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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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Pearl se colocó las gafas delante de los ojos.

– Perdone, ¿qué ha dicho?

– Que Jonathan tiene un Libro de los Salmos de 1640.

– No es posible.

– Lo he tocado.

– No, no puede ser.

– Sí-insistió Caleb.

Pearl hizo un gesto de desdén con la mano.

– Entonces debe de ser una edición posterior. Poco extraordinario.

– No tiene música. La música empezó a incluirse en la novena edición, en 1698.

Pearl observó a Caleb con severidad.

– No le sorprenderá que eso ya lo sepa. Pero, como bien dice, existen otras siete ediciones sin música.

– Es la edición de 1640. El año está impreso en la portada.

– En ese caso, mi querido señor, o es un facsímil o una falsificación. La gente es muy lista. Un tipo ambicioso recreó el Juramento de un hombre libre, que es un año anterior al Libro de los Salmos.

– Pues yo pensaba que el Libro de los Salmos de 1640 era el primer libro impreso en América -le interrumpió Stone.

– Lo es -respondió Pearl con impaciencia-. El Juramento no era un libro; era un documento de una sola página, como un pliego suelto. Tal como indica su nombre, era un juramento, una especie de jura de bandera, que todos los varones puritanos hacían para poder votar y disfrutar de otros privilegios en la colonia de la bahía de Massachusetts.

– ¿Y era falso? -inquirió Stone.

– Lo irónico del caso es que el falsificador utilizó un facsímil del Libro de los Salmos porque había sido acuñado con la misma imprenta que el Juramento, y por el mismo impresor; por eso empleaba el mismo tipo de letra. -Pearl le dio un golpecito en el pecho a Caleb-. El estafador fue muy ingenioso y estuvo a punto de convencer a «su» Biblioteca del Congreso para que lo comprara. La falsificación no se descubrió hasta que un experto en imprentas observó ciertas irregularidades.

– Hace más de diez años que trabajo en el Departamento de Libros Raros -declaró Caleb-. He examinado el Libro de los Salmos que tenemos. Y creo que el de Jonathan es auténtico.

Pearl miró a Caleb con suspicacia.

– ¿Cómo ha dicho que se llama?

Caleb se había sonrojado, pero entonces se puso rojo como un tomate.

– ¡Caleb Shaw! -exclamó.

– Pues bien, Shaw, ¿le ha hecho las pruebas estándares de autentificación al libro?

– No; pero lo he mirado, lo he tocado y lo he olido.

– Por Dios, no puede estar tan convencido con un examen tan rudimentario. DeHaven no tenía una pieza como ésa en su colección. Un Tamerlane, unos cuantos incunables, incluso un Dante que, por cierto, le vendí yo, constituían la flor y nata de su colección. Nunca tuvo una primera edición del Libro de los Salmos.

– Entonces, ¿de dónde sacó Jonathan el libro? -preguntó Caleb.

Pearl meneó la cabeza.

– ¿Y yo qué sé? -Miró a los demás-. Como supongo que les ha contado su amigo, de la tirada original sólo quedan once ejemplares del Libro de los Salmos en el mundo. Piénsenlo, caballeros. En comparación, hay 228 primeros infolios de Shakespeare, pero sólo once ejemplares del Libro de los Salmos en todo el mundo. Y, de esos once, sólo quedan cinco íntegros. -Levantó los dedos de la mano derecha-. Sólo cinco -añadió con gran solemnidad.

Mientras Stone contemplaba los luminosos ojos negros que parecían sobresalir de las profundas cuencas como petróleo que brota de la tierra, le quedó claro que un diagnóstico espiritual de Vincent Pearl revelaría sin duda alguna que también padecía bibliomanía.

El librero se dirigió de nuevo a Caleb:

– Y, como los once están localizados, no me entra en la cabeza que uno acabara en la colección de Jonathan DeHaven.

– ¿Entonces por qué iba a guardar una falsificación en una caja fuerte? -replicó Caleb.

– Quizá pensara que era auténtico.

– ¿El director del Departamento de Libros Raros engañado por un libro falso? -dijo Caleb con desprecio-. Lo dudo seriamente.

Pearl seguía impertérrito:

– Como he dicho, estuvieron a punto de estafar a los expertos de la biblioteca con un Juramento falso. La gente cree lo que quiere creer, y los coleccionistas de libros no son inmunes a ese impulso. Según mi experiencia, el autoengaño no tiene límites.

– Tal vez sería mejor que pasara por casa de Jonathan para ver con sus propios ojos que el Libro de los Salmos es un original -sugirió Caleb con obstinación. Pearl se acarició la barba rebelde con los dedos largos y delicados de la mano derecha, sin dejar de fulminar con la mirada a Caleb-. Y, por supuesto, agradecería su opinión experta sobre el resto de la colección -añadió Caleb en un tono más calmado.

– Creo que mañana por la tarde tengo un rato -repuso Pearl, sin mostrar el menor interés.

– Iría bien -dijo Caleb, tendiéndole una tarjeta-. Éste es mi número de la biblioteca, llame para confirmar. ¿Tiene la dirección de Jonathan?

– Sí, en mis archivos.

– Sería preferible no mencionar la existencia del Libro de los Salmos a nadie, señor Pearl, al menos por ahora.

– Apenas menciono nada a nadie -respondió Pearl-. Sobre todo, cosas que no son ciertas.

Caleb volvió a ponerse rojo como un tomate mientras Pearl los acompañaba rápidamente a la salida.

– Bueno -dijo Reuben en el exterior, poniéndose el casco de la motocicleta-, creo que acabamos de conocer al profesor Dumbledore.

– ¿A quién? -exclamó Caleb, que seguía enfadado por el último comentario hiriente de Pearl.

– Dumbledore. De Harry Potter, ya sabes.

– No, no lo sé -espetó Caleb.

– Maldito muggle -farfulló Reuben mientras se ponía las gafas.

– Bueno, está claro que Pearl no se cree que el Libro de los Salmos sea auténtico -declaró Caleb. Guardó silencio unos instantes y luego habló en un tono menos seguro-: Y a lo mejor tiene razón. Quiero decir que sólo he mirado el libro un momento.

– Pues por cómo has contestado a Pearl ahí dentro, más vale que tengas razón -espetó Reuben.

Caleb se ruborizó.

– No sé por qué he actuado así. Me refiero a que él es famoso en el mundillo de los libros. Y yo no soy más que un bibliotecario del Gobierno.

– Un bibliotecario de primera en uno de los mejores organismos del mundo -añadió Stone.

– Será todo lo bueno que quieras en su campo, pero necesita comprarse un ordenador. Y una impresora que no sea del siglo XVI -sentenció Milton.

El Nova se puso en marcha. Cuando Reuben arrancó la Indian accionando el pedal, Stone, fingiendo acomodar su cuerpo alto en el sidecar, miró hacia atrás.

Se pusieron en marcha, con la furgoneta a la zaga.

En cuanto el Chevy Nova y la motocicleta se separaron, la furgoneta siguió a esta última.

Capítulo 15

Pese a la hora intempestiva, Stone dijo a Reuben que lo dejara cerca de la Casa Blanca en vez de en su casita de cuidador del cementerio Mt. Zion.

Se había dado cuenta de que la furgoneta los seguía y quería hacer algo al respecto.

Explicó discretamente la situación a Reuben mientras bajaba del sidecar y le describió la furgoneta.

– Estate al tanto. Si la furgoneta te sigue, te llamaré al móvil.

– ¿No deberías llamar a Alex Ford para que nos proteja? Al fin y al cabo, lo nombramos miembro honorario del Camel Club.

– Alex ya no está destinado en la Casa Blanca. Y no quiero llamarle por algo que igual resulta no ser nada. Pero aquí hay otros miembros del Servicio Secreto que me pueden ayudar.

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