle que la reconfortaba mucho estar con él, pese a que Michael estaba seguro de que lo decía de corazón, y aunque le había cobrado mucho afecto a Nita y nunca se aburría en su compañía, nada lograba disipar la sensación de que estaba explotándola. Además, un no sé qué de aquella delgadez suya, de la fragilidad de su figura alta y austera, ahuyentaba todo deseo sexual. Cuando Michael sentía el impulso de tocarla, lo único que quería era pasarle el brazo por los hombros, acariciarle la cara, protegerla de los momentos de miedo y de odio a sí misma, de la compulsiva tendencia a revivir escenas del pasado, de lo que la gente le había dicho y ella había creído implícitamente, y que ahora resucitaba para verificar si era cierto a la luz del presente. De pronto la acometían temblores de ira y de dolor. Michael había aprendido a identificar lo que había tras esos arrebatos, incluso cuando se manifestaban en afirmaciones ambiguas y generales, que habrían despistado a un interlocutor menos avezado, como por ejemplo: «Lo único que importa es lo que se hace. Las palabras son una sarta de mentiras». O: «Las promesas de eterno compromiso no valen un pimiento. Nada es duradero». O: «El amor no existe. Todo se reduce al sexo y a la lascivia, y enseguida se acaba. La amistad desapasionada es mucho mejor; al menos no está condenada desde el principio a ser algo hueco».

En aquellos momentos, Michael trataba de distraerla y desviar su atención hacia los quehaceres cotidianos. Como las fechas exactas en que había que vacunar a los niños o cómo iba de adelantada la dentición de Ido y cuántas horas de sueño podía confiar en dormir aquella noche. Al propio tiempo, Michael reflexionaba para sí sobre qué fuerzas serían las que la impulsaban a regresar constantemente al recuerdo de las humillaciones y dolores pasados. En una ocasión incluso llegó a decírselo. Su intención era expresarlo con tacto, pero le salió con mucha crudeza:

– No sé, pienso que si a mí me hubieran humillado, si me hubiese sentido tan traicionado, trataría de olvidarlo en lugar de revivirlo todo el rato. Además, ya no estás enamorada, ¿a qué viene entonces tanto insistir en eso? Es puro masoquismo.

– Yo soy la primera en creer cualquier cosa mala que se diga sobre mí, la diga quien la diga -replicó Nita, frunciendo la boca.

Pero en cuanto Ido se quedó dormido, Nita reanudó el ensayo del Doble concierto y lo interpretó mejor que nunca. Y hubo otra noche en que, parado en el vano de la puerta, entre la cocina y el cuarto de estar, pensando en marcharse ya a casa, Michael la oyó tocar el primer movimiento de principio a fin. Le pareció que nunca lo había oído interpretar con tanta hondura y perfección. Bajó a su casa, con la nena en brazos, profundamente conmovido. En definitiva, se decía ya junto al balcón de su casa, mientras escuchaba los sonidos procedentes de arriba, aquella oportunidad de estar tan cerca de una artista era un gran regalo, pese a que sus mejores momentos fueran los que pasaba a solas con la nena, contemplándola e imaginando la vida que podría ofrecerle.

La enfermera del Departamento de Asuntos Sociales tenía papada. En cuanto la miró a la cara, Michael supo cómo debía dirigirse a ella. Aun antes de verla ya se había formado una idea, pero tan pronto como vio aquel rostro grandote y exhausto estuvo seguro. Era un rostro carente de toda gracia y encanto. Era el rostro de una mujer de mediana edad a la que la vida no había tratado demasiado mal, pero tampoco particularmente bien. Una mujer con el cabello peinado en bucles de un rubio cobrizo y con una prominente barriga. Sus piernas parecían demasiado finas para sostener la mitad superior de su cuerpo. Calzaba sandalias ortopédicas y bajo la larga falda se le veían las uñas de los pies, pintadas de un rosa cursilón. Daba la impresión de guardar mal el equilibrio, tal vez debido a la delgadez de sus piernas. Al ver sus ojillos cansados y desconfiados, Michael se alegró de haberse quedado en casa. La enfermera se habría merendado a Nita, pensó. Puede que incluso hubiera logrado arrancarle una confesión.

– ¿Sabe que no se ve bien el nombre en su buzón? -le advirtió la enfermera aun antes de entrar, mientras jadeaba en el umbral como si hubiera subido a pie cuatro pisos.

Michael se disculpó y prometió remediarlo inmediatamente. Pero ella no se dio por satisfecha.

– Puede provocar malentendidos. Si no hubiera estado tan decidida, no habría llegado aquí -dijo con una voz ronca, de fumadora crónica.

Sin embargo, tenía el aire de quien no ha fumado un cigarrillo en su vida. Michael repitió que se ocuparía de remediarlo sobre la marcha. Ella quedó en silencio y echó una mirada en derredor con gesto fatigado y agrio, como si estuviera buscando algo más que le sirviera para ventilar su malhumor. Pero entonces su mirada fue a posarse en la cara de Michael. Y, de pronto, sonrió. Una sonrisita tímida, pretendidamente coqueta. La musculatura facial de Michael se activó de inmediato para devolverle la sonrisa. Lleno de buena voluntad y tratando de aparentar calma, le preguntó si quería ver a la niña. La enfermera Nehama achicó los ojos hasta casi cerrarlos, luego tomó asiento, estiró las piernas, se palmeó los muslos como para darse ánimo, se alisó la falda, sacó de su bolso un haz de formularios y unas hojas de papel carbón, y dijo:

– ¿Podría darme un vaso de agua antes de que empecemos y antes de ver a la niña? Hace un calor horrible en la calle. Es una niña, ¿verdad?

Michael fue a la cocina y se apresuró a regresar con una jarra de agua y un vaso impecable. La enfermera escudriñó el vaso con atención antes de servirse agua. Michael sabía de antemano que la limpieza era lo único por lo que se iba a preocupar, aun cuando fingiera interesarse por otras cosas. La enfermera bebió el agua a la vez que miraba a Michael con interés.

– Pues bien -dijo al cabo, y acercó su silla a la mesa redonda del comedor-, vamos a ver cuál es la situación -se chupó el dedo y hojeó los formularios, luego revolvió su bolsón negro de asas desgastadas y alzó la cabeza-. ¿Tiene un bolígrafo? No encuentro el mío.

– Aquí tiene -dijo Michael a la vez que se apresuraba a ofrecerle el que llevaba en el bolsillo de la camisa.

La enfermera Nehama lo examinó cuidadosamente, no era más que un bolígrafo normal y corriente. A continuación se caló las gafitas que llevaba colgadas de una gruesa cadena de oro, por encima del largo collar de cuentas verdes que se bamboleaba entre su papada y su amplio seno con cada movimiento que hacía.

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