El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
– Tú, Antoñito, ¿conoces alguna con el culo tan alto y carcajero, como dice Manuel?
– Ja, ja, ja. Lo de carcajero me gusta y lo de oratoria salivosa más. Ya me lo preguntó antes Manuel, aunque no dijo carcajero… Recuerdo varios así altos y alegres, pero ninguno especialmente… La verdad es que mi óptica de las dos canales maestras se va más a la de debajo del cuello que a la del riñón.
– Óptica…, coito, vaya día -dijoPlinio a don Lotario gesticulando con mucha ayuda de párpados y narices, y siguió:
– Es que, de verdad, parece muy ella la que está explicando… Mire, ahora señala como si fuera muy alta.
– Desde luego, Manuel, estás obsesionado con el culo ése. ¡Cómo te ha impresionado el ballet del boticario!
– Es verdad, pero es que Salustio lo explicó con tales puñados y lumbre que me lo ha dejado como fotografía caliente metida en la chinostra.
– Sí, señor -dijo don Lotario en voz baja-, esto es un policía. Capaz de identificar a una por su culo, que sólo ha oído describir y nunca visto… «Tras las huellas del culo ignorado», podemos llamar entre nosotros este caso.
Después de risotadas entre toses y humos de cigarro anduvieron unos pasos callados detrás de Antoñito, que seguía canturreando distraído y con los discos en el plástico.
– Hace años que no venimos por aquí.
– No tanto, Manuel.
– Pero siempre en actos de servicio, no a arrastrar los uniformes por los colchones.
– Desde luego.
– ¿Por dónde empezamos, Antoñito?
– Por donde usted mande.
– Empezamos por orden. Por la primera, que, si no me equivoco, es laCasa de la Olga.
– De acuerdo. ¿Entonces llamo, Manuel? -dijo Antoñito arrimándose y con el dedo hacia el timbre.
– Venga, llama.
Al segundo golpe de botón abrió una mujer ya mayor y con cara de pocas visitas.
– ¿Está Olga?
– ¡Hombre,Plinio, bien venido a esta santa casa!
– ¡Ah!, creí que iba a decir casta casa.
– Pues no crea, don Lotario, que castas y santas aquí no faltan, al menos de medio cuerpo para arriba.
– ¿Y solamente se peca con los bajos?
– No se lo creerá usted, don Lotario, pero aquí tuvimos bastante tiempo una de Ronda, que antes de empezar a recibir rezaba el rosario entero sin dejarse cuenta… Y otra, a ésa yo no la conocí, que después del acto le echaba al cliente agua bendita en el berbiquí… Sobre la cama tenía la pililla del agua pía.
– Sería con la mejor intención, para que no enfermase.
– El catálogo de locuras es larguísimo.
– Pero bueno, oye, ¿está Olga o no?
– No, Manuel. Se fue de veraneo con sus sobrinas.
– ¿Pero está aquí alguna de esas del culo majo que tú conoces? -le preguntóPlinio a Antoñito en voz baja.
– No sé si habrá alguna. Sólo sé dónde vive una de las tres que recuerdo.La Rosales…, bueno, y creo que otra. Ya veremos.
– Bueno, entonces vámonos… Hasta más ver, amiga…
– ¿La Rosales es ésa que también lleva un taxi?
– Sí, la tía gana más con el taxi que con los pelos ajenos.
– Antoñito, pues hay que hacer kilómetros para ganar tanto en un taxi como con el cariño, con la de clientes que hay aquí, paisanos y de los pueblos próximos -dijo don Lotario-. Y hablando de otra cosa, yo no recuerdo, Manuel, que el culo de la taxista que dice aquí Antoñito sea muy atractivo, ni ella tan espigada como ha contado el mancebo.
– Ni yo tampoco, pero como aquí, Antoñito, dice que está de muy buen recibir…
– Al menos, a mi gusto.
Echaron a andar.
– De modo que la Olga, de veraneo. Toma del frasco.
– Sí, señor veterinario -dijo la encargada de laCasa de la Olga, que se había quedado con la puerta entreabierta-, todos los trabajadores tenemos derecho a vacaciones pagadas.
– Pagadas, bañadas y jodidas.
– Qué cosas dice usted, don Lotario. ¿A dónde va ya la Olga con sus años?
– Ahí en esa casa estála Rosales -dijo Antoñito-. ¿Llamo?
– Venga, timbrea.
Avanzaron unos pasos.
– Timbreando…
Salió una muchacha joven:
– ¿Sigue aquíla Rosales?
– Claro que sigue. Pero en este momento está ocupada.
Entraron.
– ¿La esperamos un rato, jefe?
– Sí. Nos sentamos en ese tresillo tan majo y que nos traigan unas cervezas… Pagadas, claro.
– No faltaba más. Como si quieren un «Voike» de los rojos.
– No, no, cerveza de la blanca.
– ¿Has visto, Manuel, qué elegante está esto?, como el recibidor de un parador, con dibujos de don Quijote y Sancho para atraer turistas que vengan buscando lasMaritornes de ahora. Y mira qué luces y qué suelos más señoritos.
– Quién nos iba a decir que los cuartillejos del Tomelloso de hace cuarenta años se iban a convertir en estos elegantes hostales del pito.
Volvió la chica con las cervezas.
– Oye, ¿y cuánto cobráis ahora por ocupación?
– Mil seiscientas pesetas todo incluido, señor veterinario.
– Ya me imagino que no se permitirá dejarse nada fuera.
– Oye, enséñame alguna habitación a ver cómo son ahora los «talleres».
– Con mucho gusto, Manuel. Mire, mire ése de ahí enfrente, que está ahora vacío.
Se asomaron todos menos Antoñito.
– ¡Qué barbaridad! -alzó la voz don Lotario-. Bidet color rosa, lavabo, tocador, camas de las finas, sin piecero, calefacción, alfombras…, sólo falta aire acondicionado. Me acuerdo cuando en los cuartillejos se lavaba uno en palangana de porcelana llena con agua del botijo, que sostenía ella, puesta de rodillas, a la altura de las ingles de uno.
Los tres, menos Antoñito, que se había sentado con los discos sobre las piernas, dieron una vuelta por todo lo visible de la casa, elogiando las finuras y horteradas, hasta que volvieron a las cervezas, junto al guía.
– Oye,la Rosales tarda mucho en acabar el suministro.
– Depende. Como tiene el cuello tan alto y es tan fortachona a veces acaba pronto. Pocos la aguantan mucho rato. Destruye.
– ¿Oye, y tú sabes si ella compra mucha zaragatona para hacer bandolina?
– ¿Ella, tan moderna, echándose bandolina? La primera vez que lo oigo. ¿Y por qué esa pregunta, Manuel? -dijo la muchacha con aire escolar.
– Por nada. Porque alguna vez me había parecido verla por la calle con el pelo muy duro.
Cuando ya habían terminado las primeras cervezas, cigarros y las ganas de hablar, se abrió una puerta y, apareció un tío muy gordo atándose el cinturón y con cara muy entomatada, y luegola Rosales, tan fortachona, con una bata que le llegaba a la espuela; guapa a la antigua, y el culo saludable, pero sin movimientos graciosos.
Saludó muy fina a los visitantes de la policía y con familiaridad a Antoñito. Se sentó junto a ellos yPlinio le echó un reojo al pelo.
– Aquí estoy para lo que pueda servirles.
Como desde el primer momento les desencantó el culo de la taxista, sin ilusión alguna hablaron cuatro carajadas hasta consumir las cervezas y, después de hacerle unas preguntas sin norte ala Rosales, pagaron y se marcharon muy finos, dejando a las dos mujeres sin comprender para qué habían ido.
Ya en la calle dijo Antoñito.
– Ahora nos toca ya laCasa de la Toledo. ¿Llamo?
– Llama, disquero.
Los recibieron dos chicas, una joven, muy mona, y otra guapa y bien hecha, con pantalones vaqueros y un tono y ademanes que no les recordaban, a Plinio y a don Lotario, las furcias de otros tiempos.