Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Estaba sentado en la fría sombra, reclinado contra el cuero blanco, sintiendo por primera vez en todo el día su agotamiento. Notaba los brazos pesados, y los pies descalzos estaban medio entumecidos de frío. Las llaves estaban puestas, de modo que las hizo girar para conectar el sistema eléctrico y encender la calefacción.
Jude no estaba muy seguro de por qué se había metido en el coche, pero, dado que ya estaba sentado allí, era difícil imaginarse otro lugar mejor. Desde una distancia que parecía enorme, le llegaron los ladridos de los perros, que volvían a hacerse oír, estridentes y alarmados. Pensó que podía ahogarlos encendiendo la radio.
John Lennon cantaba I am the walrus. El aire acondicionado soltaba su sordo rumor sobre las piernas desnudas de Jude. Se estremeció por un momento, luego se relajó y dejó descansar la cabeza en el respaldo del asiento. El bajo de Paul McCartney se perdía tras el murmullo del motor del Mustang, lo cual era inquietante, ya que él no había encendido el motor, sólo la batería. A los Beatles siguió un desfile de anuncios publicitarios. Lew, en Imperial Autos, decía: «No encontrará ofertas como las nuestras en ninguno de los tres estados del área. Conquistamos a nuestros clientes con propuestas que nuestros competidores no pueden igualar».
En su estado de dulce sopor no percibió un cambio en el tono del discurso publicitario. «Los muertos arrastran abajo a los vivos. Entre, póngase al volante y lleve el coche a dar vueltas por el camino de la noche. Iremos juntos. Cantaremos juntos. No querrá que el viaje termine».
Los anuncios aburrieron a Jude y encontró la fuerza necesaria para cambiar de emisora. En FUM estaban poniendo una de sus canciones, precisamente su primer disco sencillo, una estruendosa imitación de AC/DC llamada Souh for sale. En la penumbra parecía que formas fantasmales, nubes amorfas de amenazadora niebla, habían empezado a girar alrededor del coche. Cerró los ojos otra vez y escuchó el sonido distante de su propia voz: «Más que la plata y más que el oro / dices que vale mi alma. / Bien, me gustaría estar en paz con Dios, / pero primero necesito dinero para cerveza».
Resopló sin hacer ruido, como si temiera molestar a alguien. No era por vender almas por lo que uno tenía problemas, sino por comprarlas. La próxima vez debería asegurarse de que había derecho a devolución. Se rió y abrió un poco los ojos. El muerto, Craddock, estaba sentado junto a él, en el asiento del acompañante. Le sonrió para mostrarle unos dientes torcidos, manchados, y una lengua negra. Olía a muerte y también a gases de tubo de escape de automóvil. Los ojos se escondían detrás de aquellos raros garabatos negros, constantemente en movimiento.
– Ni devoluciones ni cambios -dijo Jude. El muerto asintió con la cabeza, comprensivo, y Jude cerró los ojos otra vez. En algún lugar, a kilómetros de distancia, podía oír que alguien gritaba su nombre: «¡Jude! ¡Jude! Respóndeme, Ju…». Pero no quería que lo molestaran, estaba dormitando, anhelaba que lo dejaran tranquilo. Movió la palanca para echar hacia atrás el respaldo. Cruzó las manos sobre el abdomen. Respiró profundamente.
Acababa de quedarse dormido cuando Georgia le agarró del brazo y le arrancó del coche para hacerlo caer sobre el suelo. Su voz le llegaba de manera intermitente, entrando y saliendo de su oído, o de su conciencia.
– … Sal de ahí, Jude, sal de ahí, mierda… No estés muerto, no… Por favor… ojos, abre los ojos, mierda…
Abrió los ojos y se incorporó con un movimiento repentino, tosiendo furiosamente. La puerta del cobertizo estaba abierta y el sol entraba a través de ella, en rayos brillantes, cristalinos, de aspecto casi sólido. La luz llegó como un puñal a sus ojos, y se apartó de ella. Respiró hondo el frío aire, abrió la boca para decir algo, para contarle a ella que estaba bien, pero la garganta se le llenó de bilis. Se puso a cuatro patas y vomitó sobre la tierra. Georgia lo sostuvo por el brazo y se inclinó sobre él mientras le asaltaban las arcadas.
Jude estaba mareado. El suelo se inclinaba a sus pies. Cuando trató de mirar a su alrededor, el mundo giró como si fuera una imagen pintada sobre un florero que girase en un torno. La casa, el jardín, el caminito de entrada, el cielo, pasaban junto a él. Se vio envuelto en una desagradable sensación de mareo, y vomitó otra vez.
Se aferró al suelo y esperó a que el mundo dejara de moverse. Pero eso jamás ocurriría. Era algo que uno descubría cuando estaba drogado, o agotado, o febriclass="underline" el mundo siempre se movía y sólo una mente sana podía detener sus giros desestabilizadores. Escupió y se limpió la boca. Los músculos de su estómago estaban doloridos, presa de calambres, como si acabara de hacer un montón de abdominales, lo cual, si se pensaba bien, no estaba lejos de la verdad. Se incorporó, se volvió para mirar el Mustang. Aún tenía el motor en marcha. No había nadie en él. No sabía qué acababa de ocurrir.
Los perros bailaron a su alrededor. Angus se le subió al regazo y empujó el hocico frío y húmedo sobre su cara. Lamió la boca amarga de Jude, que estaba demasiado débil para apartarlo. Bon, siempre tímida, le dirigió una mirada inquieta, de soslayo, luego bajó la cabeza hasta el vómito y comenzó a lamerlo discretamente.
Trató de ponerse en pie agarrándose a la muñeca de Georgia, pero no tenía fuerza en las piernas, por lo que intentó atraerla hacia él, para que se sentara sobre sus rodillas. Le asaltó una idea confusa -«los muertos arrastran hacia el abismo a los vivos»- que dio vueltas en su cabeza por un momento y luego desapareció. Georgia temblaba. El rostro de la chica estaba húmedo, apoyado en el cuello de él.
– Jude -dijo-. Jude, no sé qué está ocurriendo contigo.
Por un instante, él fue incapaz de hablar. No tenía voz. Todavía le faltaba el aire. Miró el Mustang negro, que vibraba sobre la suspensión. La potencia contenida del motor agitaba todo el chasis.
Georgia siguió hablando.
– Creí que estabas muerto. Cuando te he tocado el brazo, pensaba que no respirabas. ¿Por qué estás aquí con el coche en marcha y la puerta del cobertizo cerrada?
– No hay ninguna razón.
– ¿He hecho algo? ¿He hecho algo malo?
– ¿De qué estás hablando?
– No lo sé -respondió ella, poniéndose a llorar-. Debe haber alguna razón para que hayas venido aquí a matarte.
Él giró sobre sus rodillas. Descubrió que todavía estaba aferrado a una de las delgadas muñecas de la chica, y entonces cogió la otra. Su pelo negro flotaba alrededor de la cabeza, con el flequillo sobre los ojos.
– Ocurren cosas extrañas, algo va mal, pero no estaba aquí tratando de suicidarme. Me he sentado en el coche para calentarme, pero no he encendido el motor. Se ha encendido solo.
Ella se soltó de las manos de su novio.
– Basta.
– Ha sido el muerto.
– Basta. Basta.
– El fantasma que vi en el pasillo. Ha aparecido otra vez. Estaba en el coche conmigo. O ha sido él quien ha puesto en marcha el Mustang o lo he hecho yo sin ser dueño de mis actos porque él quería que lo hiciera.
– ¿Te das cuenta de lo absurdo que suena todo eso que dices? ¿Eres consciente de lo disparatado que parece lo que cuentas?
– Si estoy loco, Danny también lo está. Él lo ha visto. Por eso se ha ido. No ha podido soportarlo. Ha tenido que marcharse.