Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– ¿Por qué no?
Él la miró levantando una ceja.
– ¿Puedes demostrar tú que lo que has experimentado en la terraza era real? Mejor aún, ¿podrías reproducir esa vivencia en un laboratorio?
– No, no puedo demostrarlo. Y desde luego no puedo reproducirlo. Porque estaba todo en mi cabeza. -Tenía que ser así. Sin duda tenía que ser así.
Quentin ignoró su respuesta y dijo:
– Gran parte de la ciencia se basa en la creencia de que hay que reproducir el resultado de los experimentos una y otra vez, bajo condiciones controladas, antes de que algo se considere un hecho. Pero las capacidades parapsicológicas no funcionan así.
– Sí, ya.
Quentin sonrió.
– Es una lástima, pero es cierto. Mi jefe dice que, si alguna vez nace una persona con facultades extrasensoriales que pueda controlar por completo sus capacidades, cambiará el mundo entero. Seguramente tiene razón. Suele tenerla. Pero, hasta entonces, hasta que aparezca la persona o personas que puedan demostrar sólidamente sus facultades y dominarlas, tendremos que quedarnos en los márgenes.
– ¿En los márgenes de la locura? -murmuró ella.
Quentin no se ofendió.
– Encontrarás a muchos que digan eso -contestó-. Pero estamos haciendo lo que podemos por labrarnos una reputación sólida, para que se nos tome en serio. Creemos entender cómo funcionan casi todas nuestras capacidades, aunque sólo sea de manera general, y ese convencimiento se basa en la ciencia. Nos estamos esforzando mucho para ejercitar nuestras capacidades con el fin de que nos ayuden a hacer mejor nuestro trabajo.
Quentin hizo una pausa y luego añadió:
– Y no descartes el hecho de que el FBI, que no es la organización más frívola del mundo, aceptara la idea hasta el punto de permitir que se creara nuestra unidad hace unos años.
Diana bebió otro sorbo de té, más por hacer algo que porque le apeteciera.
Quentin prosiguió.
– Diana, sé que es una posibilidad que nunca has contemplado. Pero ¿tanto daño te haría contemplarla ahora?
– Me estaría mintiendo a mí misma. Estaría buscando una respuesta fácil. -Su respuesta fue automática, tras tanto uno de oír a los médicos advertirle que no se justificara, que no intentara «explicarse» sus síntomas.
– ¿Quién dice que la respuesta tenga que ser complicada?
– La gente es complicada. La mente humana y las emociones humanas son complicadas.
– Estamos de acuerdo. Pero a veces las respuestas no lo son en absoluto. -Él sonrió de nuevo, con desgana esta vez-. Aunque, de hecho, descubrirás que tener facultades extrasensoriales te complica muchísimo la vida.
– Vaya, lo que me hacía falta.
– No te estoy ofreciendo una píldora mágica. Y tampoco te estoy diciendo que tu vida vaya a ser perfecta, que todos tus problemas vayan a resolverse sólo porque hay una respuesta muy simple a la cuestión de qué es lo que te pasa. No te pasa nada malo. Simplemente, tu mente funciona de manera un poco distinta a lo que tradicionalmente se considera la norma.
«Escúchale.»
Diana contuvo el aliento y miró con fijeza la taza que tenía en la mano. Siempre le había sonado extraño, ese susurro en su cabeza, como si no formara parte de ella. Ése era uno de los motivos por los que nunca había podido creerse del todo las diversas explicaciones de los médicos: porque todos ellos venían a afirmar que lo que «oía» en el interior de su cabeza eran únicamente aspectos de su propia personalidad.
Entonces, ¿por qué aquel susurro parecía proceder de otra persona?
– ¿Diana?
Ella dejó su taza y miró a Quentin mientras escuchaba el tronar de la tormenta, que se precipitaba desde las montañas y parecía circundar el valle. Los truenos sonaban una vez, y otra, y otra más. Diana intentaba escuchar aquel ruido y no el susurro de su cabeza.
«Él puede ayudarte. Puede ayudarnos.»
– He tenido delante suficientes médicos como para haber oído, a lo largo de los años, casi toda su jerga -le dijo a Quentin, un tanto temblorosa-. Variaba un poco de uno a otro, pero una cosa que todos tenían en común era la absoluta convicción de que oír voces significaba que estabas delirando.
– Si estás loca. No si tienes facultades parapsicológicas.
Ella dejó escapar una risa leve, apenas un susurro.
– Ellos tenían mucho cuidado de no emplear esa palabra. «Loca.» Tenían mucho cuidado de buscar palabras y frases agradables y socialmente admitidas para usarlas en su lugar. «Trastornado.» «Enfermo.» «Confuso.» «Necesitado de nuevas… terapias… avanzadas.» Creo que mi expresión preferida era «en transición». Le pregunté a ese doctor en particular de qué exactamente estaba en transición. O hacia qué. Me dijo con perfecta seriedad que estaba en transición desde un estado de confusión a un estado de certidumbre.
– Santo cielo -masculló Quentin.
– Sí, no era muy hábil. Duró poco. O… yo no duré mucho con él.
«Diana…»
– Diana, sé que te estoy pidiendo mucho al suplicarte que creas que tienes facultades extrasensoriales…
– ¿Qué te hace pensar que las tengo, por cierto? Podría haberme inventado todo lo que te he dicho. -Ella intentaba con; todas sus fuerzas ignorar aquella otra voz.
– No te has inventado ese boceto… por llamarlo de algún modo. Además, solemos reconocernos los unos a los otros.
– ¿A primera vista?
– Casi siempre.
– Entiendo. Entonces, ¿ahora soy miembro de un club secreto?
Quentin sonrió de repente, recordando su primera conversación con Bishop, años atrás.
– Algo parecido. En cuanto a reconocer a otros como tú, acabarás descubriendo que es muy útil.
– Tú dices tener facultades parapsicologías y sin embargo yo no he… sentido… nada distinto en ti -dijo ella, y mientras hablaba se dio cuenta de que mentía. Había percibido algo, había sentido en un instante que su vida estaba a punto de cambiar para siempre por culpa de él, aunque en aquel momento no hubiera podido reconocerlo ante sí misma.
– Estoy dispuesto a apostar a que sí -repuso él sin dejar de sonreír-. Pero no te han enseñado a ordenar las impresiones de todos tus sentidos. Yo puedo ayudarte con eso.
– Claro. Y luego podré reconocer a los que estén tan locos como yo.
– Tú no estás loca.
– No, sólo gravemente trastornada.
– Eso tampoco. Mira, aunque me equivocara respecto a que tengas facultades parapsicológicas y tú aceptaras esa posibilidad, ¿estarías peor que ahora?
– No lo sé.
«… escúchale.»
– ¿Podrías estarlo? Te has medicado y has probado todas las terapias posibles, sin éxito. ¿Por qué no te arriesgas a averiguar si puedo ayudarte? ¿Qué tienes que perder?
En lugar de contestar a aquella pregunta, Diana dijo:
– Crees que puedo ayudarte a resolver el asesinato de Missy, ¿no es eso?
Quentin vaciló.
– Tiene que haber una conexión -contestó por fin-. Dibujaste su retrato.
– Aunque así fuera, eso no significa que pueda ayudarte. Si tengo facultades extrasensoriales, como aseguras, puede que simplemente… captara de algún modo su imagen. Por estar aquí, en el sitio donde murió. Sería lógico… por lo menos, en el mundo en el que tú vives.
Él ignoró aquella pequeña pulla.
– Puede que sí. Pero, si así fuera, es muy probable que también puedas captar otra información.
– Información sobre Missy y su asesino.
– Sí, quizá.
– Entonces, ¿quién ayuda a quién?
Esta vez, Quentin no vaciló.
– Nos estamos ayudando el uno al otro, o lo estaremos.
«Escúchale. Deja que nos ayude.»
Diana se obligó a levantarse.
– Tengo que pensar en todo esto -le dijo-. Yo… La tormenta parece estar amainando. Creo que voy a irme un rato a mi cabaña. -Se alejó un paso.
Él también se levantó.
– ¿Diana? -dijo-. Será mejor que te pases por recepción y hagas que reprogramen la tarjeta de tu puerta. Los dos sabemos que no funcionará.