El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
– ¿Y todos jugando al bingo?
– Claro, y es que perdiendo, como es seguro que se pierde, la gente disfruta mucho.
– De modo que ¿ninguna novedad?
– El invento de los veraneos ha sido un éxito, porque da ocasión a la gente a hacer las mismas tonterías, pero de manera muy apretada, con mucho calor, y oportunidad para luego decir que lo han pasado fenómeno en aquella torre horrible de apartamentos, con cientos de televisores encima, puestos en las mismas terrazas… Así que la gente tuvo más dinero y la posibilidad de hacer cosas diferentes, va a los mismos sitios, con los mismos coches, y viendo desnudas las mismas miserias.
– Ha venido usted de un caído… Y me recuerda la sinfonía que me soltó ayer Braulio sobre la falta de imaginación de los humanos.
– Es que hay menos hombres con imaginación que Braulios.
– Eso está bien. Es lo que viene a decir él, aunque no se mentó.
Como don Lotario estaba cansado por el viaje, acordaron no salir aquella noche y al día siguiente, por unas cosas y por otras, no se vieron hasta el café de la siesta.
Cuando llegó el veterinario,Plinio hablaba con Antoñito, el profesor mercantil y se reían mucho los dos.
– Pues sí que lo estáis pasando bien.
– Por lo bien que lo vamos a pasar dentro de dos horas -dijo Antoñito mirándose el reloj.
– Que esta tarde, a las seis, los tres nos vamos de guarras.
– ¿De putas, Manuel?
– Sí, señor, de putas con «P» -dijo Antoñito saltando más deprisa.
– ¿Pero aficionadas o comerciales?
– Comerciales, comerciales.
– ¿Y qué vamos a hacer allí?…, que uno no está ya con ánimos para esas cosas.
– No se preocupe, don Lotario, que no va a necesitar los ánimos. Que usted y yo sólo vamos a ver si localizamos a ésa del culo volador que compra tanta bandolina.
– ¿Sabe Antoñito quién es?
– Dice que recuerda tres o cuatro culos así de botadores en aquel barrio. A ver cuál de ellas es.
– Es verdad, ¿entonces hasta las seis? -dijo el joven.
– A las seis en punto salimos calle Mayor adelante.
Apenas marchó Antoñito, se precipitó don Lotario con sus manos interrogantes:
– Oye, Manuel, ¿por qué viene Antoñito con nosotros? ¿Es que no podemos valemos solos? No entiendo.
– Yo, don Lotario, como usted sabe, nunca fui perito en zorras, y menos ahora, que ya no sé los años que han pasado sin que tengamos algún servicio por aquellos acostaderos, y he pensado que sería bueno que nos guíe uno así, familiarizado con la actual república del empeine. Y… nadie mejor que Antoñito. Sé que es un poco especial, pero muy buena persona y me fio de él… Sabe todas las casas que hay, conoce al personal, sabe cuánto se paga por cada trago y puede hablar con ellas de corrido. En fin, el mejor guía, porque está en esas casas como en la propia.
– Es que como no me dijiste nada…
– Cómo iba a decirle, si no lo he visto hasta esta mañana, que es cuando me he planteado todo este trabajo.
– Es que esta mañana, después de tantos días fuera se me ha juntado más que alTostao. ¿Y le has contado toda la historia de los dormidos a Antoñito?
– No. Sólo le he dicho que por nada importante, quiero saber si hay una culi-alta que se echa bandolina en el pelo.
– ¿Y aCulocampana lo vamos a ver también?
– Primero a la puta. Luego nos enteraremos si el marica está en el pueblo, pues como va y viene tanto a Madrid, y a no sé cuántos puti-clubs que tiene por toda la provincia…
– ¿Y qué hace por ahí?
– Seguro que pleita, no… Voy a telefonear a Maleza para que se dé una vuelta por su casa a ver si está en el pueblo -dijoPlinio sin hacer punto y tirando el paso hacia la cabina del teléfono.
Don Lotario pidió su café y vaso de agua y empezó a enchacarse, riéndose para sus adentros, al imaginarse a él y aPlinio en las casas públicas buscando a una embandolinada con el culo de trapecio.
Cuando volvióPlinio, don Lotario saltó de pronto y cayendo en la cuenta:
– Por cierto, Manuel, que iremos a pie a los prostíbulos, porque tengo el coche en el taller.
– Bueno, así nos damos un paseo higiénico y demostramos a todo el pueblo que trabajamos y no estamos aquí siempre echándole bostezos a los árboles.
A las seis menos cuarto llamó Maleza para decir que el pelirrubio del culo metrónomo, en efecto, estaba fuera y vendría el jueves lo más tardar.
– ¿Ve usted? Lo que le dije. En Madrid andará.
– ¿Deseándole la muerte a todas las mujeres de España?
– Él sabrá.
A las seis menos diez llegó Antoñito con una funda de plástico bajo el brazo.
– ¿Qué llevas ahí?
– Discos.
– ¿Para dar un concierto?
– No, yo a las chicas les regalo discos. Llevo unos cuantos.
– ¿A cambio de la ocupación?
– No, por amistad y afición.
– ¿Y les gustan los discos?
– Más que el codillo. Son muy modernos y tienen música de fondo.
– ¿Música de esa moderna que no se entiende nada?
– ¡Ay! don Lotario, que se quedó usted en el maestro Carrero.
– Cada uno es de la música con que nació. Es lo más difícil de quitarse de entre las orejas.
Por la calle Mayor adelante, cada cual con las manos sobre sus riñones, y las de Antoñito entre los ríñones y los discos, echaron a paso rasero y lentón.
– Dos de los discos que llevo son para una amiga que es muy aficionada a la música «rock» y se los prometí hace unas siestas.
– ¿Y los oye mientras posa?
– ¡Ah!, no sé. Es una chica estupenda.
Y Antoñito, callado, se adelantó unos pasos, ahora con las manos muy metidas en los bolsillos del chándal, los discos bajo el brazo y cara de ir pensando en la amiga.
– ¿Amiga de qué, Manuel?
– Hombre, ya se lo puede usted imaginar. La gente de estos tiempos es muy especial. Quiero decir muy diferente de nosotros.
– Desde luego. Eso de regalarle discos a las putas en este pueblo no lo ha hecho nadie.
Se adelantó Antoñito:
– Ya estamos en el barrio. Aquellos son los cuarteles de ahora -dijo señalando hacia una fila de casas muy parejas, relimpias y apañadas como para veraneantes de secano.
– Anda, casi pegadas a las casas de los gitanos y gitanas, morenas y sin bidets -dijo el veterinario señalando a las casas pobres y mal pintadas, vecinas a los prostíbulos.
– Es que -se adelantóPlinio- los pobres de España casi siempre fueron morenos y sin bidets.
Así andaban cuando pasó ante ellosClavete en bicicleta y les voceó:
– ¿Van ustedes por aquí a entrar algún polvo… o a sacarlo para llevárselo a la cárcel?
– Anda con Dios, gracioso, que te vas a morir haciéndole reír hasta a los notarios.
– Nunca había oído eso de «sacar un polvo» -dijo Antoñito riéndose con la boca muy abierta y moviendo mucho los discos.
En esto se abrió la puerta de una de las casas del centro y salieron dos hombres muy barrigones, andando despacio y charlando como de algo que acababa de ocurrirles. El que llevaba la voz en aquel momento, movía mucho las manos trazando curvas de pechos y traseros muy prósperos.
– Manuel -le dio un codazo don Lotario.
– ¿Qué, Manuel?
– ¿No cree usted que ese gordo podría estar hablando de la del culo alto y balonero?
– A culos y a tetas sí está refiriéndose, pero tanto como que sea de ése precisamente…
– Es que lo traza con tanta redondez y altitud, que me recuerda el culo carcajero que nos marcó Salustio con aquella oratoria tan salivosa.